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EL HALCÓN INGLÉS
(The limey)


cartel Dirección: Steven Soderbergh.
País:
USA.
Año: 1999.
Duración: 90 min.
Interpretación: Terence Stamp (Wilson), Peter Fonda (Terry Valentine), Lesley Ann Warren (Elaine), Luis Guzmán (Ed), Barry Newman (Avery), Joe Dallesandro (tío John), Amelia Heinle (Adhara), Nicky Katt (Stacy), Melissa George (Jennifer).
Producción: John Hardy y Scott Kramer.
Guión: Lem Dobbs.
Fotografía: Ed Lachman.
Música: Cliff Martinez.
Montaje: Sarah Flack.
Diseño de producción: Gary Frutkoff.
Vestuario: Louise Frogley.

 

CRÍTICA
por Josep Alemany

HOCKNEY + GÉNERO NEGRO

Decir David Hockney es decir piscinas. Californianas, por supuesto. Colores brillantes, superficies reflectoras, juegos de agua y luz. En esta serie de cuadros, Hockney despliega un gusto refinado de la calidad pictórica, lo que le distingue de los hiperrealistas americanos.

La última película de Steven Soderbergh estrenada entre nosotros (fue rodada antes que Erin Brockovich) mezcla el universo de Hockney con el género negro. Una mezcla explosiva. Y, en este caso, fructífera.

El halcón inglés se basa en los choques, los contrastes de espacio y de tiempo. Un inglés en la corte californiana. El presente y los años sesenta. La apariencia y los trapos sucios. Los bajos fondos y el triunfo capitalista. Veamos, en el último ejemplo, cómo nos deslizamos de uno a otro. Tras haberse paseado por un almacén destartalado, hasta arrastrarse por los suelos, la cámara vuela hacia arriba, hacia el cielo, y de repente surge la piscina, en medio de una luz crepuscular, reforzada por la iluminación artificial. Acto seguido una sirena se zambulle en el agua.

Soderbergh explorará el espacio alrededor de la piscina en todas direcciones. Y con gran profundidad de campo, porque a través de los ventanales se puede ver las colinas, el mar, la piscina y también cómo Wilson (Terence Stamp) se quita de encima a un guardaespaldas de doscientos kilos. Luego, en un vertiginoso picado vertical, lo divisaremos al fondo del precipicio. El primer fiambre que aparece junto a la piscina de Terry Valentine (Peter Fonda). Pero éste guarda alguno más en el armario, de acuerdo con la fórmula utilizada por el director: Hockney + género negro. Es decir, piscinas + cadáveres.

LOS AÑOS SESENTA Y SU DESTINO

Contrastes y exploración del espacio. También del tiempo. Los acontecimientos escapan a la cronología lineal, se ordenan –o desordenan– de forma fragmentada. Muy años sesenta. Aunque ante semejante modo de narrar todo el mundo, incluso Soderbergh, cite a Resnais, El halcón inglés queda más cerca de Boorman (A quemarropa) y Losey (Accidente, El mensajero), porque en ambos cineastas, a diferencia de Resnais, las innovaciones se integraban en un sólido entramado, sus películas no se deshilvanaban.

La movida de los sesenta, junto con el destino de sus protagonistas, constituye uno de los ejes de El halcón inglés. Soderbergh juega hábilmente con la imagen que en aquella época ofrecían los actores. Inserta extractos de Poor Cow, de Ken Loach (1967), con Terence Stamp, mientras que Peter Fonda cuenta anécdotas que evocan al Captain America buscando su destino a lomos de una moto en Easy Rider (1969).

¿Se puede rendir homenaje al espíritu inquieto de los sesenta con una estética convencional? Soderbergh cree que no. De ahí que abunden los ecos de A quemarropa (1967), obra muy representativa de aquellos años: un laberinto complejo de flash-backs y flash-forwards, un protagonista al principio monolítico cuyos fragmentos de memoria nos descubren poco a poco sus rasgos vulnerables. También coinciden la inicial del apellido (Walker en Boorman, Wilson en Soderbergh), el cabello blanco, el modo de andar decidido. Y la procedencia inglesa: en A quemarropa el director, aquí el protagonista y el actor. (Por cierto, también Hockney es inglés.) A la imagen obsesiva de Walker caminando rectilíneo por un pasillo anónimo, le corresponde la de Wilson andando de izquierda a derecha delante de un edificio impersonal de obra vista. Dichas escenas cargan la tensión que explotará acto seguido.

Wilson, nada más salir de la cárcel tras nueve años de encierro, va a Los Angeles con objeto de investigar las extrañas circunstancias que rodearon la muerte «accidental» de su hija Jenny y vengarla. Las pesquisas lo llevan a seguir las huellas del ex-marido de Jenny, Terry Valentine, un productor de música pop («aquí decimos rock and roll», puntualiza Elaine). No ha creado nada, se ha apropiado de los sueños de los demás y los ha convertido en dinero. De hippie a yuppie. Ha vivido un proceso de corrupción y ahora se dedica a turbios negocios, con la ayuda de un especialista en blanquear trapos sucios. El espíritu de los sesenta no sigue vivo entre sus explotadores y representantes oficiales, sino entre quienes entroncan con su empuje creador, como hace Soderbergh.

Wilson quiere, ante todo, conocer la verdad sobre la muerte de su hija. Verdad ocultada por Valentine detrás de un muro de guardaespaldas. Wilson deberá recorrer un largo camino para acceder a ella. Una vez en Big Sur, aún tendrá que descender por una escarpada escalera que conduce a la playa, como si tomara un pasaje secreto hacia un lugar iniciático. Allí consigue penetrar en el santuario, en el rincón más secreto de Valentine: sus recuerdos. Wilson comprende que, en cierta medida, él también es responsable de lo que le ha ocurrido a su hija. El conocer la verdad supone una experiencia dolorosa que lo transforma. Incluso lo libera del odio y del deseo de matar a Valentine. Fin de la investigación y del viaje. Ahora ya puede terminar la película.

EL ACTOR ES LA ESTRELLA

Soderbergh se adentró por primera vez en el género negro con Bajos fondos (1995), excelente nueva versión de El abrazo de la muerte, de Robert Siodmak. Luego vino Un romance muy peligroso (1998), película notable, amortiguada, sin embargo, por unos esquemas demasiado convencionales, empezando por el reparto. El halcón inglés (1999) es la tercera incursión de Soderbergh en el género negro. Y la más lograda. Gracias a la calidad visual que consigue mediante un trabajo incisivo y brillante (a fin de cuentas, el argumento es una historia de venganza muy sencilla). Y gracias, sobre todo, a Terence Stamp. Su inteligencia y elegancia, con toques de dandismo made in England, le confieren un aire distante, ideal para el papel de extranjero procedente de otro mundo. No desea integrarse y le trae sin cuidado la impresión que produce. Precisamente el título original –The Limey– significa, en argot, «el inglés» a secas, sin ningún «halcón». Dicha ave la habrá añadido algún aficionado a la cetrería.

Terence Stamp se convierte en el atractivo principal. Igual que Jeremy Irons en Kafka, la verdad oculta (1992). Dos actores ingleses. Y el mismo guionista: Lem Dobbs. El resultado han sido las dos mejores películas de Soderbergh. A mi juicio, por supuesto. Quienes no estén de acuerdo conmigo me concederán, por lo menos, que se trata de las dos películas de Soderbergh que más se alejan de los caminos trillados.


Imágenes de El Halcón Inglés - Copyright © 1999 Artisan Entertainment. Fotos: Bob Marshak. Todos los derechos reservados.

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