CRÍTICA por Raúl
S. Pedraz
Cine
elevado
Los milagros no existen. Y de existir,
serían consecuencia directa de esa fe ciega que
desemboca en devoción absoluta hacia una figura
de imprecisa naturaleza, que supera las
limitaciones del hombre e interviene, por tanto,
en el mundo de los mortales. Pues bien, desde
esta concepción de lo milagroso emerge Dancer
in the dark como prodigio artístico
de deslumbrante genialidad e insoportable dolor.
Así es. Lars von Trier ya avisaba
cuando esclavizó a Bess a un viaje sin retorno
físico por unas olas que rompían con furia ante
sus sobrecogedores gritos. Pero ahora, y cerrando
la Trilogía del Corazón de Oro, el
director danés nos somete a la visión de Selma,
emigrante checoslovaca enamorada de los viejos
musicales americanos y dueña de un drama en
forma de secreto. Selma, madre de un hijo, padece
una ceguera congénita, de irremediable efecto
para ella pero de posible salvación para su
descendiente. Es entonces cuando comprendemos que
su hijo es lo que Bess tenía en su marido y
Karen en sus idiotizados compañeros: el porqué
de su autoinmolada existencia. Una razón por la
que sufrir más allá de explicaciones racionales
y que transforman, por medio del sacrificio, lo
humano en deidad.
 Al igual que sus predecesoras, Selma
se entrega en cuerpo, alma y espíritu para
salvar de las tinieblas a su hijo. Al mismo
tiempo, la demoledora batuta del genio Von Trier
hace que su vida, calmosa hasta el momento, se
quiebre definitivamente cuando tropiece con la
muerte. Es entonces cuando todo converge: el
escalofriante y visionario melodrama, la
insultante osadía de su propuesta formal, la
coexistencia de recursos contradictorios, el ego
de Von Trier bebiendo de la fuente dreyeriana
y la impagable entrega de Björk
para hacer de Selma no un personaje a
interpretar, sino una piel que encarnar. Una piel
azorada por su creador, desgarrada por su destino
y maltratada por la vida. Björk no interpreta,
padece. Y nosotros con ella.
Dancer in the dark
evoluciona al ritmo marcado por Björk, autora de
una banda sonora que une atrozmente drama y
melodía en su tercio final, y que tiene en los
acordes de Ive seen it all y de 107
steps las claves para comprender lo que
estamos presenciando, el nacimiento de un nuevo
ángel al que la cámara acompaña desde su
cegada obertura. Ella, Selma, proyecta en su
escenario vital lo que dicta su corazón:
musicales al ritmo de los ruidos de la vida.
Ella, la vida, responde sin piedad.
Si el cine muriese hoy, Dancer in
the dark proyectaría las últimas imágenes
capaces de obrar el milagro de la resurrección
del alma a través de una propuesta que reinventa
la gramática con la que se escriben sus
arrebatadoras escenas. Y es que esta colisión de
genios ha creado un cine elevado, cine que atrapa
lo milagroso hasta hacerlo suyo. Entonces, y con
cegadora maestría, nos lo arrojan al cuello sin
que seamos capaces de verlo.
Calificación:
5 sobre 5
Imágenes de Bailar en la oscuridad
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