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«Un dios salvaje»: Vómitos de mezquindad

Críticas

«Un dios salvaje»: Vómitos de mezquindad

Roman Polanski realiza una disección ácida y tremendamente pesimista. «Un dios salvaje» es una obra menor y sencilla, pero bien construida e interpretada, un auténtico vómito de mezquindad sobre la condición humana.

Una película firmada por Roman Polanski en la que trabajan Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz y John C. Reilly no puede ser una mala elección para ir al cine, ni tampoco una propuesta banal en cuanto a contenidos. Ciertamente, no defrauda «Un dios salvaje» (ver tráiler y escenas), que responde también a las expectativas de ser la adaptación de la obra homónima de Yasmina Reza, y que además lo hace con pulcritud, pues ella misma es coguionista. Ese origen teatral salta a la vista desde el momento en que se respetan las unidades de tiempo, acción y espacio —los lugares cerrados le sirven a Polanski para encarcelar al hombre en su conciencia culpable—, algo que no impide que su puesta en escena sea plenamente cinematográfica y que la planificación busque radiografiar la naturaleza salvaje del individuo y su choque hostil con quien amenaza su opinión o estatus.

Es la historia de unos padres que tratan de resolver amigablemente la pelea de sus hijos, a partir de un encuentro cordial que pronto de convierte en un infierno donde salen a relucir todos los trapos sucios, y donde el respeto y la amabilidad dejan paso a los rencores, reproches e insultos. Basta para ello forzar un poco la paciencia del vecino, tocar lo que tiene por sagrado —un hámster, un móvil, un libro de arte, unos tulipanes— o tomarse una copa de más, y la caja de los truenos se abrirá para mostrar lo que encerraban sus mezquinos corazones y comenzar un concierto para instrumentos desafinados que terminará como el rosario de la aurora. El mismo cartel de la película es ya clarificador de ese desenmascaramiento de las formas para mostrar las distintas caras de nuestra sociedad, al igual que el vómito del personaje de Kate Winslet sirve como imagen gráfica de lo que se quiere transmitir.

Tratándose de una pieza de cámara contada en tiempo real, las interpretaciones se convierten en un factor clave para el éxito de la propuesta. Detrás del resultado final, se adivinan ensayos interminables y un esfuerzo añadido para que la puesta en escena conserve la frescura y la agilidad necesarias para dar rienda suelta a lo más visceral de sus protagonistas. Polanski tiene la suerte de contar con cuatro extraordinarios actores que se entregan completamente a la causa, y que permiten hacer verosímil una evolución que en otros parecería postiza. Sorprende el desgaste físico y emocional al que se somete Jodie Foster en tiempos de histeria, el cinismo que respira el corrupto personaje de Christoph Waltz —el mejor, si hubiera que elegir entre los cuatro—, o la transformación de un conciliador John C. Reilly del que nunca esperaríamos ese lado oscuro, por no hablar de las formas de una Kate Winslet que tiene que ir de lo pulcro y correcto a lo desinhibido en un santiamén.

Al sentarse en la butaca, el espectador puede optar por tomarse en serio este drama y asistir a una demoledora crítica de los cimientos de nuestra civilización occidental y a una visión del hombre como un salvaje ilustrado, o también ver el filme como una comedia sarcástica y reírse a gusto con su humor negro e inteligente. Ambas perspectivas funcionan y son incluso inseparables, y ahí radica la categoría de la cinta y su efecto corrosivo. El director polaco hace gala de oficio y fina ironía con un guión milimétrico y de giros calculados, y logra esconder tras la risa una realidad desoladora, para sacar a la luz toda la hipocresía de una sociedad bienpensante que busca tranquilizar su conciencia —con los hámster o los africanos, que lo mismo da para ellos— mientras algo huele a podrido, que vive de las apariencias y del equilibrio de intereses, y a la que le basta un whisky para desarmar su carcomido esqueleto y ponerlo todo patas arriba.

La disección que hace Polanski es ácida y tremendamente pesimista, y nada queda en pie cuando decide dar rienda suelta a su lengua viperina, con excursos a cuatro bandas que dejan en evidencia a unos individuos vacíos de convicciones y sobrados de apariencias, que se mueven a base de instintos irracionales y para quienes la sinceridad es sinónimo de exabrupto. Son salvajes con una pátina de cultura y educación que no abandonan su pose cínica o moralista —son geniales las miradas y cortantes puyas entre Waltz y Foster, escéptico perdido e idealista perfeccionista— como tampoco la pobreza moral que se esconde bajo la mediocridad o la sofisticación —Reilly y Winslet son ejemplos de ello—.

Sin embargo, también encontramos una aparente ligereza y facilidad para engarzar temas de conversación y discusión, con brillantes diálogos y un ritmo enérgico, agilísimo que no decae en ningún momento ni llega a cansar al espectador. Equilibrio para una obra menor y sencilla pero bien construida e interpretada, convertida en auténtico vómito de mezquindad sobre la condición humana, contemplada entre la risa y la gravedad, y en la que los mayores parecen reservarse la mirada amarga mientras los niños olvidan y siguen con sus juegos.

Calificación: 7/10


Imágenes de «Un dios salvaje», película distribuida en España por Alta Classics © 2011 SBS Productions, Constantin Film Produktion, SPI Film Studio, Versátil Cinema, Zanagar Films y France 2 Cinéma. Todos los derechos reservados.

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