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Cuando una se halla ante una de esas películas excepcionales que sólo se
dan en contadas oca-siones, como un obsequio supremo caído del cielo –y
ésta es, indudablemente, una de ellas–, se en-cuentra con que las
palabras se le quedan cortas, o se han usado tan indiscriminadamente con
ante-rioridad, que se ha devaluado su pleno significado y ahora resultan
inservibles para trasladar al lenguaje escrito la extraordinaria
impresión que me ha cau-sado este prodigioso film.
El veterano maestro ja-ponés Hayao Miyazaki,
que tiene a sus espaldas trabajos tan ilustres como "La princesa
Monono-ke", "Porco Rosso", "Nausicaä" o "Mi vecino To-toro", se ha
superado a sí mismo llevando hasta lí-mites inimaginables su visión
inquieta, su gran pericia en el oficio y su inago-table capacidad
inventiva. Ha puesto todo su corazón en ello y nos lo ha robado a
nosotros, sin derecho –ni solicitud por nuestra parte– de devolución.
Se hace imposible
–así, tal cual, letra por letra, y con toda la rotundidad que ofrece el
término– encontrar un solo defecto, un solo elemento prescindible o
simplemente mediocre, en esta colosal obra de facturación y calibre
irrepro-chables. "El viaje de Chihiro" es una maravilla genuina,
divertida y chis-peante, donde nada falta y nada sobra, que te obliga a
permanecer con la boca abierta y los ojos como lunas durante sus 122
minutos de dura-ción, tal es su apabullante poder sorpresivo y su
fecunda originalidad.
Se hace igualmente
imposible no caer rendido de soberana admiración ante el en todo momento
iluminadísimo desempeño que han llevado a cabo Miyazaki y su equipo,
producto no sólo de su maestría en los pormenores artísticos y téc-nicos
de la animación, sino de su ingenio, talante y talento creativos en la
fabu-lación de esta arrolladora historia y en el diseño de los
magníficos personajes que la pueblan.
No debo ni quiero
hablarles con demasiado detalle sobre este enérgico derro-che de
imaginación y humanidad antes de que hayan podido verlo por sí mis-mos:
han de disfrutarla y, sobre todo, descubrirla con sus propios sentidos,
sin más. Porque "El viaje de Chihiro" no es simplemente una buena
película; ni si-quiera es la mejor película de la prolífica carrera de
Miyazaki; tampoco esta-mos delante de la mejor cinta animada de los
últimos años. No. Sus proporcio-nes la convierten en la mejor película
–animada o real– que recuerdo haber vis-to en mucho, mucho, muchísimo
tiempo. Irrepetible.
Este portentoso y singular film se inicia cuando una familia integrada
por un padre, una madre y una niña –la Chihiro del título–, se trasladan
en coche hacia la que será su nueva residencia a partir de entonces,
para disgusto de la pequeña. Durante el trayecto, se equivocan de camino
y van a parar a una extraña aldea, aislada en el campo, que parece
abandonada. Por motivos que escapan a su razón, Chihiro se siente
recelosa y asustada en aquel lugar, sin embargo sus padres, cansados y
hambrientos por el largo viaje, deciden explorar el paraje. Guiados por
un apetecible aroma a comida, se detienen en un restaurante en el que no
hay más rastro de vida reciente que unas enormes bandejas con suculentos
y humeantes manjares...
Así comienza este
fantástico periplo que nos introducirá en un mundo mágico como nunca
antes habíamos conocido. A un ritmo delirante que también ofrece
agradecidos remansos para la poesía visual y el intimismo, y con unas
notas de humor simpatiquísimas y muy entrañables, "El viaje de
Chihiro" cuenta las peripecias y vicisitudes de su joven protagonista en
este universo disparatado, habitado por extravagantes y encantadoras
criaturas; tra-yectoria que hará las veces de viaje iniciático, pues le
permitirá madurar como persona, dar un nuevo enfoque y reencontrarse a
sí misma –no en vano, deberá recuperar su verdadero nombre–.
Como ya les
avanzaba en mis entusiastas –y siempre merecidos– halagos sobre este
film, "El viaje de Chihiro" nos depara una sorpresa tras otra, sin
ape-nas ofrecernos una sola tregua para reaccionar. Es una incansable
maratón de ilusiones y quimeras que hace diana en nuestra alma. Aquí
hay espacio para todo –aventura, drama, humor, amistad, amor... –, con
una inusual habi-lidad para la fantasía y una fuerza tan desbordante que
no admite pa-rangón.
Esperemos que los
espectadores ocasionales de películas animadas no le hagan feos a esta
joya de la corona por el simple hecho de no ser una cinta de acción
real. El Oso de Oro ex
aequo en Berlín no fue gratuito. Merecería todos los honores y laureles
habidos y por haber. Una aventura enorme, incompara-ble, definitiva; la
obra maestra de unas mentes tan superlativas que no pueden pertenecer a
este mundo. Saboréenla segundo a segundo, fotograma a fo-tograma,
porque no querrán que se acabe nunca. Y cuando llegue a su fi-nal,
añorarán la oportunidad de destapar por primera vez este impagable
regalo para el espíritu. Pluscuamperfecta. GRACIAS HAYAO MIYAZAKI.
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