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«Moonrise kingdom»: Bocana 32

Críticas

«Moonrise kingdom»: Bocana 32

«Moonrise kingdom» es extraordinaria, bellísima, una fábula única en la que Wes Anderson apuesta por el sentido de la aventura que habita en la infancia como la forma más sensata de vivir la vida. Una auténtica delicia que pasa en un suspiro.

A lo largo de su carrera, Wes Anderson ha consagrado sus esfuerzos a consolidar una extraña, hermosa poética del inadaptado que se escribía con trazo fino debajo del absurdo, del desconcierto, de la risa amarga. Ya en «Bottle rocket (Ladrón que roba a otro ladrón)» (1996) el director se ponía de su lado, ya entonces se empeñaba en encontrar esa épica del fracaso de no pertenecer a la —presunta normalidad—, una derrota que a su vez entrañaba la victoria de lo inesperado, del encanto de encontrar la identificación y la felicidad en una variante más marciana. En sus siguientes películas, iba a refrendar esa ética sobre la que se fundaba su cine en fábulas siempre únicas que, en su voluntad de nacer a un margen, arriesgaban en su universo visual hasta flirtear con un hermetismo sólo salvable para los más cómplices.

En «Moonrise kingdom» (ver tráiler), Anderson ha conseguido uno de esos milagros que sólo brotan de forma natural en las grandes obras. Más consciente que nunca de los parámetros de ese universo, más dispuesto también a romper sus propias reglas, el director apuesta por la infancia como ese lugar —ese tiempo— definitivo y salvaje en cuya exploración todo cobra sentido ante el fracaso de la madurez. No hay nada de inocente y sí mucho de honesto en la cartografía emocional de ese viaje que emprenden Suzy y Sam a una playa remota, escenario memorable para la iniciación y el amor fugitivo, como antaño lo fue para Kit y Holly aquel bosque de «Malas tierras»  (1973). Y si es sorprendente comprobar cómo toma partido por la prolongación de ese sentido de la aventura que habita en la infancia como única opción sensata para vivir esta vida, no lo es menos que ésta se reafirme a través de un exquisito ejercicio de deconstrucción: la Guía de orquesta para jóvenes de Benjamin Britten —con su correspondiente y magnífica réplica en los créditos finales de parte de Alexandre Desplat— conduce con compás preciso los tableaux vivants con los que la primera secuencia introduce el ambiente cotidiano de Suzy Bishop; pero también sirve como herramienta de despiece de un entrañable imaginario compuesto de uniformes boy scout, casas de árbol imposibles, gorros con cola de mapache y paisajes de tonos ocres y exactas simetrías.

La importancia de dichos elementos, sin embargo, queda supeditada a una causa mayor, un mensaje bellísimo que nace en la conclusión para ser esa enseñanza vital sin ánimo de aleccionar. Si la poesía no necesita de rima, el recuerdo tampoco necesita de lo palpable para ser parte ya indisoluble de nosotros. Y bajo el poco afortunado nombre de Bocana 32, Suzy y Sam pueden guardar la felicidad indomada de aquel lugar que ya sólo existe en ellos. El lugar del primer beso, del primer amor, el reino sumergido en el que probar a ser adulto era un juego instintivo, y no una obligación del tiempo.

Calificación: 9/10


Imágenes de «Moonrise kingdom», película distribuida en España por Alta Classics © 2012 American Empirical Pictures, Indian Paintbrush, Moonrise y Scott Rudin Productions. Todos los derechos reservados.

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