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«The international: Dinero en la sombra». Reinventando el thriller

Críticas

«The international: Dinero en la sombra». Reinventando el thriller

Con una soberbia planificación visual y un claro distanciamiento con las dos principales franquicias que hoy se disputan el trono del género, resulta imposible hablar de «The international: Dinero en la sombra» como un thriller convencional. 

Decía Alfred Hitchcock que el suspense se construye dándole información al espectador, nunca privándole de ella. Esta afirmación, si bien pudiera parecer evidente, explica los males de muchos thrillers contemporáneos y, al tiempo, sirve como máxima ilustrada en uno de los pasajes de «The international: Dinero en la sombra»: Louis Salinger (Clive Owen) discute con un compañero frente a un solar que se presuponía la pista definitiva para dar con el sujeto clave en su investigación. Al otro lado de la calle hemos visto el gimnasio donde dicho sujeto se ejercita (información que los dos agentes desconocen, pero nosotros no) y, en pocos segundos, le vemos desfilar por detrás de sus dos perseguidores sin que estos puedan percatarse. Lo que hasta entonces se revelaba una investigación en la que el público disponía de la misma información que sus protagonistas, se decanta por un instante a nuestro favor, propiciando un breve momento de privilegiado suspense, ejemplo exquisito del uso que hallaremos del mismo en la película de Tom Tykwer.

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No será el que esto escribe quien mente el nombre de Alfred Hitchcock en vano. Demasiadas veces se ha evocado al maestro mirando en títulos que jamás usaron sus mismas armas, demasiados los herederos frustrados. Pero lo cierto es que «The international: Dinero en la sombra» disfruta de una dosificación del suspense que a buen seguro le hubiera enorgullecido. No contenta con ello, puede presumir de utilizar en estos propósitos localizaciones populares de un modo verdaderamente impecable, asignatura en la que, por cierto, el director británico también sentó cátedra (acuérdense, sin ir más lejos, del Royal Albert Hall en la segunda versión de «El hombre que sabía demasiado»). Si a estas virtudes, frecuentemente perdidas entre los terrenos manidos del género, les añadimos una soberbia planificación visual siempre articulada en el significado semiótico (atención a la escena del túnel), y un claro distanciamiento con las dos principales franquicias que hoy se disputan el trono del cine de acción (no existe aquí la sofisticación de la saga Bond, pero tampoco el frenesí calculado e incesante de la trilogía Bourne), ya resulta imposible hablar de un thriller convencional. No con Tykwer, no con semejante reformulación y no, ni por asomo, con una narrativa tan insolente como para ubicar su punto álgido en el centro de la trama, y hacer de la impotencia del respetable (vía Salinger) un imprescindible elemento a conjugar con el suspense propuesto.

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A medio camino entre una amenaza corporativa urdida por un Tony Gilroy, y una compleja maraña de intereses político-económicos descrita por un Stephen Gaghan, el guión ejecutado por Eric Warren Singer es el perfecto vehículo para que Tykwer lleve a cabo un thriller a su medida. Aquel en el que los villanos son banqueros asquerosamente ricos y elegantemente armanizados, en contraposición a un héroe que descuida su aspecto, un tipo idealista y vulnerable que se consume en una lucha utópica contra el establishment mundial. Aquel que también dosificará su acción a través de escenas como la persecución en Milán, brillante en su recorrido y planificación (guiño a «Corre Lola corre» inclusive), para alcanzar el ecuador dramático en un antológico tiroteo en el Museo Guggenheim de Nueva York. En este, no importa tanto la enorme descarga adrenalítica (menos correspondida con un delirio visual que con una ruptura inaudita de cadencia y postura narrativas), sino su ejemplar uso del espacio. Cada curva, cada rincón y pared de la espiral de pisos es aprovechada en una secuencia monumental en su concepción, monumental en su ejecución. Difícilmente puede imaginarse un empleo mejor de la arquitectura de un edificio para desempeñar un espectáculo tan rutilante y violento, un festín de casquillos de balas, sangre a borbotones y modernismo perforado que atraviesa la retina como una bala perdida que va a parar al ojo espectador.

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El thriller Tykweriano es impredecible, avanza con paso lento pero magnético, basculando entre las intrigas promovidas por las pesquisas de Salinger y las conspiraciones del malvado banco internacional. Inteligentemente estructurada, la trama reconducirá a su protagonista a través de frustraciones para llevarle hasta la frontera misma del replanteamiento moral, allí donde el personaje encarnado por Owen deberá elegir rebasar o no los límites de la legalidad, conservar o quemar los puentes de su entereza como hombre de justicia a cambio de una inútil venganza. Por contraposición, sabemos que el personaje de Eleanor Whitman (Naomi Watts) nunca alcanzará esa misma frontera e intuimos que, en algún momento, se verá obligada a renunciar como protectora de su colaborador. Es este vínculo, desposeído de cualquier posibilidad de relación sentimental (otro elemento que contraponer a las convenciones genéricas) pero no de insinuación del deseo, el que el realizador tiene más problemas para consolidar, viéndose en buena parte debilitado por una escasa presencia de Watts en la pantalla. Y es que llegada la hora, la actriz cederá su parcela de protagonismo a su partenaire y a la arquitectura que, de nuevo, le envuelve para enmarcar y modelar la acción: una conclusión decididamente anticlimática y de regusto amargo que, no obstante, crece en la memoria cinéfila como el mejor final posible para esta historia. El epílogo no hace sino confirmar la manera en que Tykwer ha redefinido las reglas, las ha hecho suyas y hasta inscrito en sutiles ritmos electrónicos de cosecha propia. El resultante es una muestra nada común de este cine, un título que celebrar por su marcada identidad propia.

Puntuación: 7/10

En las imágenes: Fotogramas de «The international: Dinero en la sombra» © 2009 Columbia Pictures, Relativity Media y Atlas Entertainment. Fotos por Jay Maidment. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.

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