CRÍTICA por
Mateo
Sancho Cardiel
La
sutileza de un gran maestro
Hay ocasiones, sobre todo en los
Oscar, en las que se otorga el premio al mejor
director como comparsa del de mejor película.
Sin embargo, he aquí una ferviente muestra de lo
que es un premio, el Oso de Plata, bien merecido
para un director que apabulla a lo largo de toda
su película con su extraordinario talento en sus
labores tras la cámara.
Zhang
Yimou
es el alma de esta película. Partiendo de un
guión interesante pero algo convencional, el
director aporta toda su sabiduría para dotar a
cada escena de una belleza, de un lirismo, de una
sutileza, de un sentimiento implícito, que
convierte esa historia de amor en una frágil
estatua de cristal que se puede romper a la
mínima brusquedad. Es increíble cómo
hay escenas que, gracias al tacto del director
oriental, se hacen magníficamente expresivas
cuando podrían haber caído en el más absoluto
folletín, en el ridículo, en la cursilería y
la exageración de los mismísimos culebrones
venezolanos.
Es una historia de amor juvenil,
llena de matices, de buenas intenciones. Cómo
hacer un arte de la ilusión, cómo hacer de un
detalle un mundo entero de fantasía, el motivo
para mantener la felicidad de varias horas. Todo
ese flirteo casi infantil queda reflejado con una
ternura extrema en Camino
a Casa,
una preciosa película de ritmo lento, pero firme
y sensual. Una obra de arte que nos demuestra
cuán elocuentes pueden llegar a ser los
silencios en el cine.
Yimou utiliza el flashback de manera
muy original. En lugar de utilizar el color para
el presente y el blanco y negro para el pasado,
invierte la situación. El presente, dominado por
la cercanía de la muerte, es lo átono, lo
deprimente. Pero todos esos recuerdos llenos de
pasión, de felicidad, están cargados de luz y
de color. ¡Y vaya empleo de estos dos elementos!
Esto es cine como arte: la perfecta combinación
de la fotografía, la plena significación de los
colores vivos, la iluminación del Sol a lo largo
de todas las estaciones y cómo el amor y el
estado anímico influyen en todo lo anterior. Una
verdadera maravilla visual que cuenta
además con unos espléndidos exteriores, que no
están para nada desligados de la historia. Es
por eso que la parte en color es la que realmente
encandila al espectador, y, en la última parte,
el retorno al presente, se pierde un poco esa
extraordinaria calidad, aunque sigue siendo una
buena muestra de cine.
Las interpretaciones son
también muy buenas. Sin ellas,
posiblemente tampoco se habría podido expresar
esa relación basada en las miradas, en las
sonrisas y en la trémula presencia. Porque la
timidez es el símbolo de la inocencia en el
amor, y aquí es explotada como el colmo del
romanticismo.
En definitiva, es ésta una
preciosidad de película, que, aunque quizá es
demasiado pronto para decirlo, permanecerá en la
memoria del espectador como uno de esos filmes
encantadores, uno de esos recuerdos dulcísimos
que justifican el cine como parte inapelablemente
ligada a nuestra propia vida.
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