CRÍTICA
por Fernando Bernal
El
juguete de Kassovitz
Dos
policías distintos embarcados, por un capricho
del destino, en el mismo caso; frenéticas
persecuciones; una trama de conspiración;
mutilaciones y experimentos genéticos; violencia
explícita; pistas falsas y ambientes siniestros
son los elementos esenciales de Los ríos
de color púrpura, una producción que
podía pasar perfectamente por el último
artificio pirotécnico orientado a reventar las
taquillas de un gran estudio hollywoodiense, pero
que, sin embargo, trae la firma de un director
francés, respaldada por dinero galo y adapta un
best seller de este mismo país. El artífice de
este interesante acercamiento a la sagrada y
vetada fórmula infalible de la comercialidad
americana, algo así como dar con los componentes
exactos de la Coca Cola, es Mathieu
Kassovitz, antaño gran esperanza y
enfant terrible del nuevo cine
francés, desahuciado por la prensa, objeto
continuo de sus iras, y abandonado por el
público tras el sonoro fracaso de Asesino(s).
Kassovitz, que alterna su labor como director con
actuaciones más bien discretas en filmes ajenos,
alcanzó su justificada fama de director de
futuro hace siete años con El
odio, una excepcional reflexión sobre
la marginalidad social, la violencia racial y el
desarraigo, filmada con rabia y talento visual.
Por este motivo, quien acuda a ver Los
ríos de color púrpura con la idea de
rastrear las muestras de talento expuestas en
El odio por Kassovitz saldrá
escaldado; a cambio el director propone cerca
de dos horas de pura diversión, ritmo impregnado
de adrenalina, sentido del humor, tópicos,
guiños cinéfilos y algún homenaje nada
disimulado.
El montaje
paralelo permite a Kassovitz presentar, al
comienzo del filme, a sus dos personajes. Dos
polícias opuestos y muy distintos (rasgo
inconfundible de las buddy movies
estadounidenses) que investigan tramas que
aparentemente no están relacionadas pero que
acaban confluyendo en torno a una elitista
universidad de los Alpes, donde los profesores y
los alumnos ocultan secretos que pueden ser
vitales para resolver los casos. Jean Reno y Vincent
Cassel, con una excelente química desde
la primera vez que coinciden en plano, son los
dos héroes de Kassovitz, dos policías íntegros
enfrentados a un caso que recuerda,
irremediablemente, a Seven, El
silencio de los corderos, etc...,
es decir, al cuerpo teórico del nuevo thriller
estadounidense del que Kassovitz fagocita
recursos expresivos y el ritmo frenético de la
narración para convertirlos en propios. El
joven director francés plantea un ejercicio de
pérdida de estilo y de huida de la
consideración de autor que
transcurre entre la sincera admiración y la
parodia más absoluta del género (como
el combate que mantiene el policía que
interpreta Vincent Cassel con un grupo de skind
heads, resuelto como si se tratara de un vídeo
juego).
Es decir,
Los ríos de color púrpura es un
producto en la antípodas de lo que se supone
debe ser el trabajo de un director con vocación
de culto, pero que reconcilia al autor con las
grandes masas, con los que pasan por taquilla con
la única intención de pasar un buen rato, y
que, por lo menos, no salen engañados ante las
múltiples posibilidades para la diversión que
ofrece este sofisticado juguete. No existen
cartas marcadas, ni trucos facilones, y sí hay
mucha espectacularidad en este producto ideado
para consumir con la misma voracidad y falta de
prejuicios con la que luego puede pasar al baúl
de los recuerdos o, quizás, puede acabar
formando parte de esos gratos momentos que
facilita el cine de entretenimiento cuando está
hecho con vocación, entusiasmo y falta absoluta
de pretensiones.
Imágenes
de Los ríos de color púrpura - Copyright ©
2000 Gaumont, Le Studio Canal+, Légende
Enterprises y TF1 Films Productions. Todos los
derechos reservados.
|