CRÍTICA
por
Javier M. Tarín
El cine, al
igual que otros medios de expresión artística,
tiene una vertiente narcisista y le gusta hablar
de sí mismo. Un género extendido es la
recuperación de rodajes que por diversas razones
se han convertido en hitos cinematográficos. De
esa manera se descubre al espectador cómo esos
filmes tomaron forma al tiempo que se convierte a
los artífices -normalmente actores, actrices,
directores guionistas y productores- en
personajes de ficción fílmica. Ejemplo reciente
es RKO 281, que narra
la producción de Ciudadano Kane a pesar de
la oposición del magnate de la prensa, Randolph
William Hearst, sobre el que se basa el
filme de Orson Wells. En Punto
de mira encontramos una reedición de ese
subgénero metalingüístico -cine dentro del
cine- para mostrar al espectador la persecución
ideológica sufrida por los sectores más
progresistas de Hollywood durante los años
posteriores a la posguerra.
En un
pequeño libro titulado Mcarthy
contra Hollywood: la caza de brujas, Román
Gubern realiza un recorrido sobre la
gestación y desarrollo de las comisiones
encargadas de acabar con aquellos sectores
izquierdistas que muy pronto antes que el
gobierno norteamericano- se habían manifestado
en contra del nazismo. El rigor y el contenido es
mucho mayor en el libro que en el filme, pero el
fondo tiende a ser el mismo. Gubern deja claro
que las fuerzas más conservadoras
norteamericanas tenían por objetivo en un primer
momento acabar con el New deal y con el
presidente F.D. Roosevelt. No se
menciona en el filme -centrado en la posterior
cacería en el mundo del cine y en concreto en la
figura de Herbert J. Biberman- pero la
primera Comisión de Actividades Antiamericanas
comienza en 1938 dirigida por Martin Dies. Con la
entrada en la guerra, que convertía a los
soviéticos en aliados, se paralizaron las
investigaciones, pero los cazadores siguieron al
acecho.
Una vez
acabado el conflicto y tras la muerte de
Roosevelt, sustituido por su vicepresidente Harry
Truman, las elecciones de 1946 dieron la
victoria en las dos cámaras del Congreso a los
republicanos. Con el senador McCarthy a la cabeza
ejercieron la presión necesaria sobre el
presidente Truman para que su política tuviera
como eje el anticomunismo. Comenzaron de nuevo
las comisiones destinadas a determinar la lealtad
y americanismo de cualquiera. Primero fueron los
funcionarios y más tarde la industria
cinematográfica. La Comisión, dirigida por J. Parnell
Thomas, investigó de forma secreta la
supuesta infiltración comunista en el cine y
tras sus pesquisas citó a declarar a 19
profesionales del medio cinematográfico.
En Punto
de mira Karl Francis
utiliza métodos de narración del modelo
clásico como la inclusión de titulares
periodísticos y de imágenes documentales para
hacer avanzar la acción y en un intento de darle
autenticidad y rigor histórico. La
primera parte del filme se centra en la puesta en
marcha de la comisión dirigida por Thomas y las
investigaciones del FBI para acabar con las
supuestas redes comunistas que pretendían acabar
con Norteamérica. Se refleja acertadamente el
acoso que sufren los cineastas por el FBI, y
también su impotencia ante las actitudes
fascistas desplegadas contra ellos. Pero la
complejidad de este lamentable proceso de
persecución ideológica no puede plasmarse
plenamente, y, como consecuencia, hay una
simplificación histórica y narrativa.
El título
original -One of the Hollywood ten- deja
clara su vocación de centrarse en uno de ellos,
el director Herbert J. Biberman, que poco
después rodaría La sal de la tierra, un
filme mítico dentro del cine militante. La
resistencia de los diez de Hollywood a declarar
sobre su filiación política y a aceptar la
presión de la comisión aparándose en sus
derechos constitucionales fue en principio una
ilusión de éxito. Pero poco después las
consecuencias para aquellos que se habían negado
a declarar fueron nefastas: multas, cárcel e
inclusión en la lista negra. Es decir, no
volverían a trabajar en Hollywood a no ser que
se avinieran a colaborar con la Comisión.
A partir
del encarcelamiento de Biberman y otros de sus
compañeros, los que fueron citados declararon
ante la Comisión y dieron nombres de supuestos
infiltrados comunistas. En el fondo se trataba de
salvar sus piscinas, como dijo después Orson
Wells, a costa de otros, que serían incluidos -o
lo habían sido ya- en la lista negra. La
industria, a su vez, comenzó a producir filmes
de exaltación nacionalista y anticomunistas para
contentar a las fuerzas conservadoras y evitar
problemas con los consejos de censura que
imposibilitarían la plena distribución de sus
producciones.
El
hecho de elegir a Biberman como protagonista
tiene un motivo claro: su integridad ideológica
e idealismo lo convirtieron en un maldito y por
tanto en un héroe ideal para una historia
maniquea. Esa misma resistencia le
permite rodar en aquella persecución fascista un
canto a la libertad y a la lucha obrera: La
sal de la tierra, película sobre la lucha
real de unos mineros de origen mexicano en Nuevo
México, unos protagonistas proletarios que
actúan de manera valerosa y que además logran
triunfar en su lucha por conseguir unas mejoras
laborales. La apuesta no es sólo ideológica
sino también formal -está interpretada por no
profesionales reclutados entre los propios
mineros y sus familias, a excepción de la
protagonista interpretada por la actriz mexicana Rosaura
Revueltas-, tendencia recogida por cineastas
como Ken Loach, cuya
película Pan y rosas tiene un
referente claro -salvando las distancias- en La
sal de la tierra. El filme de Biberman logra
acabarse no sin pocas dificultades y a pesar de
obtener varios premios internacionales, su
exhibición en Estados Unidos fue mínima e
incluso evitada.
Punto
de mira es, a pesar de sus
simplificaciones y previsibilidad, un filme
recomendable porque hace memoria de un momento
histórico en el que la libertad de expresión e
incluso de pensamiento fue perseguida.
Sobre todo es una invitación a ver ese filme
maldito de gran trascendencia: La sal de la
tierra, una apuesta cinematográfica que nos
ha sido ocultada por un cine dominante
caracterizado por la intrascendencia acrítica.
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