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«Tetro»: Cuando la caligrafía no basta

Críticas

«Tetro»: Cuando la caligrafía no basta

Autobiográfica o no, «Tetro» no hace más que dar vueltas en torno a las obsesiones familiares. Por mucho que en varios momentos se arañe la capa de tópicos y entreveamos algo más valioso, el atisbo se convierte en espejismo.

Salvo (des)honrosas excepciones, los genios se distinguen del resto de los mortales también cuando fallan. Y eso también es aplicable a Francis Ford Coppola, un señor cuyo nombre por siempre formará parte de la historia del cine, aunque se dedique a hacer dos bodrios al año de aquí a su muerte. Porque resulta difícil imaginar a alguien que pueda albergar en su filmografía un número de joyas comparable al del que él puede presumir.

Y sin embargo, cuando se decide a volver al cine, lo hace para filmar exactamente lo que quiere, quitándose de encima las presiones de los estudios que tantos quebraderos de cabeza le trajeron a lo largo de su vida. En eso se diferencia de otros grandes en horas bajas, como Woody Allen, que ha aceptado convertirse en una caricatura de lo que fue a cambio de alguien que ponga el dinero para sus entregas anuales. Pero Coppola prefiere jugar a no ser Coppola, a ser un pequeño creador de filmografía casi ignota. Y aunque él lo acepte, eso supone afrontar grandes riesgos.

El principal, que la obra sea fallida, y «Tetro» lo es. Abundan en ella los momentos de caligrafía magistral, una capacidad de construir planos, escenas y momentos que respiran glorioso cine. El problema es que, junto a ellos, conviven también los instantes pretenciosos y los giros de guión que parecen señalar más la indecisión de cómo mover las piezas colocadas en el tablero que una idea clara de a dónde quiere llegar.

Porque, autobiográfica o no, «Tetro» no hace más que dar vueltas en torno a las obsesiones familiares, a la imposibilidad de que una familia pueda albergar a más de un genio, e incluso los tortuosos vericuetos que pueden ir aparejados a la creación artística. Pero, por mucho que en varios momentos se arañe la capa de tópicos y alcancemos a entrever algo más valioso, enseguida ese atisbo se convierte en espejismo, incurriendo incluso en momentos rayanos en lo sonrojante (la secuencia de la Colifata o todo el segmento final en la Patagonia, con el más que improbable personaje de cartón piedra con el que poco puede hacer Carmen Maura).

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Pero que Coppola sigue teniendo ojo para el cine lo demuestra la extraordinaria interpretación que consigue de sus actores principales, especialmente Maribel Verdú (bellísima, grandísima actriz) y el casi debutante ante las cámaras Alden Ehrenreich. Junto a ellos, el más que competente Vincent Gallo y la presencia ominosa de Klaus Maria Brandauer, componen un mosaico merecedor de una mejor escritura, de una narración que les permitiera respirar y dar de sí su verdadero potencial trágico, que tal y como se desarrolla en la película apenas levanta vuelo, condenado a ser poco más que un onanismo en el que Coppola parece regodearse en cada instante en que (él lo sabe) disfraza la inanidad con encuadres y fotografía hipnotizadores en su belleza. Porque de poco sirven los destellos de genio si falta la argamasa que les dé unidad, que dicte su sentido, que justifique por qué lo que se nos narra se demora tanto. Por eso, cuando comprobamos que esta no existe, la única manera de que la cinta nos devuelva algo por nuestro esfuerzo es aguardar instantes como las coreografías (especialmente la que mezcla el mar y un escenario) o aquellos, pocos, en los que los personajes se revelan como algo más que cartón piedra. No es suficiente para Coppola, eso está claro, pero al menos ha demostrado ser mucho más honrado que otros que un día fueron grandes. Gracias por ello, maestro.

Calificación: 5/10

En las imágenes: Escenas de «Tetro» – Copyright © 2009 American Zoetrope, Tornasol Films, BIM Distribuzione y Castafiore Films. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.

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