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Críticas

«The visitor»: Recuperando el ritmo de la vida

Una preciosa historia de amor a varias bandas. Tom McCarthy nos ofrece un relato intimista con trasfondo social, enfatizando lo personal y dejando la inmigración como un drama serio, pero sobre el que no carga las tintas.

Con un par de brochazos se nos presenta a un profesor de economía, hombre ya maduro y solo en la vida, apático y desconcertante en su comportamiento. No sabemos por qué quiere aprender a tocar el piano a su edad ni por qué se muestra tan reacio a cualquier proyecto profesional. Su mirada es triste y sin brillo. Su actividad, anodina y gris. Contra su voluntad, se ve obligado a asistir a un congreso en Nueva York y allí se encuentra, en su propia casa, a una pareja de emigrantes a los que un listillo les alquiló el piso sin pertenecerle. Pero el profesor, Walter, es en realidad un buen hombre que sólo trata de sobrevivir a la muerte de su mujer y se refugia en el recuerdo de su música. Por eso, les deja quedarse unos días en el apartamento hasta que encuentren a dónde ir. Ellos son el sirio Tarek y la senegalesa Zainab, ambos ilegales y con todas las ganas de vivir que le faltan a Walter. Problemas, descubrimientos y un profundo sentido del amor forjarán entre ellos unos lazos de amistad capaces de superar el miedo que se ha adueñado del país tras el 11-S.

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En «The visitor» asistimos a una preciosa historia de amor a varias bandas, un milagro de la vida que renace de sus cenizas para recuperar el pulso del corazón a ritmo de la percusión de un tambor africano. Su director, Tom McCarthy, nos ofrece una historia intimista con trasfondo social, haciendo énfasis en lo personal y dejando el aspecto de la inmigración y deportación como un drama serio pero sobre el que no carga las tintas. Le interesa, sobre todo, cada uno de los cuatro protagonistas en su evolución interior —de golpe, pero con suavidad, se suma Mouna, la madre de Tarek— y sus relaciones de ayuda mutua, porque se esmera en un dibujo de personajes con todos sus matices y pliegues hasta hacerlos poco a poco cercanos y queridos por el espectador; porque trabaja con unos actores espléndidos que con una mirada de ternura o un conciso «gracias» transmiten delicadeza y sentimientos sinceros; porque confía en la capacidad del individuo para superar la muerte y desesperanza en un caso, la injusticia y miedo en otro.

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Estamos ante una película independiente de personajes e interpretaciones, de relaciones humanas, donde algunos detalles y pequeños favores van permitiendo las confidencias con naturalidad, generando situaciones en las que cada reacción resulta normal y conmovedora. Es especialmente intensa y viva la radiografía del alma de Walter, su transformación a partir de la amistad, de la injusticia, del amor. De manera desdramatizada, sin excesos y con todos los matices de un personaje interiorizado, Richard Jenkins se gana ya al espectador tocando el tambor en el parque, libre de prejuicios y necesitado de sentimiento y aire fresco que vengan a sustituir la racionalidad de la música clásica. Se le ve disfrutar como a un niño con su nuevo juguete, lo mismo que se percibe la sintonía con su amigo cuando le visita en el centro de detención —precioso el momento en que crean ritmos con pequeños golpes en la mesa—, y se le ve conmoverse con Mouna como un adolescente con su primer amor en el restaurante. Momentos de emoción contenida pero profunda que llegan gracias a Jenkins, a una maravillosa Hiam Abbass y a los desconocidos Haaz Sleiman y Danai Gurira, todos ellos muy bien dirigidos por McCarthy.

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Guión preciso con hondura antropológica y social, puesta en escena sobria que respira sensibilidad, interpretaciones auténticas y sinceras, y una exquisita música de piano para reflejar sutilmente mundos agonizantes que reclaman aire fresco para vivir, con una libertad e ilusión para nuevos proyectos que nada tienen que ver con el miedo ni el fingimiento. Porque Walter encarna al individuo escondido en su rutina y desencanto, en la soledad y el bienestar, pero al que le faltan la alegría y el ritmo de vivir. Una bellísima película que no hubiera desmerecido el Oscar® al que estaba nominada, que sin duda gustará al espectador amante de las historias humanas en que la amistad y el amor se abren paso entre la injusticia, a quienes disfrutaron con la anterior cinta del director, «The station agent (Vías cruzadas)».

Calificación: 8/10

En las imágenes: Escenas de «The visitor» – Copyright © 2007 Groundswell Productions y Participant Productions. Fotos por Jojo Whildon. Distribuida en España por Karma Films. Todos los derechos reservados.

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