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«Rabia»: El fantasma del caserón

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«Rabia»: El fantasma del caserón

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«Rabia» es la historia de un amor imposible, que comienza como melodrama de sobremesa y va cargándose de tintes sombríos y trágicos para convertirse en un inquietante thriller romántico con la inmigración de fondo.

Como hiciera Alejandro Amenábar en «Los otros» y Juan Antonio Bayona en «El orfanato», el ecuatoriano Sebastián Cordero nos encierra en un caserón para sufrir la asfixia de su protagonista y morir de amor entre la oscuridad del desván y la intoxicación de la rabia. José María es un inmigrante al que se le cruzan los cables cada vez que alguien ofende a su novia Rosa, y que tendrá que huir tras matar accidentalmente al capataz de construcción que le despide. Su escondite es el desván de la casa en la que trabaja Rosa como empleada doméstica, sin que ella lo sepa y sin más contacto entre ambos que el telefónico. José María —María es como le llama su novia— malvive entre ratas y suciedad, entre las humillaciones que sufre Rosa por parte del hijo de los señores y el aislamiento que le impide estar con la persona que ama. El tiempo pasa y asistimos a un proceso de degradación física que le convierte en el fantasma del caserón, siempre rondando por pasillos y habitaciones desocupadas, nunca visto por nadie.

«Rabia» es la historia de un amor imposible, que comienza como melodrama de sobremesa que amenaza al espectador con el culebrón televisivo… para ir cargándose de tintes sombríos y trágicos, convertirse en un inquietante thriller romántico con la inmigración de fondo, y terminar volviendo a los orígenes dulzones con un desenlace tan duro y simbólico como complaciente. Sin duda, la creación de atmósferas oscuras y agobiantes es el sello de Guillermo del Toro como productor, mientras que Cordero acierta con una planificación dramática y unos movimientos de cámara que saben generar suspense y desasosiego. A medida que avanza la historia, el amor de la pareja protagonista va ganando en hondura y delicadeza aunque apenas se conocen, y la aparente proximidad se disfraza de lejanía para ganar paradójicamente en intimidad, porque esos silencios y susurros responden al deseo de no implicar a Rosa y porque ese niño es la fuerza para seguir resistiendo al aislamiento forzoso, símil del que pueden sufrir tantos inmigrantes separados de los suyos.

Asistimos a una tragedia similar a la de aquel fantasma de la ópera escondido entre pasadizos secretos, celoso de su amor. También aquí hay música aunque no la componga el desdichado José María sino Lucio Godoy, en un ejercicio que obtiene el efecto de angustia e inquietud buscado, pero que por momentos resulta excesivamente presente y protagonista hasta hacerse un poco cargante. Por su parte, la fotografía de Enrique Chediak logra una atmósfera claustrofóbica, y atiende a los matices de unas psicologías complejas. Especial mérito tiene el trabajo interpretativo de Gustavo Sánchez Parra, con un rostro que es todo un poema de dolor y amor, y un cuerpo que experimenta la máxima deshumanización. Su pareja Martina García raya en lo sensiblero, mientras que Àlex Brendemühl hace un buen trabajo en un papel semejante a todos los suyos a la hora de generar incertidumbre y turbación.

Aunque la trama romántica es asfixiada por el trabajo de ambientación, funciona como drama de un amor entre inmigrantes que vienen a ser polos opuestos ante la discriminación, él agresivo y lleno de rabia, ella delicada y paciente. Más dudoso es el desarrollo de la subtrama de la familia Torres, con sus desavenencias y apatía existencial… que no llega al espectador. «Rabia» se llevó la Biznaga de Oro y varios premios más en el Festival de Málaga.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de «Rabia» – Copyright © 2009 Telecinco Cinema, Dynamo y Think Studio. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

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