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«War horse (Caballo de batalla)»: El otro Spielberg

Críticas

«War horse (Caballo de batalla)»: El otro Spielberg

En «War horse (Caballo de batalla)», Steven Spielberg consigue una de sus películas más espectaculares, emotivas y arriesgadas. Un cuento con sabor a gran cine y sentimentalismo familiar sin complejos, de un virtuosismo apabullante.

Con «Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio» (Steven Spielberg, 2011), pareciera que el cine de Spielberg hubiera alcanzado nuevos y dudosos pastos: el compromiso del realizador con el cine-espectáculo seguía ahí, pero era como si su adaptación sobre el personaje de Hergé apuntara a un futuro más creyente en las formas y en la posibilidades tecnológicas que en las verdaderas emociones de sus personajes. Dicho de otra manera, la primera de las aventuras del reportero belga era el blockbuster perfecto para un mundo en el que no importara tanto el sentimiento, el alma de aquello que se cuenta sobre la pantalla. «War horse (Caballo de batalla)» (ver tráiler y escenas), su segunda película en poco tiempo, vendría a ser la réplica ideal de aquella: una obra imperfecta y rabiosamente sentimental, familiar y enfática sin complejos, que recuerda que detrás de la cámara sigue el otro Spielberg, el viejo director que conserva todo el entusiasmo y la inocencia de la primera juventud, la fe ciega en la magia de contar historias.

A partir de la celebrada novela de Michael Morpurgo, Spielberg construye una epopeya en la que el caballo del título es protagonista e hilo conductor a través de varios personajes en la Primera Guerra Mundial. En esa fábula, el animal en cuestión saca lo mejor de cada uno de sus dueños y el director descarga todo su amor por historias añejas, con sabor al gran cine de sus admirados maestros, pero al tiempo no tan lejos de ese otro cine pequeño, el que se basta de la amistad entre un caballo y un niño y de cierta pátina sentimental para filtrarse bajo la piel del espectador. Para que nos entendamos, «War horse (Caballo de batalla)» respira en esencia el mismo sentimentalismo que, por ejemplo, «Un caballo llamado Furia» (Caroline Thompson, 1994), pero ahonda en la mirada del cineasta sobre la infancia y entronca con un relato épico, de un virtuosismo apabullante que deja sin aliento en las escenas de las cargas de la caballería o en las trincheras de la Gran Guerra. La fórmula, que en manos de cualquier otro resultaría poco menos que suicida, se justifica por sí misma en un clímax en tierra de nadie, en el que la tozudez de un caballo por sobrevivir a la adversidad se convierte en el milagro espontáneo de la reconciliación, en una secuencia impecable que se erige por derecho propio en una las más extraordinarias de la filmografía de su autor.

Lejos de quedar devorada por sus riesgos —que los tiene, y muchos—, es ésta una película que raya la torpeza sensiblera entre dos amigos —se impone, a veces en exceso, la banda sonora de John Williams— para luego ofrecer la puntilla, elegante y dolorosa, al amor entre dos hermanos. La prodigiosa transición entre una tela que se teje y un campo que se planta o el plano reflejo sobre el ojo del caballo, son otras delicias que elevan la cinta a la categoría de experiencia inmensa que no confunde la filigrana con el capricho. Pero sobre todo, es el fabuloso tramo final el que descubre a un director libre, más libre que nunca, para brindar su versión más humanista, homenajear a sus referentes más queridos y ubicar, al fin, ese horizonte del que un día le habló John Ford.

Calificación: 8/10


Imágenes de «War horse (Caballo de batalla)», película distribuida en España por The Walt Disney Company Spain © 2011 Amblin Entertainment, DreamWorks, Reliance Entertainment y The Kennedy/Marshall Company. Todos los derechos reservados.

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