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«Nada que declarar»: Comedia sin fronteras

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«Nada que declarar»: Comedia sin fronteras

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Dany Boon firma una comedia sin apenas vena cáustica, sin más esfuerzo que el de articular situaciones prestas al follón. «Nada que declarar» es un chiste prolongado e indigesto, una película hecha de muchas generalidades y muy pocas ideas.

Está claro que el humor de Dany Boon se sustenta en dos pilares fundamentales: el primero, un gusto excesivo, casi cansino por explotar la comicidad que se deriva de los roces de culturas y acentos, más cuando este se da en un contexto francófono y local que consigue la inmediata identificación del público al que va destinado —que es, por cierto, un espectro amplio y poco selecto—; el otro, es una decidida loa al humanismo y a la reconciliación entre los pueblos, materia prima del buenrollismo populista que ya asomara en su celebrada —y más comedida, y menos estridente— «Bienvenidos al norte» (2008), éxito mayúsculo del cine francés que colea más allá de sus fronteras.

Si en aquella las diferencias entre acentos francófonos daban lugar al malentendido y de ahí, a la comedia popular, «Nada que declarar» va más allá y se planta en la frontera entre Bélgica y Francia, siendo las diferentes formas de racismo a ambos lados el detonante y tema para el sinfín de sketches que revelan la forma en la que Boon entiende el cine: una prolongación de su actividad cómica sobre las tablas y la televisión, o piezas que se suceden casi a la manera de un especial televisivo de, digamos, un homólogo galo de José Mota —la subtrama del contrabandista, la cena en casa del enemigo, el barman intentando memorizar el mapa—. Sin apenas vena cáustica, sin más esfuerzo que el de articular situaciones prestas al follón, el proclamado nuevo rey de la comedia del país vecino ejecuta en piloto automático una fórmula que tiene el triunfo asegurado, pero que no por ello resulta menos increíble: el racismo llevado al paroxismo del personaje de Benoît Poelvoorde —o la idiotez del de François Damiens, o la transformación del del propio Boon— traspasa la barrera de lo verosímil para resultar finalmente indigesto, el primero de los síntomas de una película hecha de muchas generalidades y muy pocas ideas.

Como la eterna formulación del chiste que utiliza tres nacionalidades distintas —y la última, siempre es un español—, «Nada que declarar» se podría traducir como una pesada broma con los equivalentes ejemplos del belga y el francés. Es decir, un chiste estruendoso y a destiempo, espetado en un momento poco oportuno de la comida y con los aires siempre exagerados del comensal dispuesto a hacer reír a todo el mundo.

Calificación: 4/10

En las imágenes: Fotogramas de “Nada que declarar”, película distribuida en España por Wanda Visión © 2010 Pathé, Les Productions du Ch’timi, TF1 Fillms Production y Scope Pictures. Todos los derechos reservados.

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