CRÍTICA
por
Mateo Sancho Cardiel
La
grandeza de la humildad
En el año 1955, Burt
Lancaster y su
compañero de productora Hetch estaban por alguna razón
asqueados con el imperio capitalista de
Hollywood. Así, decidieron invertir en una
película lo menos comercial posible para no
tener las arcas tan llenas. Sin embargo les
salió el tiro por la culata: el modesto filme se
convirtió en un clásico del cine de buenos
sentimientos, tuvo su repercusión en la taquilla
y encandiló a los miembros de la Academia, que
le concedieron nada menos que cinco Oscar.
Hoy en día, la historia de Marty puede resultar muy
ingenua, pero sigue siendo tan tierna como el
día en que se estrenó, así como bastante real.
La triste aceptación de un grueso muchacho de su
condición de físicamente poco atractivo.
Algo que, en un mundo de superficialidades, cobra
demasiada importancia y le limita la acción en
el terreno amoroso. Pero pronto conocerá a otro
"cardo" (como él lo llama) con la que
entablará una relación amorosa que le sacará
del bache y le devolverá su autoestima. Volverá
a darle ánimos para vivir, para afrontar nuevas
y más ambiciosas metas.
Por otro lado, Marty tiene que
enfrentarse a una madre que, al igual que él, ya
se había hecho a la idea de que su hijo iba a
estar de por vida con ella, y que saca la parte
más egoísta cuando ve que va a tener que
apañárselas ella sola. Esto quiere reflejar
cómo la gente, cuanto más buena es una persona,
más trata de aprovecharse de ella.
El mensaje de Marty está
clarísimo: mira en el interior. Muy
visto, ciertamente. Pero es la descripción de
personajes, la espléndida interpretación de Ernest
Borgnine
(ganador del Oscar por este papel) y Betsy Blair (que ese mismo año
intervino en España en Calle Mayor) y la humilde propuesta
que hace la película, lo que lo hace un filme
entrañable, aunque yo no la calificaría de obra
maestra, ni le daría tantos premios.
En definitiva es una
película bonita, agradable de ver,
ideal para un domingo en familia y con el
moralismo que hoy se ve tan inocente, pero que en
su día era la manera más genuina de llevarse al
público de calle. Ése fue el detalle que
descuidaron Lancaster y Hetch...
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