CRÍTICA por
Mateo
Sancho Cardiel
Aturdido, desconcertado. Así es
como me encontraba después de ver una de
las películas más complejas, demoledoras y
afiladas que se han visto en los últimos años.
Y con eso no quiero decir que sea una de calidad
extrema, pero sus contenidos son lo
suficientemente contundentes como para quedar por
encima de un filme realizado con corrección,
pero con sus defectos.
"American
Psycho" para
mí, si bien me gustaría disfrutar de un segundo
visionado, no estuvo a la altura de lo que
esperaba, que, también es verdad, era mucho. El
principio es muy bueno: los platos de los buenos
restaurantes, que se convertirán en una
constante en el resto del metraje, excelentemente
presentados pero que apenas traen comida no son
más que una metáfora de la sociedad que la
película retrata. La sustentada en las
apariencias, pero esta vez no en la mediocridad
de "American Beauty", sino en el lujo de
aquellos yuppies de los ochenta, que aún cuentan
con bastantes supervivientes en la actualidad,
derrochando el tiempo en banalidades para no
encontrarse frente a frente con demasiados
vacíos existenciales. Pero el guión entra
demasiado fuerte con este tema y se hace
demasiado caricaturesco, forzado. A
continuación, empieza lo que más se ha
promocionado: el derramamiento de sangre que,
afortunadamente, se hace de manera bastante
elíptica, pero que en ciertos momentos se llega
a hacer algo repetitivo.
Y, ahora sí, se me acaban las
pegas. Porque lo cierto es que "American
Psycho" es, desde los tiempos de "Psicosis", el retrato más
exhaustivo de la mente retorcida y enfermiza del
tan tipificado serial killer.
Un personaje complejísimo porque, además de su
interesante historia, encuentra su mayor valor en
que no pretende ser una persona como tal, sino el
retrato, con cara y con cruz, de la naturaleza
humana más salvaje, con deseos y sin
escrúpulos. Esto y mucho más es Patrick
Bateman, un hombre que está cobrando un dineral
por no hacer absolutamente nada, con espíritu de
tiburón de las finanzas, capaz de todo por tener
una imagen impecable, desde el acto más simple
hasta el más extremo paroxismo.
El guión va cobrando fuerza
a medida que avanza la película hasta que,
concluyendo, puede sacársele comentarios
puramente filosóficos y frases para enmarcar por
su extraordinaria capacidad de síntesis.
Los decorados son áureos, impolutos,
perfectamente higiénicos, mientras que el
vestuario es todo un desfile de la moda más
sofisticada y la fotografía, muy conseguida a
base de contrastes. En conjunto, forman una
estítica fría pero apasionante,
también muy significativa de lo que se cuece en
la mente del protagonista. Las escenas de
violencia, pese a toda la sangre, así como las
de sexo, están también rodadas con muchísima
sobriedad y estilo, de nuevo representativos del
mero divertimiento, sin ninguno recargo moral,
sino más bien como exaltación egocentrista de
Bateman, que para él representa este truculento
ritual. Estas secuencias, pese a que como ya he
dicho no muestran en sí nada, resultan
extremadamente duras, pues no es lo que se ve
sino lo que se está diciendo lo que tiene mayor
impacto sobre el espectador.
Para encarnar este complejísimo
personaje, lejos del bochorno que se imagina uno
si la elección final hubiera sido Leonardo
DiCaprio, Christian
Bale
está soberbio, si la película fuera
más complaciente para todos los sectores del
público, yo diría que de Oscar. Pero el
espléndido actor, una vez superado su paso a la
edad adulta, ha preferido levantar ampollas a
cambio de los encantos de este psicópata brutal
a la vez que vulnerable, en cierta manera
víctima de la superficialidad de su entorno.
Bale transmite todos los matices de una mente
compleja en una simple expresión facial:
ambición, locura, compasión y también
ternura... prácticamente todos los registros son
abarcados por este personaje bombón. Además, es
loable su trabajo físico, pues también
requería explotar todo su atractivo para
resultar todavía más turbador.
En definitiva, esta película es de
todo menos convencional. Una nueva experiencia
cinematográfica que no dejará indiferente a
nadie y que requiere un periodo para asentar las
ideas, del que todavía no he salido. Pero, sobre
todo, es un filme inteligente, que realmente se
molesta en mandar un mensaje y se compromete
llegando con él hasta el final. Aunque no
recomendable para personas demasiado sensibles,
es una película que debe figurar, por un sentido
o por otro, entre lo más destacado, por
lo menos, de este año, que nadie con un poco de
inquietud cinematográfica se debería perder.
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