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Fue la sorpresa del Festival de Berlín de 2002: el silencio de
estupefacción que llenó la sala de pren-sa cuando se anunció que la
ganadora del Oso de Oro era “El viaje de Chihiro” no fue debido a la
dis-conformidad de los medios con el dictamen, sino a lo inesperado de
que una película de animación ja-ponesa fuera recompensada con un
galardón de tal calibre. Una cinta que muchos sacrificamos en su momento
por la presentación de “Ocho
mujeres” con Catherine Deneuve y que dejó distantes nues-tras
posteriores crónicas sobre el palmarés. A día de hoy, cuando podemos
finalmente recuperar este filme, comprobamos con mea culpa cómo prejuz-gamos una de las propuestas más originales,
ima-ginativas y arriesgadas que se presentaron en el certamen; que la
decisión de Mira Nair no tenía nada de descabellada y que era un premio
a la revolución total de los esquemas del cine de animación en
particular, pero también del concepto del séptimo arte en general.
Antes que nada, hay que avisar al espectador más desprevenido de que “El
viaje de Chihiro” no es una película para niños o, por lo menos, no para
niños occidentales. Para sí quisieran la ma-yoría de las producciones
cinematográficas la complejidad temática de esta historia, el exce-lente
desarrollo del horror fantástico del que goza la película de
Miyazaki,
pero la desbordante imaginación de este gurú de la
animación japonesa recorre pasajes oníricos que van desde la alucinación
paradi-síaca y deslumbrante a las más retorcidas situaciones dignas de
la pesadilla kafkiana, por
buscar una aproximación cercana. La diversidad de escenarios llenos de
matices y referencias religiosas, la cantidad de persona-jes imaginarios
con personalidad propia, el desarrollo de toda una forma de vida y una
mitología de marcados rasgos orientales son lanzados con ametralladora
sobre un espectador que, hablando en líneas generales, no va a estar
acostum-brado a un delirio local tan monumentalmente bien construido.
Porque, por su denominación de origen tan remota, hay algo en “El viaje
de Chihiro” que hace que sólo podamos intuir la magnificencia de su
contenido, de sus referencias y su mensaje global, algo que hace
imposible que, como en Japón, esta película sea considerada de público
mayoritario. Porque ni adultos ni niños van a en-tender en su totalidad
ese camino épico de Chihiro para salvar a sus padres plagado de
dragones, espíritus, dioses y animales fabulosos.
El poder de fascinación que se
transmite du-rante la proyección por su exotismo, por su con-traste con
lo que es el cine de animación que vemos habitualmente, por su capacidad
de dejar-nos boquiabiertos a cada cambio de escenario, pero no por un
conocimiento profundo de lo que estamos presenciando. Y así, resulta
impensable vaticinar para el público español un éxito como el conseguido
en su país, donde ha pulverizado con rapidez el récord del mismísimo
“Titanic”. Por su extensión de dos horas, por obviar explicaciones
absolutamente necesarias para el público occidental, la
película tiene un aura críptica, un hechizo embriagador que la
con-vierte en un potencial clásico del cine de culto, en una fantasía
insólita y seductora, en una
producción brillante y llena del mejor talento de Miyazaki. Un viaje
psicotrópico al precio de una entrada de cine y sin efectos secundarios
que se convierte, con potentísima personalidad, en una muy recomendable
op-ción cinematográfica.
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