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«Vamos a la Luna»: Moscas de cartón

Críticas

«Vamos a la Luna»: Moscas de cartón

«Vamos a la Luna» está llena de personajes acartonados y de un solo trazo, simplones hasta decir basta. Nunca existe la intención de dirigirse al público infantil con inteligencia o sensibilidad, sólo diálogos que llevan a la vergüenza ajena.

Títulos como «Vamos a la Luna» nos recuerdan, una vez más, por qué las producciones de Pixar siguen siendo las reinas en el terreno de la animación: guiones consistentes; material que apela tanto a su principal target, el público infantil, como a su acompañante, el adulto; renovación constante de temas con la permanente posibilidad del debate, nunca reñida con el deleite más despreocupado; y personajes bien definidos que evolucionan a lo largo de la trama, gracias en parte a su prodigiosa expresividad. Todas aquellas virtudes, precisamente, que no tiene «Vamos a la Luna», nuevo intento europeo de resultar competente en un mercado que nos ha acostumbrado a películas de altísima calidad.

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En esta ocasión los personajes son moscas y la aventura, el viaje del Apolo XI a la Luna. A pesar del prometedor inicio no hay en ningún momento intención de sacar jugo al delicioso contexto de la carrera espacial o la Guerra Fría. Al contrario, se vuelve a optar por un maniqueísmo ridículo hasta en un producto infantil por su absoluta falta de sentido del humor a la hora de retratar la competición entre rusos y americanos (y eso pese a su nacionalidad belga). Pero el problema va más allá de la infantiloide polarización del bien y el mal. El problema es que «Vamos a la Luna» está poblada de personajes acartonados y de un solo trazo, simplones hasta decir basta: la mosca gorda sólo habla de comida, la madre de Nat sólo se desmaya y hay secundarios que te hacen echar de menos a otros secundarios (las larvas gemelas llevan al desespero mientras nos acordamos de las cochinillas de «Bichos»). La mosca protagonista, por cierto, es un joven soñador que quiere superar la mediocridad, como Remy en «Ratatouille», pero incapaz de transmitir un sólo ápice de emoción y/o credibilidad en sus propósitos.

El acartonamiento se extiende por doquier y contagia a una trama pobre, que introduce con urgencia a los antagonistas soviéticos ante la manifiesta falta de ideas. No existe nunca la intención de dirigirse al público infantil con la inteligencia o sensibilidad que hace poco viéramos en «Ponyo en el acantilado», sólo diálogos que en ocasiones llevan a la vergüenza ajena (hay un amor inexplicable por la palabra «guay»). El mejor chiste se encuentra en el título original («Fly me to the Moon») y en la mención a «El señor de las moscas», pero más allá de dos apuntes tan aislados no hay nada en ella que impida olvidarla al instante. Nada que siquiera busque la complicidad adulta, nada que la consolide como sólido entretenimiento para los más pequeños. Como dato curioso y hasta bizarro, al final de la función sale Buzz Aldrin aclarando que no hubo moscas en el viaje del Apolo XI a la Luna. Por si las moscas.

Calificación: 3/10

En las imágenes: Fotogramas de «Vamos a la Luna» – Copyright © 2008 Summit Entertainment, nWave Pictures e Illuminata Pictures. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos reservados.

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