CRÍTICA
por
Josep Alemany
ANTES
DE «MATRIX»
Para unos la
mayoría, los hermanos Wachowsky nacieron con Matrix (1998), antes ni
siquiera existían. Para otros la
minoría, nacieron con Lazos
ardientes (1996)
y murieron con Matrix, si bien, más
generosos, no descartan que algún día
resuciten. Entre los dos extremos se dan varias
posiciones intermedias.
Incapaz de terciar en la
polémica (no he visto el superéxito de 1998),
me limito a señalar que, antes de Matrix,
los hermanos Wachowsky rodaron una cinta
excelente. Pasó casi inadvertida y sólo se
menciona de vez en cuando para hablar de las
cargas y descargas de electricidad sexual entre Gina
Gershon
y Jennifer Tilly.
J.A. (2000)
LAZOS ARDIENTES
Mientras que en inglés el título
de la película se limita a Bound, en
castellano se han sacado de la manga el adjetivo
que designa un alto grado de calor o de pasión.
El resultado: Lazos ardientes. Dicho
título y la propaganda ofrecen una imagen
falseada de la película. La presentan como si el
atractivo principal fueran los números
lésbicos. Ello supone coger la parte por el
todo. En realidad, se trata de cine
negro, con la particularidad de que tiene como
protagonistas a una pareja femenina.
Tras la obligada presentación de
los personajes y dos tórridas escenas entre
Corky (Gina Gershon) y Violet (Jennifer Tilly),
entramos de lleno en el meollo de la película.
Violet vive con un elemento de la mafia, Caesar (Joe
Pantoliano),
quien tiene bajo su custodia una maleta llena de
dinero que ha de entregar al capo. Corky
el cerebro de la pareja femenina idea
los planes para hacerse con la pasta. Luego los
acontecimientos se encargarán de desbaratar un
poco los planes. Ya se sabe: es imposible
programarlo todo.
Lo esencial de la acción
transcurre en dos pisos, prácticamente en uno.
Ello confiere una gran intensidad a cada escena,
a cada minuto, aunque, en un ambiente tan
cargado, no faltan las pinceladas de humor
(Caesar lava, tiende y plancha los billetes como
una buena ama de casa). El enfrentamiento entre
los personajes desemboca en una carnicería. Y
nada puede evitarla, ni siquiera la invocación a
los valores tradicionales. Al contrario, la
desencadena. «Somos una familia», le susurra el
capo a Caesar antes de que éste apriete
el gatillo. Caesar al final repite un número
parecido con Violet, con idéntico resultado.
Si bien las heroínas son dos
mujeres (y a Jennifer Tilly el doblaje le hace un
flaco favor), justo es subrayar la excelente
interpretación de Joe Pantoliano en el papel de
matón de la mafia. Se trata de un fanfarrón,
prisionero de la mitología machista.
Precisamente el machismo le pierde. Como siempre
ha despreciado la inteligencia del género
femenino, no prevé las reacciones de Violet. Y
cuando Violet, que hasta entonces había
representado el papel de «esposa sumisa», pone
fin al teatro conyugal, Caesar, atónito, no da
crédito a sus ojos.
ADIÓS AL MACHO
Violet y Corky son antagonistas,
incluso en la sexualidad, al mundo de la mafia.
Ahí está la gracia de Lazos ardientes.
El espectador no corre el peligro de asfixiarse,
como le ocurría con El padrino, porque los dos
personajes femeninos introducen aire fresco en el
universo cerrado y machista de los mafiosos.
Y al ver la acción a través de su mirada
antagónica, se evita todo tipo de fascinación o
admiración, como la que sienten Scorsese y Coppola. Lo ha captado muy bien Barry
Norman: «El
padrino resulta moralmente inquietante por su
presentación de la mafia, si no exactamente como
el bando de los buenos, por lo menos como
merecedora de nuestra admiración» (Las 100
mejores películas del siglo).
Violet experimenta una evolución
inversa a la de Michael Corleone (Al Pacino) en El padrino. El
héroe de guerra al que se quería mantener al
margen de la mafia acabará engullido por la
Honorable Sociedad, se convertirá en la perfecta
reencarnación de su padre. Violet, en cambio, a
pesar de la aparente integración inicial,
conseguirá librarse de los lazos mafiosos. Al
final se larga con Corky para vivir a su aire,
llevándose, por supuesto, el dinero. Porque,
como decía un maestro de la dialéctica
refiriéndose a nuestra sociedad: «La única
libertad que me falta no es una libertad: es el
dinero.»
Los hermanos Wachowsky han
filmado con cierto esteticismo: abundan
los picados y (aunque menos) los contrapicados,
Caesar se desploma a cámara lenta, el cromatismo
está muy trabajado. Los colores se han
restringido, fundamentalmente, al negro y al
blanco, y a su mezcla, el gris, sobre todo el
gris azulado. Salpicados por el rojo de la
sangre. El piso de Caesar y Violet ilustra a la
perfección esa gama de colores.
Lazos ardientes constituye,
pues, una agradable sorpresa. Buen cine negro. Y
con happy end. ¿Por qué no?.
J.A. (1996)
ENLACES
Ficha en la
IMDB
Imágenes
de Lazos ardientes - Copyright © 1996 Dino De
Laurentiis Productions, Gramercy Pictures y
Spelling Films. Todos los derechos reservados.
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