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«Tenemos que hablar de Kevin»: Angustia, culpa y Tomatina

Críticas

«Tenemos que hablar de Kevin»: Angustia, culpa y Tomatina

«Tenemos que hablar de Kevin» plantea tesis inquietantes y está protagonizada por una gran Tilda Swinton, pero también está marcada por una desacertada opción estética y una absurda, ridícula secuencia de apertura en la Tomatina de Buñol.

Más allá de estudios sociológicos, «Tenemos que hablar de Kevin» (ver tráiler) se enfrenta al problema de la aparentemente inexplicable violencia extrema de los adolescentes: ¿por qué jóvenes que lo tienen todo cometen esos actos inconcebiblemente crueles con los que los medios nos sacuden en ocasiones, preferentemente en países donde hay un mayor acceso a las armas? La respuesta nos ha venido servida desde muchos ángulos, pero la cinta, basada en un libro de Lionel Shriver, nos plantea el punto de vista de una madre que tiene el pálpito, prácticamente desde el nacimiento de su retoño, de que en su vida se ha incrustado un ser despiadado que hará muestra de una refinada capacidad para impartir sufrimiento desde la primera noche, el primer pañal, tras los pequeños gestos con los que los pequeños, aún no adiestrados por la socialización de sus mayores, manipulan a los demás.

La película, además, plantea una tesis no menos inquietante, y hasta polémica en los tiempos que corren, y es la de que el instinto maternal no sería algo innato, necesariamente siempre presente en cualquier madre. Porque el personaje de Tilda Swinton —lo mejor del filme, y como mínimo merecedora de una nominación en los últimos Oscars®— tiene que enfrentarse, poco a poco, a esa difícil verdad: que no siente nada por su hijo, que es un extraño al que es incapaz de querer y del que sólo recibe un desaire tras otro, en un complejo juego psicológico en el que ella está atrapada.

Lo malo es que una desacertada opción estética acaba enmarañándolo todo, especialmente en la primera parte, sin que entendamos qué gana el espectador con ello, más allá de una supuesta intención de introducirnos en la mente inestable de una madre que oscila desde los temores más o menos inconfesables —¿cómo contar a nadie que en realidad tiene miedo de su hijo, sobre todo si el pequeño ofrece su mejor cara al otro, el ingenuo padre interpretado por John C. Reilly?— a la lucha por la culpa y el desprecio cuando éstos acaban confirmados en una realidad atroz.

Quizá lo más desasosegante de la cinta es que, en realidad, viene a decir que sí, que hay una línea que une sólidamente a madre e hijo, y que en su desapego y falta de empatía con los demás puede haber más rasgos de filiación que en un intento de juego o de velada juntos. El único problema es que tampoco hace falta subrayarlo de manera tan evidente, con escenarios opresivos y minimalistas que, en lugar de involucrarnos en el caos que bulle en la cabeza de la protagonista, más bien nos mandan bien lejos. Y bien está utilizar el rojo sangre, pero la secuencia de apertura, rodada en la Tomatina de Buñol, puede que se encuentre entre los momentos más pedantes, absurdos y ridículos vistos en los últimos tiempos. Salvo que la cosa le haga tanta gracia a la directora que haya querido incluirlo como toque exótico; pero si eso viene a cuento casi se echa en falta un making of en el que nos explique por qué ha tomado una decisión tan extraña. Eso sí, cuando vemos a Steven Soderbergh como productor ejecutivo entre los créditos, la cosa está un poco más clara: lo que pasa es que esta chica ha absorbido lo peor de los tics autorales del, por lo demás, generalmente estupendo director de «The girlfriend experience» (2009). Pero a la clase en la que se explicaba lo bueno debió faltar.

Calificación: 6/10


Imágenes de «Tenemos que hablar de Kevin» – Copyright © 2011 BBC Films, UK Film Council, Independent, Artina Films, Footprint Investment, Forward Films, Piccadilly Pictures y Lypsync Productions. Película distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos reservados.

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