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«Soy un cyborg»: Sympathy for Park Chan-wook

Críticas

«Soy un cyborg»: Sympathy for Park Chan-wook

Tras sobrecoger cuerpos y almas con su trilogía de la venganza ─“Sympathy for Mr. Vengeance” (2002), “Old Boy” (2003) y “Sympathy for Lady Vengeance” (2005)─, el coreano Park Chan-wook regresa demostrando que es uno de los grandes del cine moderno, capaz de dar un giro radical a su filmografía sin rebajar la calidad de sus trabajos. Ahora llega con una (¿tragi?)comedia tan entrañable como rebuscada en su planificación, fiel a su evolución, no para todos los gustos pero de innegable calidad artística.

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Young-Goon (Lim Soo-jung) está convencida de que es un robot. Por eso basa su alimentación, básicamente, en chupar pilas y baterías hasta recargarse, hecho que se concreta en la iluminación progresiva de los dedos de sus pies; cuando es internada en un manicomio, conoce a un dispar grupo de personajes, entre ellos Park Il-sun (Rain), joven capaz de robar a voluntad las habilidades de quienes están a su alrededor. La presentación de “Soy un cyborg” nos lleva ya desde sus minutos iniciales a un microuniverso delirante de fantasía desbordante a caballo entre el comedimiento minimalista y la más pura lisergia, plagado de acontecimientos tan descacharrantes como subrepticiamente trágicos ─no olvidemos que la base de todo es la anorexia de la protagonista─, en un planteamiento valiente capaz de unir el drama de un sanatorio mental ─planea continuamente el fantasma de “Alguien voló sobre el nido del cuco”, de Forman─ con la imaginación profusa y colorista de los filmes de Terry Gilliam. Los participantes de la obra, a través de sus “poderes”, arrancan carcajadas en una platea que disfruta viendo cómo una oronda mujer puede volar si frota sus calcetines de colores, o cómo un súper saque convierte a un hombre en un imbatible jugador de ping-pong; la transición a la realidad es siempre acertada, desdibujando la profundidad del dolor interno de cada uno de ellos, atenazados por diversos grados de deterioro mental.

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Con un montaje veloz y dinámico y una fotografía excelente ─por momentos las imágenes asemejan incluso una cinta de anime nipón─ el realizador renuncia casi totalmente a la violencia para presentar una historia de amor infantilizado y no consumado que demuestra que incluso las máquinas tienen corazón, abriendo al público una puerta a un mundo fabuloso, repleto de humor y ensueño, en el que logra que nos encontremos muy cómodos a pesar de que algunos pasajes pueden llegar a saturar un tanto, por lo excesivo. Los actores principales están perfectos en sus papeles, especialmente la adorable y aniñada Lim Soo-jung, capaz de dotar a Young-Goon de una humanidad sorprendente durante toda la trama; Rain se recrea enormemente como Park Il-sun, el verdadero rey del sanatorio gracias a la convicción generalizada de que es capaz de hacerse con las características más esenciales de cada uno de los internos con el simple hecho de unir sus manos.

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Crítica evidente de la mecanización que sufre la sociedad actual y parábola de un tema tantas veces reflejado en el cine como es la búsqueda de la personalidad en la juventud, escapa a comparaciones con otras propuestas gracias a su insólita puesta en escena y a la progresiva tendencia de la narración a desvanecer la ya de por sí borrosa frontera entre la alucinación y la realidad; la conexión más allá de lo puramente físico de la pareja central convierte la extravagancia en sencillez, de suerte que el palco absorbe de manera sorprendentemente asequible algo que, presentado en otros términos menos sinceros ─por expresar de alguna manera las amables intenciones del realizador─, rayaría en lo absolutamente delirante e incomprensible. Sin duda, la confirmación definitiva de que Park Chan-wook es un creador fabuloso e irrepetible, capaz de sorprender sin necesidad de turbar con violencias varias los ojos y el ánimo de quien observa.

Calificación: 7/10.

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  • En las imágenes: Fotogramas de «Soy un cyborg» © 2006 Moho Films. Distribuida en España por Versus Entertainment. Todos los derechos reservados.

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