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«Midnight in Paris»: Apuntes, retazos, destellos

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«Midnight in Paris»: Apuntes, retazos, destellos

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Con «Midnight in Paris», Woody Allen ofrece su entrega anual con solvencia pero sin brillo, lejos de sus mejores obras. Sobresaliente Owen Wilson en una película en la que se echa de menos la brillantez del autor.

Prolongada. Y prolífica. Difícilmente cabrá encontrar dos epítetos que definan de manera más precisa la carrera cinematográfica de Woody Allen. Y ya se sabe cuán difícil resulta que una filmografía revestida de esos dos atributos se mueva, de manera permanente —y por más talento que haya acreditado su autor—, en el ámbito de la excelencia. Su última entrega, “Midnight in Paris” (ver tráiler y escenas), recibida en Cannes con un entusiasmo crítico notable, no alcanza las altas cotas de sus filmes señeros. Y aunque no se trate de una película desdeñable en cuanto a sus méritos artísticos, no pasa de ser, en el contexto de la obra de su director, una propuesta menor. Simpática, de visionado grato y con algún destello brillante. Pero, al fin y a la postre, menor.

En una continuación de lo que ha venido a convertirse en todo un periplo europeo —cabe suponer que más debido a motivaciones financieras que a impulsos de índole artística—, Woody Allen recala ahora en París, ese mito para un imaginario colectivo usamericano que lo ha convertido en una especie de icono del amor y la cultura de la vieja Europa, el centro del glamour y el saber que sólo puede dar la acumulación de unos trienios que, pese a toda su auctoritas imperial, Nueva York —y por extensión los Estados Unidos—, no puede exhibir en su curriculum. Y el veterano Allen no parece ser inmune a esas consideraciones, dado que se solaza y recrea, a través de una buena colección de imágenes, en los tópicos más apegados a esa idea; imágenes hermosas y atractivas, sin duda alguna, pero poco estimulantes para quien pueda esperar una visión más personal.

A partir de esa ubicación espacial, que cobra el protagonismo que no sólo emana de lo que su título indica, sino de la vocación del autor por atribuirle un papel de trascendencia, Allen nos ofrece una historia que se mueve en dos planos discrónicos —uno real, otro ficticio— a través de los cuales se mueve el protagonista de la misma, su alter ego Gil, escritor de guiones para la industria hollywoodiense pero con aspiraciones mayores, envuelto en una relación sentimental aparentemente modélica con su novia Inez, hija de acaudaladísima familia —elemento que, por cierto, da pie al director para situar su historia en esos escenarios de lujo y boato en los que tan cómodo parece estar siempre—.

Este mecanismo narrativo, que siempre le ha resultado particularmente querido, y que alcanzó, probablemente, su mejor expresión en la genial «La rosa púrpura de El Cairo» (1985), es manejado por Allen con soltura y nervio, aunque no siempre con la fluidez esperada —los saltos resultan, en algún momento, algo bruscos, aunque sin aspavientos—. En cualquier caso, es la clave de bóveda sobre la que se asienta el desarrollo argumental, dado que es sobre esa confrontación entre dos mundos distintos y distantes sobre la que Woody Allen sustenta su idea-fuerza de cómo la vida real siempre impone sus poderes y de cuán iluso resulta enfrentar lo realmente conocido a lo sólo imaginado, teniendo en cuenta lo distorsionante de la mirada sobre lo que no se ve. Una tesis bien formulada y resuelta, si bien quien emborrona estas líneas hubiera preferido un mayor énfasis en la peripecia personal del protagonista que en la atención —quizá excesiva— que se presta a personajes reales de la época pasada, más señuelos “culteranistas” y curiosos que elementos eficaces para dotar de agilidad y enjundia al relato.

De todos modos, a Allen le sobra oficio, y puede obtener material más que sobrado para construir sus nuevas ficciones, sabedor, por lo demás, de que el público ávido de recibirlas es receptivo a sus guiños, sus códigos, sus modos y maneras; en suma, su cine. El problema —si es que se le puede llamar así— es que la chispa y el ingenio que antaño recorrieran diálogos y alumbraran secuencias, haciendo de sus filmes experiencias de un gozo fluido y constante, ahora, si no desaparecidos, sí que se han atenuado considerablemente. Únicamente aparecen en momentos contados, dejando para el grueso del metraje un tono y un nivel que, quizá vistos en abstracto, y sin consideración a quien los firma, pueden resultar dignos, pasables, pero que, viniendo de quien vienen, siempre saben a poco.

Es posible que también contribuya a esa falta de brillantez —sobre todo, comparativa— el desempeño de los intérpretes que comparecen en pantalla, poco más que correctos y carentes de la personalidad que habitualmente han exhibido los actores y actrices que han engrosado los repartos de Allen —por lo general, de un nivel elevadísimo—. La única excepción es la de Owen Wilson, que este sí que lo borda componiendo un Allen bis con el que demuestra haber realizado un ejercicio majestuoso de asimilación de los fundamentos del personaje, del cual transmite desde lo más nimio —esos hombros cargados, ese caminar desgarbado, esa sonrisa tímida— hasta lo más profundo —un compendio de todos sus tics mentales, hasta componer una suerte de ideario exhaustivo sobre la vida, el amor y la muerte—, en un trabajo que se puede calificar de sobresaliente.

En suma, podemos hablar de que, con “Midnight in Paris”, Allen cumplimenta puntualmente su entrega de cine en el tiempo y forma acostumbrados, mostrando una vez más su veneración por los escenarios urbanos de tronío —en este caso, París—, su celebración de su música más querida —el jazz— y su leitmotiv permanente, el amor —dueño y señor de la función, a ambos lados de la frontera del tiempo—. Pero el brillo con sordina ya no es brillo, es otra cosa: solvencia, sin duda; corrección, quizá. Con eso sobreviven cientos de directores, olmos a los que nadie pedirá nunca peras. A Allen se las pedimos, y además envueltas en celofán. ¿Injusto? ¿Y quién dijo que esto de la crítica cinematográfica era una cuestión de justicia…?

Calificación: 6/10

Imágenes de “Midnight in Paris”, película distribuida en España por Alta Classics © 2010 Mediapro, Versátil Cinema y Gravier Productions. Todos los derechos reservados.

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