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«Transformers: El lado oscuro de la Luna». Cine de atracciones y chatarra

Críticas

«Transformers: El lado oscuro de la Luna». Cine de atracciones y chatarra

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Un estupendo prólogo da paso a un barullo monumental en el que saltan a la vista los desastres del guion de Ehren Kruger. Es una tercera parte caótica, indolente e hinchada, pero tiene algunas de las mejores escenas de acción de la saga.

Décadas después de que Tom Gunning acuñara el término «cine de atracciones» y más de un siglo después de ese cine primitivo al que refería en su tesis, la idea de un cine comprometido con la maravilla del espectador antes que con la narrativa, adquiere su máxima expresión en el éxtasis chatarrero de «Transformers: El lado oscuro de la Luna» (ver tráiler y escenas). La idea es clara: entregarse a los placeres visuales y aumentados por las 3D que proporciona el enésimo vehículo para el espectáculo hiperbólico en la filmografía de Michael Bay, figura siempre discutible, pero innegable en su importancia en el cine comercial de los dos últimos decenios. Está en la esencia del cine esa idea del disfrute primario, también en aquellos televidentes que en 1969 contemplaban pasmados la llegada del hombre a la Luna, gesta que sirve como estimulante punto de partida de esta tercera entrega.

Precisamente, comprende ese prólogo que reinventa el episodio con majestuosidad Bay algunos de los mejores minutos de la saga: la loa patriótica tantas veces reivindicada por su autor reconducida a través de la carrera espacial, la esperanzada clase media norteamericana y las tensiones en el Despacho Oval puntuadas por el archivo documental. El vívido retrato de los sesenta alcanza los momentos más luminosos de una película que pronto se revelará pretendidamente oscura y definitivamente feísta, como una reconsideración del entusiasmo estético de las dos anteriores, quizá más acorde a los orígenes de una franquicia, recordemos, basada en una línea de juguetes. Decía Shia LaBeouf, a propósito de «Transformers: La venganza de los caídos» (Bay, 2009), que aquella primera secuela había sido rodado con buenas dosis de improvisación, debido a la casi total ausencia de guión. Si recordamos la experiencia original de la que parte el fenómeno «Transformers» —un generoso recreo de juegos con robots articulados—, la idea de gigantes metálicos batallando entre sí sin muchas excusas se justificaba por sí sola.

«Transformers: El lado oscuro de la Luna», en cambio, parece necesitar de infinitas excusas para llegar a ese clímax obligado que pasa por un enfrentamiento más grande, más largo entre Autobots y Decepticons. Si LaBeouf señalaba de la anterior entrega esa ausencia de guion, en esta los desastres del libreto de Ehren Kruger pueden inducir a detestar la presencia de este. Regida por la anarquía y el desconcierto pasada la barrera de la primera media hora, y hasta la culminación de la batalla en Chicago, la cinta se ve fatalmente lastrada por una narración indolente y anárquica hasta lo insólito, que da bandazos y muestra nulo interés en justificar sus situaciones, en otorgar un mínimo de consistencia a personajes que aparecen, desaparecen y se reencuentran en puntos varios de la vasta Norteamérica con una felicidad extraordinaria y sin que medien razones o explicaciones. Es decir, brilla la transición narrativa por su casi total anulación, y el caos y desorden se hacen dueños de una ficción que ya sólo se entiende en el circo visual que espera en el último tramo.

Y esa colosal invasión que acumula expectativas, adopta el tenebrismo pero no la contundencia dramática que prometía esta tercera parte como una sucesora acelerada de «La guerra de los mundos». Durante la larguísima conclusión que encumbra la contienda definitiva entre el bien y el mal, el realizador sorprende en su cambio de rumbo en las escenas de acción: queda a un margen la pornografía metálica vía montaje que apuntaba «Transformers: La venganza de los caídos», y se reinventa en planos secuencias que llevan al asombro en el rescate de Sam Witwicky (LaBeouf) y William Lennox (Josh Duhamel) en caída libre, o en la cuidada set piece en que un mecánico pulpo gigante ataca la torre donde se encuentran los protagonistas. Son pasajes monumentales, destellos de acción clarividente y memorable que invitan a reconciliarse con el espectáculo, pero que quedan rápidamente lapidados por la idiotez exacerbada de cada uno de los personajes, por la infinidad de desestructuras e improvisaciones que invitan a imaginar un rodaje tan maquinal y atolondrado como la película en sí. Paradójicamente, sólo la insolencia de Bay es capaz de salvarle de sus propios estragos: en la escena más divertida de esta hinchada continuación, un lastimoso Megatron destroza en el Lincoln Memorial la estatua del presidente y ocupa su sitio para suspirar grandeza e imaginar, por tercera vez, su dominio sobre la Tierra. Quizá, este sí, era el camino más plausible para un nuevo asalto intergaláctico.

Calificación: 4/10


Imágenes de “Transformers: El lado oscuro de la Luna”, película distribuida en España por Paramount Pictures Spain © 2011 Hasbro, Paramount Pictures y Bonaventura Pictures. Todos los derechos reservados.

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