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«Super 8»: La sensibilidad Amblin

Críticas

«Super 8»: La sensibilidad Amblin

J.J. Abrams firma una película brillante, que reconcilia el espíritu de las producciones Amblin con su ambiciosa personalidad como creador. Emotiva y espectacular, «Super 8» es un blockbuster casi redondo, lo mejor del verano.

Una chica con maquillaje de muerto viviente (Elle Fanning) pregunta al chico que tiene delante (Joel Courtney) cómo tiene que hacer de zombi. El chico, perdidamente enamorado de ella, apenas puede articular palabra, fascinado mientras ella se acerca para simular que le muerde el cuello. Ella se ríe divertida; él sonríe cómplice, pero más lleno de felicidad por ese encuentro, ese instante de cercanía que le ha regalado la chica de sus sueños. Y de los sueños, que también pueden venir de la ultratumba, nace esa bellísima escena de amor sin beso que emana con naturalidad de entre lo humano y lo extraterrestre, de entre el feliz escapismo de la infancia y la cerrazón de la edad adulta, de la admirable sensibilidad que desprende «Super 8» (ver tráiler) en su limbo personalísimo.

Esa sensibilidad tiene un nombre: Amblin. Y está contenida en toda la película de J.J. Abrams, pero sobre todo en la recapitulación en los créditos finales de la película casera filmada por sus niños protagonistas: maquetas de trenes que colisionan y explotan, FX de andar por casa y zombis cortesía de Químicas Romero, cúmulo de subgéneros y referencias sin despegarse de la inocencia innata de toda home movie. El mismo espíritu que empapaba los primeros experimentos fílmicos de Steven Spielberg, luego derivados en su último cortometraje antes de lanzarse a la televisión y al largo, de nombre «Amblin'» (1968), luego a su vez nombre de la productora cabecera de los 80 para un entretenimiento que proyectaba esa esencia a pantallas de medio mundo. El mismo que, años más tarde, constataría una herencia impagable y de difícil relevo. En 1982, un Abrams de 15 años y su amigo Matt Reeves ya habían probado las mieles del Super 8 y recibían el primer indicio de ese testigo: el encargo de montar las películas caseras de Spielberg para su restauración.

Casi tres décadas después, Abrams encuentra en su último trabajo ese punto de intersección ideal que concilia la sensibilidad Amblin que en su caso significó motor e inspiración de una carrera meteórica, y sus consabidas ambiciones como gurú de una renovación del discurso audiovisual, que también tiene por base lo humano y lo dionisíaco. Decir que «Super 8» es un homenaje a los impagables placeres que la productora de Spielberg tradujo en educación cinematográfica de una entera generación de espectadores y artistas, es quedarse corto. En el siglo XXI, Abrams ha actualizado esa complicidad y la ha embebido en un blockbuster donde ese sentimiento latente se alía con lo oculto, con nuevos monstruos —las criaturas casi siempre indefinidas, casi siempre veladas de «Perdidos» (2004-2010) o «Monstruoso» (Reeves, 2008)— que importan más como excusa y objeto de marketing viral. Es ese segundo plano el que permite poner el foco sobre fantásticas disecciones del niño en constante fuga de su realidad, la necesidad de alteridad a través de una cámara que registra todo su corazón vía la serie B de detectives privados, muertos vivientes y cine de catástrofes a pequeña escala.

Quizá la jugada combinada halle su mejor ejemplo una vez trascendido el postergado encuentro en la tercera fase. En una conclusión tan aterradora como, finalmente, tocada de encanto, las aventuras cavernosas de «Los Goonies» (Richard Donner, 1985) reproducen clímax y terrores subterráneos de «The host» (Bong Joon-ho, 2006), para encumbrar en esa guarida tremebunda y electromagnética el creciente sentir de la cinta. Es allí donde, más allá de puntuales desajustes y huecos de lógica narrativa que parecieran deliberados, se establece el preámbulo a una despedida de incontenible emoción y ya vista este verano en «Paul» (Greg Mottola, 2011). Sólo que, a diferencia de aquella, esta augura la monstruosa presencia de un creador dispuesto a sacar de la chistera nuevas criaturas capaces de conectar miedos soterrados con una heredada —y profunda— sensibilidad en versión 2.0.

Calificación: 8/10


En las imágenes: Fotogramas de «Super 8», película distribuida en España por Paramount Pictures Spain © 2011 Amblin Entertainment, Bad Robot y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

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