Síguenos

«Mi nombre es Harvey Milk»: I have a dream

Críticas

«Mi nombre es Harvey Milk»: I have a dream

El crítico norteamericano Peter Biskind denominó en su día a Gus Van Sant como un director «de vez en cuando». Las carambolas que el cineasta ha trazado a lo largo de su trayectoria entre los encargos comerciales y el indie más in extremis lo convierten en un prototipo estable, predecible y no por ello menos eficaz… de vez en cuando. Pero ésta es una de las veces. «Mi nombre es Harvey Milk» tal vez no habría visto la luz, o al menos no las luces brillantes sobre las alfombras rojas de este 2009, sin ese vaivén autoral: tanto la gesta como el tono definitivo de la película se deben a un uso lúcido (y traslúcido) de los mecanismos del dólar puestos al servicio de lo político y de cierta sofistificación artie.

mi-nombre-es-harvey-milk-almudena-1.jpg

Matt Damon había propuesto a Van Sant como director para su «El indomable Will Hunting» (1997), pero el estudio no se atrevería con un fichaje más propio de Sundance que del Kodak Theatre sin un motivo (léase actor) de peso. En ese mismo tiempo, Robin Williams intentaba convencer al director para el proyecto «The Mayor of Castro Street», biopic sobre Harvey Milk, el primer político abiertamente homosexual con un cargo relevante en los Estados Unidos; pero el actor leyó el guión de Damon, se apuntó junto a Van Sant y, contento el estudio, una producción eclipsó a otra. Después de aquella película-capricho poco memorable y de la controvertida, pero mucho más excitante, «Psycho» (1998), Van Sant regresó a las veredas independientes con su tetralogía amada por la crítica de elite, y más o menos denostada por el público llano: «Paranoid Park» (2007), «Last Days» (2005), «Elephant» (2003) y «Gerry» (2002), en la que participó… Matt Damon.

harvey-milk-2.jpg

Más allá de la reaccionaria clasificación indie vs. indy (industry: industria), «Mi nombre es Harvey Milk» bebe sabiduría de esa historia originaria: el cineasta o el político de barrio con ínfulas termina provocando la burocratización del sueño. La felicidad de Harvey Milk en su despacho del ayuntamiento de San Francisco es el regalo de una esperanza honesta que empezó a germinar en una tienda de fotografía, donde se reunían oleadas de gays, decididos a unir voces en pro de sus justos derechos y libertades. Y el potencial de la película, a pesar de su consciencia de producto premiable, recorre la misma línea: partiendo de la sinceridad de una narración que no oculta ni embellece sus herramientas clásicas y populistas, alcanza el triunfo de una exposición cristalina y nada aburrida de un hecho real que, a su vez, sirve de nutriente para los debates internos de estados, gremios y confesiones religiosas.

harvey-milk-3.jpg

Van Sant esquiva la hagiografía, sin permitirse muchos añadidos sentimentales a un guión compacto y centrado en la politización del icono y en la coartada individual, con rostro de (un contenido y notable) Sean Penn, para hablar de una causa colectiva. Casi una revisión queer y exaltada de «El candidato» (1972), la película es digna del mejor Hollywood sin apoyos del peor indie, representado en ese Robert Redford conservador, hetero y mandamás del pabellón Sundance. Y sin Robin Williams.

Calificación: 8/10

En las imágenes: Fotogramas de «Mi nombre es Harvey Milk» © 2008 Focus Features, Axon Films, Groundswell y Jinks/Cohen Company. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Continue Reading
Publicidad

Novedades destacadas

Subir