CRÍTICA
por
Mateo Sancho Cardiel
Con varios meses de
retraso respecto a su estreno en Estados Unidos
ha llegado "Otoño en Nueva York", una película que se
puede describir como el producto más
típico de la factoría Hollywood:
pareja de estrellas, argumento que utiliza todas
sus artimañas para captar al corazón del
público (y sin ánimo de ser sexista, sobre todo
el femenino) y paisajes románticos.
 Efectivamente, nada nuevo ofrece
"Otoño en Nueva York", he aquí su
defecto. Al no ser nada original, ha conseguido
el abucheo de la crítica. Además, los
productores, aún a sabiendas de que este tipo de
filmes no suelen tener buena acogida por el
sector intelectualoide, vetó a la prensa sin
pase especial. Así, su actitud previa no ha sido
nada favorable: nadie ha tenido reparos en
vapulear las altas dosis de sensiblería,
el abuso interpretativo y el irregular pulso
narrativo llevado por su directora. Y,
sinceramente, creo que los prejuicios no han sido
el problema. Por otro lado, si yo fui a verla,
fue porque no tenía otra cosa que hacer, pues
sabía a lo que iba. Pero aún con todo, me
resulto aún más aburrida de lo que esperaba.
Lo que
diferencia esta película de los telefilmes de
sobremesa es el reparto. Richard
Gere conforme
va envejeciendo, va reduciendo la edad de sus
compañeras de cartel, aunque sigue sin encontrar
a otra que le funcione mejor que Julia
Roberts. Esta
vez, regala su patética galería de tics y
manierismos a la refinada Winona
Ryder,
empeñadísima en reunir en su personaje todos
los requisitos para conseguir un Oscar que, al
menos por esta película, no va a recibir (el
ofrecer una buena interpretación en un film
mediocre es algo que sólo le es reconocido a Meryl
Streep). Su
actuación es superior a la media, pues transmite
efusión y ternura, pero los convencionalismos de
su papel no compensan sus esfuerzos.
Tras la dirección
sorprende la presencia del prestigioso cine
oriental. Tras su elogiado debut tras la cámara,
la actriz Joan Chen se rinde definitivamente a la
magnificencia de la Meca del Cine. Pero pese a su
equivocada elección en el guión, lo cierto es
que se encarga con pulcritud de ofrecer una
factura técnica impecable. Aunque tachada de
fotografía de postal, lo cierto es que el otoño
en la ciudad de los rascacielos es captado con
gran sensibilidad y belleza.
 Pero lo peor de todo, es salir del
cine y encontrarte con la gente diciendo cómo ha
llorado, que qué bonita historia de amor. Dios
mío, ¿tan mal está el patio? Comprendo que
alguna película blandengue resulte lacrimógena,
pero es que ésta nos presenta el sufrimiento de
un hombre egoísta, que si no llega a ser porque
su novia tiene cáncer, no hubiera tardado más
de una semana en mandarla a paseo. Si eso es
romanticismo, prefiero ser algo frío en estos
temas, porque la verdad, no acabo de encontrarle
el gusto a ser amado por compasión, más bien lo
veo como algo humillante. Pero parece ser que eso
no es lo más importante, sino que sí lo es ver
al señor Gere, con sus diálogos de
flipado seductor y luego llorando de la manera
más ridícula (su actuación es de las peores de
su carrera, y ya es decir). Y para
colmo, como para demostrar lo adulta que es la
película, ese final en plan "hago una
película que es lo más simple y convencional
del mundo, pero, como no tiene happy end
es dura y real que te cagas". En fin, no
merece la pena ni indignarse por esta
tomadura
de pelo de película, sólo espero que
esta crítica salve a algún espectador de pasar
más de hora y media agonizando en una butaca y
pensando que podría haber invertido ochocientas
pesetas de una manera mucho más productiva.
Imágenes
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