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Críticas

«Mentiras y gordas»: La noche les confunde

«Mentiras y gordas» es fruto de la ficción televisiva, con un puñado de rostros conocidos y deseados en una fórmula irresistible para la taquilla: sexo explícito, excesos de una noche de verano y escarceos para dibujar una mínima trama. 

Hay en algunos títulos del cine español reciente estampas más que valiosas de una juventud en constante búsqueda de su propia identidad, su ubicuidad en las etiquetas generacionales. «Mensaka», «Báilame el agua» o incluso «El camino de los ingleses» eran buenos ejemplos de retratos de una juventud perdida, en caída libre o en su iniciación en los caminos de la adultez. Eran películas, de alguna manera, generacionales, más o menos icónicas que daban voz a sus protagonistas y se adentraban en sus miedos y dilemas, en su nihilismo o su creencia en la vida que les esperaba. Precisamente lo que uno quisiera esperar de un título como «Mentiras y gordas».

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Pero «Mentiras y gordas» es otra cosa. Es fruto, consecuencia directa de la ficción televisiva, del éxito de series como «El internado», «SMS, sin miedo a soñar» o «Física y química», un traslado a la gran pantalla de un buen puñado de rostros más que conocidos y deseados, dispuestos a componer una fórmula irresistible para la taquilla: grandes dosis de sexo entre las idolatradas figuras, excesos de un noche de verano y los suficientes escarceos para dibujar una trama que se pueda sostener mínimamente. Nada reprochable, por otra parte: Alfonso Albacete y David Menkes aprovechan el tirón para sacar adelante una cinta que garantiza un éxito que le viene al cine español como agua de mayo. Otra cosa es que busquemos en su película los motivos de una juventud que se aboca al vacío, que escrutemos a sus protagonistas en busca de los problemas y dudas que algún día pudieron ser nuestros. Entonces, seremos correspondidos con personajes poco dados a esas respuestas y abandonados casi siempre a los delirios psicodélicos de la noche.

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Explícita y provocadora, los logros más allá de estos adjetivos son contados. Encuentra su mejor personaje en Tony (Mario Casas), convincente en el tormento de estar enamorado de su mejor amigo, Nico (Yon González), y protagonista del que es probablemente el mejor momento: una escena a medio camino entre lo lírico y lo psicotrónico, en la que le vemos repartiendo pastillas entre aquellos que bailan a su alrededor, mientras la banda sonora se convierte en una suerte de aria electrónica al desfase. Pero que las letras de «La verdad» de Fangoria sobrevuelen el filme, es pedir demasiado a un relato que ni tiene tanto de mentiras, ni estas tanto de gordas. Las historias que deberían entrecruzarse a lo largo de las noches de desenfreno, a duras penas se tocan, y cuando lo hacen, las consecuencias dramáticas son mínimas.

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El descubrimiento de la sexualidad de Marina (Ana Polvorosa) apenas convence, los encuentros esporádicos entre Sonia (Marieta Orozco) y Pablo (Maxi Iglesias) no dicen nada, mientras que el desengaño de Carola resulta poco creíble por una Ana de Armas poco expresiva. Mejor Hugo Silva, pese a un papel que hubiera merecido más protagonismo, y anecdótico un Alejo Sauras que se limita a repetir el rol que mejor se le da. En el cómputo general, los actores cumplen con su cometido en unos papeles que reclaman una mirada más incisiva para poder alcanzar otro escalón, para que habláramos de una película con vocación generacional, de retratista del abandono, el nihilismo, la autodestrucción y todo lo demás. Pero como ya hemos dicho, esta es otra película.

Calificación: 5/10

En las imágenes: Fotogramas de «Mentiras y gordas» – Copyright © 2008 Castafiore Films y Tornasol Films. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.

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