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«Wall Street: El dinero nunca duerme». Pactar con Gekko

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La primera secuela de la carrera de Oliver Stone subraya la progresiva despersonalización de su obra en los últimos años. Gordon Gekko vuelve al ruedo dos décadas después desde un guión ajeno y demasiado deslucido.

Jake Moore (Shia LaBeouf) es un joven y prometedor operador de valores de la consultora financiera Keller Zabel. Todo le va a las mil maravillas, incluido su amor con Winnie (Carey Mulligan), hasta que el feroz sistema capitalista le juega una mala pasada; afortunadamente ─o no─, la crisis coincide con la salida de prisión de Gordon Gekko (Michael Douglas), su suegro inminente. Oliver Stone abandona momentáneamente sus diarios de la revolución bolivariana y cercanías con la primera secuela directa de su carrera, “Wall Street: El dinero nunca duerme”, constatación de que si bien el que tuvo, retuvo, ya no es el cineasta que en su día fue, ni en fondo ni en forma. Porque su trabajo reciente entretiene, pero no satisface.

Y es que la progresiva despersonalización que desprende su obra en los últimos años concreta aquí muchos de sus males, imposibles de esquivar ya desde el errático, fútil, insuficiente libreto firmado a cuatro manos por Allan Loeb y Stephen Schiff, guionistas ambos considerablemente inferiores a él. Así pues, el retorno de Gekko al ruedo, más allá de constatar que la situación de la economía global sigue siendo en su esencia tan deficiente, inmoral y demoledora como lo era dos décadas atrás, carece de la mordiente necesaria para dibujar una crítica ácida, animal incluso, propia del iracundo pero cabal y comprometido genio creativo del director; de hecho, el avance de los acontecimientos tiende más a la broma deslucida ─la salida de prisión del prólogo, el innecesario y pueril cameo de Bud Fox (Charlie Sheen), los simbolismos recurrentes y reiterativos que preñan el metraje─ que a la construcción consciente de un reflejo de los repugnantes y maquiavélicos mecanismos que desde la sombra impulsan el alma económica de nuestro planeta.

Con tan pobre material a su disposición, Stone abandona también el tremebundismo visual de algunos sus mejores trabajos, hincando la rodilla en una puesta en escena sobria que no impulsa la narración más allá de lo estrictamente necesario para avanzar en lo que queda como un desglose tendente a la moralina más disparatada y la condescendencia exculpatoria para con sus personajes; prácticamente todo es impersonal en la película, sensación general a la que contribuye un reparto desacertado en la responsabilidad depositada sobre los hombros de un Shia LaBeouf altamente improbable, una Carey Mulligan extrañamente afectada ─pero efectiva, con todo─ o un elenco secundario caricaturizado en Susan Sarandon, plano en Josh Brolin o forzosamente simpático en el indestructible Eli Wallach. Douglas cumple en cierto modo en la recuperación de uno de sus iconos profesionales, aunque se desinfla presionado por un conjunto herido ya desde su arranque. «Todos tenemos contradicciones», afirma el tiburón en las postrimerías de la historia. Suena más a disculpa metacinematográfica que a epílogo sintáctico.

Calificación: 5/10

En las imágenes: Fotogramas de “Wall Street: El dinero nunca duerme” © 2010 Twentieth Century Fox y Edward R. Pressman Films. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

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