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«Transformers: La venganza de los caídos». La ira de Bay

Críticas

«Transformers: La venganza de los caídos». La ira de Bay

Michael Bay regresa dos años después para destrozar lo poco que quedó en pie tras el primer enfrentamiento entre Decepticons y Autobots. Furiosa por fuera, muerta por dentro, no es una película, es una oda a la chatarra.

Autobots y Decepticons siguen dándose de guantazos en nuestro planeta. Y ya está. “Transformers: La venganza de los caídos” es la culminación del proyecto vital de Michael Bay, el propósito para el que se ha estado preparando desde que iniciara su carrera tras las cámaras grabando a Kerri Kendall para un vídeo de Playboy hace ya veinte años: crear su propio género cinematográfico. No es acción, no es ciencia ficción. Es una película de Michael Bay, la sublimación auto catártica de un hombre al que no se puede calificar de megalómano porque es quedarse corto, un cineasta venido de un mundo paralelo que convierte las producciones destructivas de Roland Emmerich en burdos intentos púberes de acabar con la Tierra, que equipara la capacidad de Skynet para aniquilar la raza humana a la de un vetusto Amstrad CPC 464 de principios de los años 80. Lo esperanzador es que es imposible que pueda crear escuela, porque ningún otro realizador puede tener su capacidad para anular el raciocinio en aras de una hecatombe visual difícilmente asimilable por nuestros arcaicos sistemas oculares.

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El film tiene todo lo que necesita el género Bay: una estética artificial, llena de loas a la hermosura militar, con planos ralentizados en los que los machotes de todos los cuerpos castrenses imaginables pasean mientras la bandera ondea y los tanques y los aviones y los barcos y los helicópteros y los jeeps tornan en poemas materializados al recortar su silueta contra el horizonte; exalta, como no podía ser de otra manera, la belleza física de sus efebos protagonistas, con especial relevancia de la ya de por sí monumental Megan Fox, elevada aquí a los altares de la más absoluta perfección en cada plano, en cada toma, en cada secuencia de estudiada pose permanente. Y claro, la guinda del pastel: explosiones, persecuciones, kilotones de poder adrenalítico concentrado en cada segundo de un metraje en esta ocasión hinchado hasta las dos horas y media para tormento de un palco necesitado de una inyección intravenosa de calmantes desde el instante en el que arranca esta montaña rusa elevada al enésima potencia. Lo cierto es que son elementos todos ellos nada criticables por lo esperable en una propuesta de este calado, y quien se siente a ser vapuleado por este espídico catálogo visual sabe a qué ha de atenerse. Lo que no se puede aceptar es que semejante irresponsable haya dispuesto de un cheque en blanco para rodar una historia carente no ya de sentido, racionalidad y coherencia ─elementos todos ellos forzosamente secundarios en su filmografía─, sino de la más mínima alma, alejada de la emoción intrínseca a una propuesta épica, término que tanto se ha empeñado en asociar a este esperpento.

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Y es que si en su ya de por sí floja predecesora el componente terrícola ─esto es, el reparto de carne y hueso─ tenía algo que decir, funcionando en cierto modo como motor de la trama, en este pomposo homenaje a sí mismo el director, a partir de un guión que parece increíble que venga firmado a seis manos por Ehren Kruger, Robert Orci y Alex Kurtzman, olvida de manera flagrante y absoluta todo lo que no esté generado por ordenador; así, Shia LaBeouf, lo mejor de la primera entrega de la saga, es aquí un triste bufón sumido en un histrionismo desquiciante e innecesario, acompañado de una Megan Fox capaz de sobrevivir a este clímax constante con un poco de hollín en la frente como una consecuencia física, y de un Ramon Rodriguez simpático que al menos arranca alguna carcajada por su entrega a pesar de las escasas posibilidades de su papel. Josh Duhamel y Tyrese Gibson no existen más que para lucir palmito y fusil, y de Kevin Dunn y Julie White ─los exasperantemente liberales e ideales papá y mamá Witwicky─, mejor no hablar. Y por si fuera poco, el gran John Turturro insiste en recuperar a uno de los personajes más humillantes de su carrera, en esta ocasión con más peso en la trama pero idéntica vergüenza ajena en sus resultados.

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En la esquina cibernética, más de lo mismo, con unos fabulosos efectos especiales infartantes que confirman a Industrial Light & Magic como la reina indiscutible en su campo, deleitándonos en esta ocasión con un inabarcable aluvión de transformaciones y mutaciones varias al servicio de máquinas de la más diversa condición a ambos lados de la contienda. Decir que Megatrón subraya su esencia de ninguneado de lujo una vez más a pesar de lo cool que resulta disponer de la voz de Hugo Weaving en la versión original y viene a ser, por méritos propios ─y por palizas recibidas en tiempo récord─, lo que el Doctor Muerte en las aventuras cinematográficas de Los Cuatro Fantásticos: un mega-villano aparente pero segundón. Poco más que destacar ofrece “Transformers: La venganza de los caídos”, ciertamente.  A la espera del tercer capítulo de la trilogía ─que llegará, podemos estar seguros─, lo único que podemos hacer es confiar en que algún alma caritativa le explique a Michael Bay, el hombre que pasará a la historia por tener su propio género, que rodar una película de acción es algo más que devastar, destruir, aplastar, machacar, arruinar y asolar todo lo que se ponga por delante a golpe de talonario. Hay que imprimir vida a lo que se hace, al menos un poco, un poquito, aunque implique rebajarse al nivel emocional de los mortales, tan alejados en la escala evolutiva del titán californiano. Al menos, se resuelve al finalizar la proyección una respuesta a una pregunta reciente. Porque ya sabemos quién llenó de chatarra el mundo que limpia Wall·E. Él. Michael Bay.

Calificación: 3/10

En las imágenes: Fotogramas de “Transformers 2: La venganza de los caídos” © 2009 DreamWorks Pictures, Paramount Pictures, Hasbro y Di Bonaventura Pictures. Distribuida en España por Paramount Pictures Spain. Todos los derechos reservados.

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