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«The artist»: El crepúsculo de la nostalgia

Críticas

«The artist»: El crepúsculo de la nostalgia

«The artist» es una película que se revaloriza con la nostalgia del espectador. Un homenaje impreciso pero sentido que tantea la parodia y cuya redención está en la conclusión de que cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor.

En 1982, el director Carl Reiner llevaba a cabo un libre e insólito ejercicio de estilo en forma de comedia, heredera de la de Mel Brooks y coetánea de la de los Zucker y Jim Abrahams: en «Cliente muerto no paga», el juego consistía en que Steve Martin, como molde para la parodia del investigador privado a lo hard-boiled, interactuara con extractos de títulos referenciales del cine negro. Así, el detective encarnado por Martin avanzaba en sus pesquisas a través de conversaciones y diálogos con Humphrey Bogart, Veronica Lake, Barbara Stanwyck o Ray Milland. La película, además de como extraño y divertido comentario del género, se podía ver como intencionado pastiche preocupado, en todo caso, por adecuar las dinámicas del plano-contraplano y la continuidad —a menudo imposible— de la fotografía.

Celebrada en festivales y premios varios, «The artist» (ver tráiler y escenas) es un anacronismo que no es tal. La decisión de homenajear al último cine silente y a las estrellas que fueron víctimas de la sonorización de Hollywood no conlleva las mismas coordenadas estéticas —más allá del blanco y negro y el carácter mudo de la cinta, claro está— ni planificación visual que podría integrarse en el sistema de estudios de entonces, sino que habla desde una perspectiva presente de un pasado lejano con recursos que han recorrido el cine más allá de los años 30. Así pues, sin fidelidad de caligrafía ni ajustados historicismos, el modelo a seguir lo marcan los obstáculos técnicos que parodiaba con astucia «Cantando bajo la lluvia» (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952), o las ruinas del ego recogidas por Billy Wilder en «El crepúsculo de los dioses» (1950). La película de Michel Hazanavicius, como la de Reiner, es un pastiche con infinito amor por el cine, un homenaje sentido que tantea la parodia —el realizador dirigió «OSS 116: El Cairo, nido de espías» (2006) y su secuela, spoofs del género de espías— y que rinde afectos con deliberada imprecisión, en la que tanto cabe el recuerdo para John Gilbert o Errol Flynn como el patetismo melodramático con banda sonora a lo «Vértigo» (Alfred Hitchcock, 1958). Su verdadera y más interesante implicación en esa mirada atrás, sin embargo, está en la escena onírica de su protagonista, un diálogo en el que la invasión de los sonidos cotidianos se filtran como la pesadilla de un actor sin voz, y quizá el logro más perdurable en la obra de Hazanavicius.

«The artist», en fin, se revaloriza con la nostalgia del espectador, al tiempo que habla del agónico final de la propia del protagonista. En el crepúsculo de un notable Jean Dujardin —meritoria la diferencia gesticular que distingue a la persona y al personaje, público o en la ficción, en el mismo lado de la pantalla— está la clave que también vale para la película: sólo en la conclusión de que cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor, alcanza su redención y se basta como estimulante y libre ejercicio de revisiones, siempre con la ganada simpatía del palco.

Calificación: 6/10


Imágenes de «The artist», película distribuida en España por Alta Classics © 2011 La Petite Reine, Studio 37, La Classe Américaine, JD Prod, France 3 Cinéma, Jouror Productions y uFilm. Todos los derechos reservados.

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