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«Objetivo: La Casa Blanca». El sueño de Kim Jong-il

Críticas

«Objetivo: La Casa Blanca». El sueño de Kim Jong-il

«Objetivo: La Casa Blanca» ofrece alguna idea original y acción patriótica y divertida. Sin embargo, la película acaba incurriendo en tópicos y resultando otra imitación pobre de «Jungla de cristal».

En la corrosiva «Team America: La policía del mundo» (Trey Parker, 2004), una visita del diplomático suizo Hans Blix al dictador Kim Jong-il terminaba con el primero sumergido en la pecera de los tiburones del segundo. Trey Parker, co-creador de «South Park» (1997-), era probablemente el primero en reírse en pantalla de la dimensión grotesca del ya fallecido tirano norcoreano y, de paso, de la inoperancia de buena parte de las relaciones internacionales. Jong-il, por sus implicaciones pre-apocalípticas, era ese perfecto personaje que se prestaba a la parodia y al chiste fundado en sus solas apariciones públicas. Nadie, sin embargo, iba a atreverse a imaginar lo que sería de un mundo claudicado ante la amenaza de Corea del Norte, la materialización de ese sueño húmedo de Jong-il asomado en el kaiju político de «Pulgasari» (Shing Sang-ok, 1985).

Gerard Butler en Objetivo La Casa Blanca

Durante buena parte de «Objetivo: La Casa Blanca» (ver tráiler) ese sueño se materializa vía acción pulp indiscriminada y con deudas para con la década de los 80. El terrorismo norcoreano irrumpe en Washington acribillando a la población, los símbolos caen, la Casa Blanca es invadida y el presidente es tomado como rehén a punta de pistola. En la primera media hora, los estandartes del orgullo estadounidense a punto están de desaparecer y queda subrayada la infamia. El jaque al Olimpo occidental se ha consumado y, a partir de ahí, evidentemente, la premisa es solo la excusa para una restauración orgullosa de los colores de la bandera. Si algo se le puede alabar a Antoine Fuqua no es tanto la originalidad del planteamiento, pues «24» (2001-2010) ya había expresado, con mejor letra, los dilemas críticos en una emergencia nacional. El elogio, más bien, corresponde a la energía y convicción que deposita en su Apocalipsis político y sus daños colaterales. El conservadurismo de su propuesta no está reñido con la diversión, pero su ideología se demuestra mucho menos compleja que en el caso de la serie creada por Joel Surnow y Robert Crochan: mientras que las aventuras de Jack Bauer llegaban a proponer la idea de una traición presidencial, sugiriendo que ningún hombre puede ponerse por encima de ese sentimiento patriótico largamente construido, el filme de Fuqua hace indisolubles la figura presidencial y la identidad nacional.

Morgan Freeman en Objetivo La Casa Blanca

Es esa idea, precisamente, la que mueve al tampoco común protagonista: un accidental responsable en una tragedia personal del presidente y un hombre de familia incapaz de vivir su propia vida, ahora frente a su propio ejercicio de redención. Lástima que, como toda aportación mínimamente original en «Objetivo: La Casa Blanca», ésta se vea sepultada por su pronta adhesión a los tópicos del género en su modalidad «Jungla de cristal» (John McTiernan, 1988) —el Mike Banning de Gerard Butler es otra copia realizada a partir del modelo John McClane/Bruce Willis—. Un referente por el que es imposible no suspirar cuando la película se deja absorber por una corrección más rutinaria y saca a ondear, dicho sea de paso, una exaltación más aburrida.

Calificación: 5/10

Imágenes de «Objetivo: La Casa Blanca», película distribuida en España por eOne Films Spain © 2013 Millennium Films, Nu Image y West Coast Film Partners. Todos los derechos reservados.

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