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Cuando esta película se alzó con el Oso de Oro del Festival de Berlín,
fue curioso comprobar que muchos periodistas acreditados en aquella 52ª
edi-ción del Festival no la habían visto o la habían mi-nusvalorado en
una primera proyección. El mundo de la animación, como el de la fantasía
y el del te-rror y en mucha menor medida el de la ciencia-ficción, sigue
siendo considerado aún hoy (des-pués de haber ofrecido al mundo de la
cultura una cantidad considerable de obras maestras) un géne-ro menor,
cuando no directamente infantil, por quie-nes parecen tener cierta
dificultad para hacer volar su imaginación y su capacidad fabuladora o
para reconocer que un objeto inanimado (término nunca peor utilizado)
les pueda emocionar y ya no digamos hacerles crecer en algún aspecto
como personas.
Sería absurdo descubrir aquí las maravillas de
Hayao Miyazaki, pues "El viaje de Chihiro" no es más
que la culminación (por el momento) de una obra cinematográfica
extraordinaria-mente sólida y de gran valor humanístico, co-mo pocas
veces se ha dado en la historia del cine. De hecho, para buscar
referentes a su altura moral, con una mirada limpia capaz de cautivar a
todas las audiencias, habría que citar a artistas como Charles Chaplin o
Yasujiro Ozu, sin olvidar la épica y la lírica de Kenji Mizoguchi y de
Jean Renoir, que se rastrea con facilidad también en el cine de este
autor: palabras mayores. Pero no sería justo entrar en comparaciones,
pues si en algo destaca Miyazaki es por su envidiable rigor artístico,
persona-lidad y sentido del compromiso con el medio en el que trabaja y
con su audien-cia. En este sentido, resulta evidente señalar que en toda
su filmografía (hasta en los trabajos más puntuales o de encargo) están
claramente marcados sus rasgos de estilo (dentro de su amplio espectro
de intereses), dándose todos cita aquí en una obra compendio de todas
las anteriores.
Bien es cierto que
el film con el que guarda más similitudes es "Mi vecino Totoro", tanto
en su argumento (de hecho esta cinta parece el reverso futuro y
desencantado de aquélla), como en su forma de abordar el proceso de
cono-cimiento, madurez y adquisición de valores entre los jóvenes
(sector en el que hoy en día cualquier valor heredado anda más de capa
caída que nunca). Como insiste en señalar el propio Miyazaki, él hace
películas para niños que, no por casualidad, se convierten en la mejor
lección y la más hermosa válvula de es-cape hacia los terrenos puros e
ingobernables de la fantasía para el público adulto.
Podríamos también apuntar que la trama pasa por ser una versión muy
libre de las aventuras de la Alicia de Lewis Carroll, mezclada con una
bue-na ración de mitos y leyendas asiáticas (muchos creados ex profeso
para este film por el propio Miyazaki) y adornada por la animación más
her-mosa, la línea más diáfana y los colores más puros que ha dado este
medio en años, pero bas-te con recalcar que cuando uno ve un
film de Miyazaki desea de inmediato ver todos los demás y que en ese
sentido "El viaje de Chihiro" supone la mejor manera de enamorarse de
este director.
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