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«Wall Street: El dinero nunca duerme». Avaricia por amor

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«Wall Street: El dinero nunca duerme». Avaricia por amor

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«Wall Street: El dinero nunca duerme» desaprovecha la ocasión de ser una película contundente sobre la crisis. Oliver Stone pone más ahínco en dibujar la redención de Gordon Gekko que en respetar la inquebrantable codicia que le hace memorable.

Sin ser el mejor título en la filmografía de Oliver Stone, «Wall Street» (1987) ofrecía un retrato apasionado de las pugnas y puñaladas entre tiburones del corazón financiero de América. De paso, regalaba a Michael Douglas el personaje más a medida que probablemente haya disfrutado: Gordon Gekko fue, desde entonces, sinónimo de codicia, lo bastante carismático para protagonizar una secuela que llega ahora con oportunismo y como primera continuación en la carrera del director. El gesto, no por repetido, promete menos audacia: el prólogo de esta «Wall Street: El dinero nunca duerme» muestra brillante la reinserción de Gekko en un mundo que ya no le pertenece, esto es, su salida de prisión tras recoger su aparatoso móvil y para descubrir que nadie le espera en el exterior.

Lejos de aprovechar su posición privilegiada de candidata a película contundente sobre la hecatombe financiera de 2008 y sus consecuencias, «Wall Street: El dinero nunca duerme» resuelve el capítulo con la infografía y aparatosidad de un pasaje para centrarse, más allá de este, en los dramas y reconciliaciones de la familia Gekko y alrededores. El esquema de traición, venganza y hundimiento de su antecesora se repite sin mucho entusiasmo y con vocabulario mascado para el iniciado en materia de crisis económicas: sólo la reescritura de escenarios —las informatizadas y ampliadas salas de Wall Street, la disposición de los grandes banqueros en enormes mesas y salas intencionadamente oscuras— revelan una verdadero interés por realizar un corregido y aumentado acorde a los tiempos. No es casual, pues, que algunas de las mejores ideas de la cinta vengan a través de su relación con la primera «Wall Street»: la repetición del This must be the place (Naive melody) de los Talking Heads en los créditos finales —a pesar del hortera brainstorm visual que acompaña— y un agradecidísimo cameo señalan que Stone no olvida los ochenta. Por lo demás, el director de «Platoon» (1986) pone más ahínco en dibujar la redención de Gordon Gekko o sus aptitudes como padre conciliador que en respetar la icónica, inquebrantable codicia que hace memorable su vástago.

Como una de las muchas burbujas que de forma figurada o física aparecen en la película de forma insistente, «Wall Street: El dinero nunca duerme» acaba rompiéndose en un desenlace incomprensiblemente meloso, feliz, más propio del melodrama blando que de un Oliver Stone con el arrojo y el riesgo habituales. Como si, en última instancia, nos hubiera colado una oda a la unidad familiar en lugar de la esquela definitiva del capitalismo y la avaricia.

Calificación: 5/10

En las imágenes: Fotogramas de “Wall Street: El dinero nunca duerme” © 2010 Twentieth Century Fox y Edward R. Pressman Films. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

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