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«París, París»: Crónicas amables de un barrio de diseño

Críticas

«París, París»: Crónicas amables de un barrio de diseño

La sombra de «Los chicos del coro» es alargada y bajo ella se cobija Christophe Barratier. «París, París» apunta a aquella, pero queda lejos al intentar reproducir su ternura, amabilidad, romanticismo, humor o tragedia. 

La sombra de «Los chicos del coro» es alargada y bajo ella se cobija Christophe Barratier, que ahora vuelve a echar mano de Gérard Jugnot, Kad Merad y del niño Maxence Perrin para atraer a un público cautivo por los buenos sentimientos y los ambientes entrañables. Pero es también una sombra que puede oscurecer cualquier proyecto, porque el nuevo intento difícilmente logrará despegarse de ella y superar la prueba de la comparación. «París, París» es la crónica de un espectáculo de variedades que encierra muchas historias de amor y amistad, de lucha por unos ideales que van más allá de los enfrentamientos políticos en la Francia del 36, y también de un espíritu de superación y realización artística en un entorno de vodevil donde el talento se confunde con el entretenimiento y la imitación.

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La película comienza con Pigoil, director del espectáculo Chansonia, declarando ante a policía acusado de asesinato, de forma que toda ella viene a ser un largo flashback que nos cuenta lo sucedido entre esas cuatro paredes, cuando unos artistas de barrio luchan una y otra vez por sobreponerse al fracaso y la mezquindad del propietario Galapiat, y el amor intenta abrirse paso entre la necesidad de sobrevivir y labrarse un futuro de estabilidad. Bajo esa perspectiva se puede contemplar como un fresco costumbrista en que la cámara se acerca a unos tipos populares, les sigue por los vericuetos del local —con un travelling inicial realmente virtuoso— y se adentra en sus almas —un tanto resecas y esquemáticas— para dibujar con poca fuerza el drama personal, la emoción romántica o la lucha política de bandos enfrentados. Pero el telón se baja al término de la cinta, con lo que también podríamos verla como espectadores que asisten al mismo teatro de revista que los personajes representan, de forma que el escenario acogería el drama familiar de un padre que pierde la custodia de su hijo, de una pareja de enamorados acosados por un viejo verde y arrogante, de unos artistas que se esfuerzan por encontrar su lugar en el espectáculo.

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Las dos ópticas son válidas, y unas veces prima el carácter evocador y nostálgico del testimonio —en declaración o epistolarmente—, y otras la propia puesta en escena del espectáculo. En cualquier caso, estamos ante recursos narrativos para acercarnos a un tierno melodrama humano, en el que las referencias histórico-políticas del Frente Popular y los fascismos no pasan de ser algo anecdótico, donde el dibujo de personajes resulta intencionadamente esquemático y sin matices —salvo el malvado y patético «protector», todos resultan buenos y recuperables para la causa—, con lo que, por momentos, parece que asistamos a un «cuento» de aire irreal y ensoñación que discurre sin grandes sobresaltos ni momentos de clímax. El guión y los ambientes parecen prefabricados y de diseño, falta chispa y frescura en las escenas, que no alcanzan la emoción y complicidad de su anterior obra —ni siquiera las canciones elevan el ánimo y conmueven como lo hiciera el coro—, ni tampoco el dramatismo del reciente biopic de Edith Piaf —algunos planos en las actuaciones están calcados, y hay un deje que recuerda a aquella—. No falta algún momento para la sensiblería, que está a punto de despeñar la cinta desde esos tejados del teatro mientras la pareja contempla París de nuit, y el espectador se acuerda de la espectacularidad de «Moulin Rouge» (aunque el estilo sea otro).

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Apunta, pero queda lejos de las tres películas mencionadas al intentar reproducir su ternura, amabilidad, romanticismo, humor o tragedia. Más bien parece que estemos ante una recreación acartonada de ambientes de otra época, elaborados a partir de unos decorados muy conseguidos, y recogidos por una fotografía y diseño de producción que logran dar calidez y humanidad al entorno. Quiere recoger la tradición del «realismo poético» francés, pero le falta el alma de aquel y se queda en una bienintencionada historia de suicidios desdramatizados y balas de fogueo, con ideales y sueños que acaban imponiéndose a la realidad del trabajo, amor y relaciones paterno-filiales. Una corrección que no llega a entusiasmar y que se queda en el folletín de toques simplistas y arquetípicos, que a ratos se hace un poco pesado. Gustará, sin embargo, al público amante del cine francés esteticista de cuidada planificación, de ambientes populares y dulces con personajes bondadosos capaces de poner buena cara a la desgracia.

Calificación: 5/10

En las imágenes: Escenas de «París, París» – Copyright © 2008 Galatée Films, Pathé Production, Constantin Film, France 2 Cinéma, France 3 Cinéma, Logline Studios, Novo Arturo Films y Blue Screen Productions. Fotos por Jérémie Bouillon. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos reservados.

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