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“También la lluvia”: Luchas de verdad, luchas de mentira

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“También la lluvia”: Luchas de verdad, luchas de mentira

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“También la lluvia” es un ejercicio metacinematográfico de premisa interesante, pero termina por ser un filme poco más que discreto, sin la más mínima opción a luchar por el Oscar® y condicionado por su posicionamiento ideológico.

Vaya por delante una advertencia previa: nada tengo contra el cine con contenido político o social, ese que antaño se soliera denominar cine “con mensaje”. Entre mis cineastas predilectos —aun reconociendo los altibajos en la calidad de su producción— se cuenta gente como Robert Guédiguian, Ken Loach o John Sayles, y, entre mis filmes de cabecera, cintas como “Ladrón de bicicletas” (Vittorio De Sica, 1948) o “Desaparecido” (Costa-Gavras, 1982). El poder del cine como herramienta de denuncia política, con capacidad para elaborar y transmitir a un público amplio un discurso de un sentido ideológico determinado, siempre ha sido muy elevado, y nada digno de desdeñar.

Pero ese “mensaje” debe resultar una derivada, una resultante de un discurso dramático del que emana una construcción narrativa —desde el punto y hora en que estamos hablando de cine de ficción, claro está— a partir de la cual cabe sacar ciertas conclusiones. Cuando el proceso se invierte y es el mensaje político el que condiciona y determina el relato, el resultado suele deslizarse hacia lo meramente panfletario. Es esa la gran dolencia de la última propuesta de Icíar Bollaín, “También la lluvia”, un filme que no llega a caer del todo en tal abismo, pero que, por mor de las exigencias de su posicionamiento, queda al borde de él.

La premisa argumental del trabajo de Bollaín se revela, ya desde su arranque, interesante y jugosa: un ejercicio metacinematográfico —tan explotado pero siempre tan rico en detalles para los amantes del celuloide— de situar el nervio central de la trama en el rodaje de una película, se refuerza con la construcción de una trama paralela, vinculada a la principal por las concomitancias entabladas entre dos sujetos colectivos antagonistas —en el rodaje, equipo de producción vs. extras locales; en el conflicto local por el agua, empresa explotadora transnacional vs. población local—, claramente posicionados en dos extremos desde el punto de vista de su posición económica y estatus —ricos contra pobres, explotadores contra explotados—. El guión de Paul Laverty en ese sentido no engaña, y, como cabía esperar de un fiel y permanente colaborador de un combatiente de trinchera como Loach, su historia traza un dibujo inequívoco de buenos y malos.

De todos modos, no es ahí donde radican los problemas: Icíar Bollain, que ya cuenta con una experiencia cinematográfica estimable en lides de directora, demuestra que sabe manejar la historia con pulso firme y con un ritmo narrativo vigoroso y entusiasta, de manera que las tramas paralelas se desarrollan y engarzan con soltura y fluidez. También el trabajo del cuadro de intérpretes ayuda a que el dibujo de personajes, aun claramente delimitado por la premisa antes apuntada de un posicionamiento muy definido, no resulte plano ni excesivamente maniqueo: los roles no son meros arquetipos y, ante todo, son seres de carne y hueso, con sus incongruencias y contradicciones. Tanto los dos protagonistas, que representan a dos colectivos —Costa, interpretado, con la solvencia acostumbrada de Luis Tosar; y Daniel, a cargo de un sorprendente y desconocido Juan Carlos Aduviri—, como un cuadro de secundarios en el que brilla especialmente un comedido y enjundioso Karra Elejalde, dan buena cuenta de los papeles asignados.

El punto por el que un buen trabajo previo de desarrollo fílmico viene a descoserse es el de la resolución de la historia: la exigencia de un happy end, eso que tanto se achaca por parte del público más exigente a los productos mainstream, aqueja a un cierre de la trama poco creíble, precipitado —no por un problema de apreturas de metraje— y condicionado por una exigencia ideológica muy concreta. Mal asunto que, en un momento culminante como la conclusión, se imponga un factor exógeno a los propios condicionantes dramáticos de la historia. ¿Voluntad autoral? Sí, por supuesto. Y como tal, perfectamente respetable. Pero es esa la misma voluntad que tiñe las decisiones de las majors para salvar al héroe, casarlo con la chica guapa o redimir al protagonista de sus pecados previos: en definitiva, concesiones. El altar en que se ofician no varía su naturaleza, sólo su origen y fundamento.

En suma, “También la lluvia”, que podría haber sido una propuesta estimable, termina por resultar un filme poco más que discreto, con buenos momentos pero lejos de la redondez que Icíar Bollaín alcanzó en “Flores de otro mundo” (1999) o “Te doy mis ojos” (2003). Y por otro lado, y salvo sorpresa morrocotuda, sin la más mínima opción a luchar por el Oscar® a la Mejor Película de Habla no Inglesa.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de “También la lluvia” – Copyright © 2010 Morena Films, Mandarin Cinema, Vaca Films y Alebrije Producciones. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.

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