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A pesar del reciente «boom» de la animación ja-ponesa en Occidente,
todavía existe cierto sector del público que, acostumbrado a la
espectaculari-dad y a la exagerada candidez de los dibujos ani-mados de
Disney, teme acercarse a un tipo de ci-ne que equivocadamente asocia al
sexo y a la vio-lencia. El «anime» no es algo uniforme y monote-mático,
sino que presenta variadas vertientes, por lo que confundir a Goku con
Pokémon o a Ranma con Kaneda sólo puede significar dos cosas: o uno es
un verdadero ignorante en la materia (nada hay que objetar a esto,
pues... ¿hay alguien que nazca aprendido?), o, lo verdaderamente
lamentable, es-coge de forma sesgada ciertos contenidos de de-terminados
«anime» para luego despotricar contra ellos sin ver siquiera la obra
completa o, peor aún, sin tener intención alguna de comprenderla. Por
ello, los importantísimos premios que ha obtenido "El Viaje de Chihiro"
pueden ser un estupendo aliciente para que un gran número de personas se
acerquen sin te-mor a esta película y se maravillen con
una fábula mágica y tierna que, de paso, sirve para que tengamos
un poco más presente la atractiva cultura japo-nesa.
Y es que "El Viaje de Chihiro" es una deslum-brante epopeya en la que
una niña se ve inmersa en un mundo de fantasía al que pronto habrá de
acostumbrarse. Sus padres, transformados en cerdos por invadir un
recinto exclusivo de dioses y espíritus, no la podrán ayudar a superar
un reto que desborda cualquier irrealidad que alguna vez ella haya
podido dibujar en su imaginación. Como si fuera un hermano gemelo de la
protagonista, el espectador va introduciéndose poco a poco en la
peculiar casa de baños que forzosamente se convertirá en el nuevo hogar
de la pequeña. Ante nuestros ojos y ante los de ella irán desfilando una
serie de estrafalarios personajes que provocarán un sinfín de
situaciones; el llanto, la amistad, el amor, la comedia, todos ellos
elementos que se suceden a través de hermosas estampas que, sin prisas,
se cobijan bajo una trama de una compleja sencillez. Semejante oxímoron
se explica porque, a pesar de la densidad de algunas de las pro-puestas
planteadas (las historias de fantasmas o la importancia de lo espiritual
en nuestras vidas no son temas que abunden en el cine actual), la
naturalidad es la característica que mejor describiría el desarrollo de
un argumento como el de "El Viaje de Chihiro".
Sin necesidad de demasiadas explicaciones, uno enseguida comprende el
sentido (o mejor di-cho, los sentidos) que
Hayao Miyazaki ha queri-do darle a su obra. El sentimiento de
desprotec-ción que ahoga a Chihiro al sabérselas sin el cálido amparo de
sus padres, pronto se disipa cuando la pequeña Sen va ganándose el
respeto y el cariño de los seres que pueblan la casa de baños. La
tolerancia, cualidad que ya desprendía el anterior trabajo del director,
"La Princesa Mononoke", se descubre con fuer-za según avanza la cinta.
El afán materialista de los trabajadores de Yubaba, que se vuelven
codiciosos cuando ven un poco de oro, se derrumba ante lo
ver-daderamente importante: el amor, un afecto que, por ejemplo, será el
que en verdad logre apaciguar la ansiedad del dios Sin Cara. Y la
amistad, represen-tada primordialmente en el personaje de Haku, único
habitante del lugar dis-puesto a socorrer a Chihiro en su nostalgia,
encontrará una inesperada corres-pondencia cuando la niña ponga todo su
empeño en salvar la vida de aquél que supo comprenderla desde un
principio.
Es difícil, pues,
describir las bondades de una película tan peculiar como és-ta. Puede
que para algunos no tenga ni pies ni cabeza, y puede que otros
sim-plemente la alaben porque ha ganado un importante premio en un
reconocido festival (seguro que los mismos que despreciaron a "La
Princesa Mononoke" ahora se rinden ante las virtudes de "El Viaje de
Chihiro"). Sin embargo, les aseguro que aquellos que en verdad
deseen ser cautivados por la be-lleza de una purificada utopía o por un
afectivo cuento repleto de las más variadas emociones, saldrán
fascinados del cine tras ver esta pelí-cula.
Hermosa y dulce, la banda sonora de Joe
Hi-saishi es en parte responsable de la sensación de
recogimiento que nos invade al visionar "El Viaje de Chihiro". Fiel a su
estilo (su música evo-ca a otras de sus composiciones pasadas), el au-tor
japonés subraya con brillantez algunos de los mejores momentos del filme
(la presentación de Chihiro y sus padres, la llegada a la casa de ba-ños,
los primeros trabajos que ha de realizar la ni-ña). Es una partitura que,
aunque en puntuales ocasiones sobrepasa a las imá-genes, durante la mayor
parte del metraje las acompaña con perfección, tal y como se puede
comprobar en el precioso poema visual que contemplamos cuando Sen y sus
nuevos amigos cogen el tren que los llevará hasta el hogar de Zeniba, la
hermana gemela de Yubaba. La melancolía de este pasaje ape-nas puede ser
descrita con palabras, es algo que hay que ver y escuchar...
En definitiva,
viajar con Chihiro significa perderse en los frondosos bosques de magia
que Miyazaki mece con su cálido aliento, nadar en las límpidas aguas que
se mueven al compás de las olas que animan los artistas de Ghibli o
volar en libertad junto a las notas de un piano con las que Hisaishi
cubre los cielos de una tierra de ensoñación. Es una extraña experiencia
que nos recuerda cuán importante es la imaginación humana para saciar
nuestras inquie-tudes más quiméricas, aquellas que desgraciadamente
muchos han de-jado atrás, allá en su lejana infancia...
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