CRÍTICA
por
Josep
Alemany
HOCKNEY
+ GÉNERO NEGRO
Decir David Hockney es decir piscinas.
Californianas, por supuesto. Colores brillantes,
superficies reflectoras, juegos de agua y luz. En
esta serie de cuadros, Hockney despliega un gusto
refinado de la calidad pictórica, lo que le
distingue de los hiperrealistas americanos.
La
última película de Steven Soderbergh estrenada entre nosotros
(fue rodada antes que Erin
Brockovich)
mezcla el universo de Hockney con el género
negro. Una mezcla explosiva. Y, en este caso,
fructífera.
El
halcón inglés se basa en los choques, los
contrastes de espacio y de tiempo. Un inglés en
la corte californiana. El presente y los años
sesenta. La apariencia y los trapos sucios. Los
bajos fondos y el triunfo capitalista.
Veamos, en el último ejemplo, cómo nos
deslizamos de uno a otro. Tras haberse paseado
por un almacén destartalado, hasta arrastrarse
por los suelos, la cámara vuela hacia arriba,
hacia el cielo, y de repente surge la piscina, en
medio de una luz crepuscular, reforzada por la
iluminación artificial. Acto seguido una sirena
se zambulle en el agua.
Soderbergh explorará el espacio
alrededor de la piscina en todas direcciones. Y
con gran profundidad de campo, porque a través
de los ventanales se puede ver las colinas, el
mar, la piscina y también cómo Wilson (Terence
Stamp) se
quita de encima a un guardaespaldas de doscientos
kilos. Luego, en un vertiginoso picado vertical,
lo divisaremos al fondo del precipicio. El primer
fiambre que aparece junto a la piscina de Terry
Valentine (Peter Fonda). Pero éste guarda alguno más en
el armario, de acuerdo con la fórmula utilizada
por el director: Hockney + género negro. Es
decir, piscinas + cadáveres.
LOS AÑOS SESENTA
Y SU DESTINO
Contrastes y exploración
del espacio. También del tiempo. Los
acontecimientos escapan a la cronología lineal,
se ordenan o desordenan de forma
fragmentada. Muy años sesenta. Aunque
ante semejante modo de narrar todo el mundo,
incluso Soderbergh, cite a Resnais, El halcón inglés queda
más cerca de Boorman (A
quemarropa)
y Losey (Accidente, El
mensajero),
porque en ambos cineastas, a diferencia de
Resnais, las innovaciones se integraban en un
sólido entramado, sus películas no se
deshilvanaban.
La
movida de los sesenta, junto con el destino de
sus protagonistas, constituye uno de los ejes de
El halcón inglés. Soderbergh juega hábilmente
con la imagen que en aquella época ofrecían los
actores. Inserta extractos de Poor Cow, de Ken Loach (1967), con Terence Stamp,
mientras que Peter Fonda cuenta anécdotas que
evocan al Captain America buscando su destino a
lomos de una moto en Easy Rider (1969).
¿Se puede rendir homenaje
al espíritu inquieto de los sesenta con una
estética convencional? Soderbergh cree que no.
De ahí que abunden los ecos de A quemarropa
(1967), obra muy representativa de
aquellos años: un laberinto complejo de
flash-backs y flash-forwards, un protagonista al
principio monolítico cuyos fragmentos de memoria
nos descubren poco a poco sus rasgos vulnerables.
También coinciden la inicial del apellido
(Walker en Boorman, Wilson en Soderbergh), el
cabello blanco, el modo de andar decidido. Y la
procedencia inglesa: en A quemarropa el director,
aquí el protagonista y el actor. (Por cierto,
también Hockney es inglés.) A la imagen
obsesiva de Walker caminando rectilíneo por un
pasillo anónimo, le corresponde la de Wilson
andando de izquierda a derecha delante de un
edificio impersonal de obra vista. Dichas escenas
cargan la tensión que explotará acto seguido.
Wilson,
nada más salir de la cárcel tras nueve años de
encierro, va a Los Angeles con objeto de
investigar las extrañas circunstancias que
rodearon la muerte «accidental» de su hija
Jenny y vengarla. Las pesquisas lo llevan a
seguir las huellas del ex-marido de Jenny, Terry
Valentine, un productor de música pop («aquí
decimos rock and roll», puntualiza Elaine). No
ha creado nada, se ha apropiado de los sueños de
los demás y los ha convertido en dinero. De
hippie a yuppie. Ha vivido un proceso de
corrupción y ahora se dedica a turbios negocios,
con la ayuda de un especialista en blanquear
trapos sucios. El espíritu de los sesenta no
sigue vivo entre sus explotadores y
representantes oficiales, sino entre quienes
entroncan con su empuje creador, como hace
Soderbergh.
Wilson quiere, ante todo, conocer la
verdad sobre la muerte de su hija. Verdad
ocultada por Valentine detrás de un muro de
guardaespaldas. Wilson deberá recorrer un largo
camino para acceder a ella. Una vez en Big Sur,
aún tendrá que descender por una escarpada
escalera que conduce a la playa, como si tomara
un pasaje secreto hacia un lugar iniciático.
Allí consigue penetrar en el santuario, en el
rincón más secreto de Valentine: sus recuerdos.
Wilson comprende que, en cierta medida, él
también es responsable de lo que le ha ocurrido
a su hija. El conocer la verdad supone una
experiencia dolorosa que lo transforma. Incluso
lo libera del odio y del deseo de matar a
Valentine. Fin de la investigación y del viaje.
Ahora ya puede terminar la película.
EL ACTOR ES LA
ESTRELLA
Soderbergh
se adentró por primera vez en el género negro
con Bajos fondos (1995), excelente nueva
versión de El abrazo de la muerte, de Robert
Siodmak. Luego
vino Un romance muy peligroso (1998), película notable,
amortiguada, sin embargo, por unos esquemas
demasiado convencionales, empezando por el
reparto. El halcón inglés (1999) es la
tercera incursión de Soderbergh en el género
negro. Y la más lograda. Gracias a la calidad
visual que consigue mediante un trabajo incisivo
y brillante (a fin de cuentas, el argumento es
una historia de venganza muy sencilla). Y
gracias, sobre todo, a Terence Stamp. Su
inteligencia y elegancia, con toques de dandismo made
in England, le confieren un aire distante,
ideal para el papel de extranjero procedente de
otro mundo. No desea integrarse y le trae sin
cuidado la impresión que produce. Precisamente
el título original The Limey
significa, en argot, «el inglés» a secas, sin
ningún «halcón». Dicha ave la habrá añadido
algún aficionado a la cetrería.
Terence Stamp se convierte en el
atractivo principal. Igual que Jeremy Irons en Kafka,
la verdad oculta (1992). Dos actores ingleses. Y el
mismo guionista: Lem Dobbs. El resultado han sido las
dos mejores películas de Soderbergh. A mi
juicio, por supuesto. Quienes no estén de
acuerdo conmigo me concederán, por lo menos, que
se trata de las dos películas de Soderbergh que
más se alejan de los caminos trillados.
Imágenes de El Halcón Inglés -
Copyright © 1999
Artisan Entertainment. Fotos:
Bob
Marshak.
Todos los
derechos reservados.
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