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LO QUE LA VERDAD ESCONDE
(What lies beneath)


cartel Dirección: Robert Zemeckis.
País:
USA.
Año: 2000.
Duración: 130 min.
Interpretación: Harrison Ford (Dr. Norman Spencer), Michelle Pfeiffer (Claire Spencer), Joe Morton (Dr. Drayton), Diana Scarwid (Jody), James Remar (Warren Feur), Miranda Otto (Mary Feur), Amber Valletta (Madison Elizabeth Frank), Katharine Towne (Caitlin Spencer), Victoria Bidewell (Beatrice), Elliot Goretsky (Teddy), Ray Baker (Dr. Stan Powell), Wendy Crewson (Elena).
Guión: Clark Gregg, basado en una historia suya y de Sarah Kernochan.
Producción: Jack Rapke, Steve Starkey y Robert Zemeckis.
Música: Alan Silvestri.
Fotografía:
Don Burgess.
Montaje: Arthur Schmidt.
Diseño de producción: Rick Carter y William James Teegarden.
Dirección artística: Stefan Dechant, Tony Fanning y Elizabeth Lapp.
Decorados: Karen O'Hara.
Vestuario: Susie DeSanto.

 

CRÍTICA
por Joaquín R. Fernández

Puntuación: 6.25 / 10
Banda sonora:
*****

Puede que algunos personajes de esta película sepan ocultar bastante bien sus secretos, pero a estas alturas es difícil que determinados realizadores, caso de Robert Zemeckis, consigan esconder su afortunado talento. Porque, si una película como ésta hubiera caído en manos de otros, y salvando las excepciones, tal vez estaríamos hablando ahora mismo de un auténtico desastre. En este sentido, las similitudes con el maestro Hitchcock son evidentes y hechas a propósito; muchas escenas que transcurren en el baño nos recuerdan a Psicosis, e incluso cuando Claire se lanza al lago encontramos ciertas reminiscencias a Vertigo. Pero también esa semejanza se da en el hecho de que ambos realizadores toman argumentos descaradamente elementales y los adornan luego con imágenes poderosas que difícilmente escaparán de las retinas de la gente.

Puede que Robert Zemeckis le dé a la cinta un ritmo pausado, algo que espantará a algún que otro espectador, pero no es ése el mayor defecto de la cinta. El problema está en la no supresión de escenas que nada añaden al desarrollo de la historia, o que en todo caso podrían recortarse en duración. Por lo demás, me parece estupendo que Zemeckis se tome su tiempo para explicarnos la (sencilla) historia, que nos sumerja en la vida cotidiana de los personajes (atención a las secuencias en las que Claire espía a sus vecinos, sobre todo cuando piensa que uno de ellos se está acercando a su casa) y lo haga, precisamente, a través del silencio, obviando las frases vulgares y tópicas que en estas circunstancias suelen utilizar los guionistas. No me engaño, sé que el argumento tiene lagunas, que no hay una cohesión en la narración que redundaría en beneficio del filme, pero es que no puedo dejar de alabar el gran trabajo de Zemeckis, sencillamente me encantan las ricas imágenes que sabe atrapar con la cámara. Qué mejor ejemplo que contemplar la media hora final de la película, donde la escena de la bañera se transforma en toda una portentosa muestra de poderío visual y de eficacia a la hora de angustiar al espectador. Pero de nuevo es una pena que exista una impresión de cierta irregularidad en la explicación de lo que se nos cuenta, obstáculo que no impide maravillarnos (y no me canso de repetirlo) por la prodigiosa técnica de Zemeckis. Al menos la resolución es impactante, y no tanto porque sea espectacular, sino por la sorpresa que para algunos pueda suponer. En todo caso, el tema de los espíritus no es lo más importante, sensación que también la tuve en El Sexto Sentido. De nuevo, la relación entre los protagonistas se vuelve fundamental y es lo que en verdad puede atrapar al público.

Y si justo es alabar al director, también me gustaría hacer otro tanto con los actores. Se habla mucho de que Michelle Pfeiffer y Harrison Ford no son buenos actores, algo que jamás estaré dispuesto a defender. Su tarea aquí no es fácil, ella porque tiene que evitar la sobreactuación (labor que no consigue siempre) y él porque, definitivamente, interpreta un papel en parte muy distinto al que nos tenía acostumbrados. En todo caso, es en los pequeños detalles donde nos demuestran que sí saben lo que es actuar, y para ello me remito, por ejemplo, al momento en que Claire se despide de su hija, que va a estudiar en la Universidad, o cuando Ford, al final de la cinta, consigue que su personaje, un tanto alejado de la imagen que teníamos de él, actúe fríamente y sin caer en las exageraciones propias del género.

Alan Silvestri, que suele componer partituras asombrosas para Zemeckis, se muestra en esta ocasión más comedido, y durante toda la película simplemente se limita a ser una mera comparsa de las, en ocasiones, angustiosas imágenes contempladas. Ahora bien, en los minutos finales su presencia se vuelve más nítida e, imitando intencionadamente los compases de Bernard Herrmann para Psicosis, refuerza con sus dolorosas notas el horror que envuelve a uno de los protagonistas. No será una de sus bandas sonoras más recordadas, pero bien cierto es que esta vez Zemeckis ha preferido que los efectos sonoros se impongan a la melodía.


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