CRÍTICA por
Mateo
Sancho Cardiel
Lars Von Trier se ha dado cuenta de que, pese a que
su experimento del Dogma ha salido más que bien,
la magia del cine está para utilizarla.
Evidentemente no ha hecho una superproducción de
Hollywood, pero ha recurrido a las técnicas que
siempre han estado al servicio del séptimo arte
y que, usadas con moderación, han dado lugar a
sus dos obras maestras. Porque hay muchos puntos
en común entre su consagración "Rompiendo
las Olas"
y esta maravillosa historia trágica que
es "Bailar en la oscuridad".
Tres minutos con la
pantalla sin imágenes, tan sólo con la música
de Björk, nos introducen una película que
es de todo menos convencional. Un
homenaje que se hace a la música como método de
evasión, como punto en común para todo el mundo
y como parte necesaria de nuestras vidas, y
también del cine.
Enlazando con
"Rompiendo las Olas", volvemos a
encontrarnos con un planteamiento que me da mucho
que pensar. ¿Son el infantilismo y la
ingenuidad, o tal vez la locura, las únicas
alternativas para conseguir la felicidad? Tal vez
estemos en un mundo en el que uno ha de ser
ciego, y para el resto del mundo enfermo mental,
para poder dejar aparte toda la corrupción, el
egoísmo y la crueldad que existe a nuestro
alrededor. Coreografiar la vida más oscura y
llenarla de color. Eso es lo que hace Selma en
"Bailar en la oscuridad" y a su manera
la Jess de "Rompiendo las olas". Selma
tiene una vida llena de desgracias: trabaja en
una fábrica que volvería loco a cualquiera con
su ruido infernal, su vista está cada vez peor y
tiene un hijo que tiene el mismo problema. Para
colmo, toda la bondad que desprende es
aprovechada por sus prójimos para su propio
beneficio y, si es posible, para destrozarla a
ella. Y pese a todo, Selma es feliz, sigue con su
vida y sigue también soñando despierta. Porque
los sueños son exclusivos de cada uno, y nadie
te puede robar el derecho a tenerlos.
Pero lo que es
exclusivo de "Bailar en la oscuridad",
dentro de la carrera de Von Trier, es el preciosísimo
retrato del amor materno, algo que no se
puede entender hasta que se vive, pero de lo que
que esta película ofrece una visión que parece
extremadamente real. Cómo una madre llega un
momento en que sólo vive para su gran obra, a la
que siempre va a amar incondicionalmente y que,
aunque es muy satisfactorio verla crecer,
también te expone de manera abierta al dolor y
al sufrimiento (¿es el egoísmo creciente en
nuestra sociedad lo que desciende la natalidad?).
Pero es un amor mucho más grande que la misma
vida, y parece que realmente merece la pena.
 Gran parte del
mérito de que esta película sea la mejor de su
director es debido a que a su talento se ha
juntado otro en estado puro: el de la cantante,
compositora y ahora también magnífica
actriz, Björk, aunque ésta sea su
última película. Su rostro es la quintaesencia
de la inocencia, la expresividad y el candor. Su
interpretación es emotiva, desgarradora... no
tengo palabras para ella, pero el Oscar se
empieza a quedar sin alternativas. Junto a ella
parecen meramente correctas las interpretaciones
de Catherine Deneuve o Jean Marc
Barr.
En definitiva,
"Bailar en la oscuridad" va camino de
convertirse en uno de los títulos clave de fin o
principio de milenio, como uno quiera, pero, en
cualquier caso, en una de las grandes
obras maestras del cine de gran contenido humano.
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