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«Nine»: La (improbable) reconciliación felliniana

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«Nine»: La (improbable) reconciliación felliniana

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La pleitesía a Fellini parece condenada a reñirse con el escenario Broadway. «Nine» encuentra poca fortuna en su intento por conservar los grandes temas, resultando más disfrutable para el desconocedor de la fuente primigenia.

La gran belleza que desde sus orígenes atesora el musical reside, en muy buena parte, en su capacidad para saltarse a la torera las reglas y preceptos de la ficción, para provocar al espectador con la interrupción de la misma y llevarle hasta otro grado de ensimismamiento regido, claro está, por el compás y la música. Por tanto, se requiere de cierto grado de anarquía y de la interrupción de una realidad ya fingida. En otro plano, nadie manejó como Federico Fellini esa interrupción, pues nadie como el director italiano alcanzó a entender, como en su «Fellini Ocho y medio» (1963), la ficción como ese solapamiento de miradas de la nostalgia, del deseo, de la evocación y de lo onírico. Ahora bien, pretender que el medido espectáculo Broadway marca Rob Marshall se reconcilie con el más irrevocable expresionismo felliniano, es una tarea que afrontaba riesgos suicidas que, ni siquiera su muy solvente «Chicago» (2002), podía vislumbrar.

«Nine» podría escudarse en la coartada de ser una adaptación del musical antes que del original felliniano, pero la repetición exacta de numerosos pasajes de aquel (la pelea conyugal en la habitación, el baile de la ‘Saraghina’) delatan las aspiraciones de los guionistas Michael Tolkin y Anthony Minghella de acercarse al genio italiano. Eso sí, con profundo amor y dosis de buen gusto: en el primer encuentro furtivo entre Guido (Daniel Day-Lewis) y su amante Carla (Penélope Cruz), éste le aplica el maquillaje para iniciar el juego erótico y dibuja en su cara una peca que es el homenaje exquisito a Sandra Milo; en otro pasaje, uno de los muchos aduladores de Guido apunta que el mundo mira a Roma como la ciudad que él ha construido en sus películas, en una apenas disimulada declaración de amor a Fellini que se completa con la elección de la Cinecittà como el lugar donde se prepara el rodaje (los estudios romanos fueron, durante buena parte de su carrera, los predilectos del riminés).

Sin embargo, dicha pleitesía parece condenada a reñirse con el respeto al escenario Broadway. Rob Marshall se ve obligado a incurrir al montaje paralelo (con ubicación geográfica y temporal inclusive) en el número Be Italian, alternando la función sobre las tablas con la fotocopia exacta de la escena en que el baile de la ‘Saraghina’ (entregadísima Fergie) abre los ojos infantiles ante el descubrimiento de la sexualidad, voluptuosa y animalesca y, por supuesto, moralmente punida. El recurso habla, una vez más, de la difícil reconciliación de las múltiples pretensiones del director, más lejos de saber gobernar una anarquía musical integrada que honre a Fellini, y más cerca de proporcionar una calculada sucesión de números cuyo deslizamiento en el terreno de esa autoficción (la que se escribe a sí misma mientras avanza) busca cada vez menos excusas.

Técnicamente impecable y de brillante artificiosidad, «Nine» encuentra muy poca fortuna en su intento por conservar los grandes temas de «Fellini Ocho y medio». Quizá el más primordial de ellos, el problema de la página en blanco, el de la creación nacida de la ausencia de creatividad, queda más sugerido que explorado, y desemboca en una reflexión menos interesante sobre la necesidad de conservar el niño que Guido lleva dentro para recuperar al autor perdido en el camino. Al menos, la solución final escogida sigue sugiriendo algún tipo de celebración coral del acto creativo y la vida misma, más silenciosa y sin pasarela, pero felizmente confirmadora de la metaficción. En realidad, la única traición verdadera que se le puede reprochar a «Nine» es la de ubicar las buenas películas de su director protagonista en la supuesta etapa neorrealista atribuida en la canción Cinema italiano (número de indudable magnetismo que no deja de ser una martinización festiva y simplificadora), lo que en la ecuación referencial equivale a considerar al primer Fellini como un adscrito al movimiento. Lo demás, se ajusta sin escándalo a las necesarias licencias y, en fin, a una fórmula Marshall de espectacularización y revestimiento estético de dolce vita. Una que hace el producto más disfrutable, probablemente, para el desconocedor y/o despreocupado de la fuente primigenia del mismo.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de «Nine» – Copyright © 2009 The Weinstein Company, Relativity Media, Marc Platt Productions y Lucamar. Distribuida en España por Wide Pictures y DeAPlaneta. Todos los derechos reservados.

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