CRÍTICA
por
Josep Alemany
SALVAR
AL PATRIOTISMO
Fui a ver Salvar
al soldado Ryan. Salí del cine perplejo. Porque lo
que muchos presentan como una gran denuncia de
las crueldades de la guerra, la obra maestra del
antimilitarismo, resulta que es una
actualización del cine bélico más patriotero.

Tras la experiencia de la guerra de
Vietnam, Spielberg no podía empezar una película
convencional sin más, como si aún estuviésemos
en los años cincuenta. La intervención
americana en el sureste asiático dio lugar a un
amplio movimiento de protesta, que se reflejó en
un montón de películas. Spielberg, que alardea
de ser un gran conocedor del cine y, además, va
de progre a lo Clinton, tenía que demostrar que
ha captado el mensaje de ese capítulo de la
historia del cine. De ahí que Salvar al
soldado Ryan empiece con un morceau de
bravoure, con un golpe de efecto que
constituye, a la vez, una finta y una coartada.
Una finta que ha surtido efecto en los críticos
profesionales, que no paran de hablar de un
«Spielberg antibelicista». Y una coartada para
las pretensiones progres y artísticas del
director.
Forzoso es reconocer que los
veintidós minutos iniciales dedicados al
desembarco en la playa de Omaha el 6 de junio de
1944 son terribles. Mediante un estilo
semidocumental, o seudodocumental, Spielberg le
impone al espectador la experiencia física de la
guerra con toda su brutalidad, lejos de
la visión idealizada que ofrecían en tecnicolor
las películas tradicionales. Aquí cabe citar el
comentario de García Oliver sobre unos documentales de
la guerra civil: «No eran aquellas películas de
guerra apropiadas para levantar los ánimos. Eran
demasiado crudas y objetivas, en blanco y negro
que deslumbra. La guerra, vista al natural, era
profundamente desagradable. No era la guerra de
las películas mercantiles. [...] Me produjeron
una impresión penosa. Son tan realistas que le
quitan a uno las ganas de combatir» (El eco
de los pasos, p. 224). Si Spielberg hubiera
seguido así, la película habría podido
convertirse en una obra peligrosa, en una
invitación a la deserción. Y, efectivamente,
Spielberg no ha seguido en ese tono. Después
se dedica a desactivar la posible carga crítica
de la apertura, al reducirla a mero preámbulo de
una narración tradicional de hazañas bélicas,
no exenta de tópicos.
Se mire como se mire, el
seudodocumental sobre la carnicería en la playa
de Omaha no pega con la película de guerra que
viene a continuación, en la que las reglas del
género vuelven a imponer su dominio. La falta de
concordancia y de afinidad entre las dos partes
perjudica a Salvar al soldado Ryan.

Tras el desembarco, Spielberg
despliega las recetas habituales. Todo es
previsible (cf. la escena con la niña y el
francotirador), pueril, inverosímil (cf. el
prisionero nazi al que sueltan, el final). En
cuanto a las recetas, Spielberg se extralimita,
no le da vergüenza emplear los trucos más
gastados. Dos ejemplos tomados del final: 1) la
actitud del joven intérprete Upham es el recurso
habitual del cine de terror para manipular al
espectador (un personaje pasivo ante el peligro
que lo amenaza); 2) la aviación americana llega
en el último momento para salvar al soldado
Ryan, como la caballería en las películas del
Oeste; ese truco hasta lleva etiqueta: last
minute rescue («salvación en el último
minuto»).
A medida que nos alejamos de
las secuencias iniciales, la película se
convierte más y más en una glorificación del
ejército y la patria. Cuando al soldado
Ryan, ¡por fin encontrado!, le comunican la
muerte de sus tres hermanos, éste contesta sin
pestañear que sus hermanos son los compañeros
del ejército. ¡Ahí es nada!
MICRORREALISMO CON
KETCHUP
Spielberg tiene pretensiones
artísticas y, al mismo tiempo, adopta un
conformismo reverencial ante los valores
establecidos. Para entendernos: quiere
ser un Kubrick con la mentalidad de Walt Disney. Quiere mostrar la
brutalidad de la guerra y, a la vez, ser
respetuoso con el ejército, el patriotismo, la
taquilla y el recetario de Hollywood. Y, claro
está, el segundo componente de las antinomias se
come al primero. Salvar al soldado Ryan
empieza a lo Kubrick (cf. el ataque de Senderos
de gloria),
siguen las aventuras en busca del Ryan perdido y
acaba a lo Indiana Jones. ¿Cómo calificar, si
no, las escenas finales en que unos pocos
soldados defienden un puente estratégico frente
a una división de tanques alemanes?.
Resumiendo: de película
antibelicista, nada de nada. Como
película de guerra (no es exactamente lo mismo),
tras la finta inicial, resulta una obra
convencional, respetuosa con las reglas del
género y algo pueril. Uno
Rojo: división de choque (1979), de Samuel
Fuller, era
mucho mejor. No puedo decir nada de otros
títulos clásicos de Fuller o Walsh sobre la segunda guerra
mundial por la sencilla razón de que no los he
visto.

Peckinpah ya pintarrajeaba las
heridas con hemoglobina a chorros y muchas veces
presentaba el espectáculo a cámara lenta.
Spielberg aplica el mismo método, corregido y
aumentado, sin cámara lenta. Nos muestra la
muerte con un derroche ketchup y tripas. Pero ese
microrrealismo, o seudorrealismo, se inserta
dentro de las concepciones habituales del cine
bélico. Se trata, además, de una
característica similar a la de los informativos
de televisión. «De la guerra de Yugoslavia
escribe Eduardo Subirats se difunden
mediáticamente crónicas de hiperrealismo
microscópico y vídeos de obsceno sadismo, junto
a una retórica conceptual y políticamente
vacía» (España: miradas fin de siglo,
p. 194).
«TERRIBILE EST
PRO PATRIA MORI»
«En el fondo de todo patriotismo
está la guerra: por eso no soy patriota»,
escribe Jules Renard en su diario. Spielberg,
como es patriota, acepta la guerra con toda la
brutalidad que trae consigo. Nos muestra la
muerte omnipresente en la guerra... para mejor
entonar su versión particular del dulce
est pro patria mori. Morir por la
patria no es dulce, sino terrible, pero no queda
más remedio que sacrificarse por ella. El propio
Spielberg lo ha pregonado en varias entrevistas,
defendiendo sin ningún resquicio de duda la
actuación de los aliados durante la segunda
guerra mundial. Ahora bien, vistas las cosas
desde nuestro país, si tenemos en cuenta la
política de no intervención que dejó a la
República en la estacada y el posterior apoyo de
los aliados a Franco apoyo encabezado por Churchill en 1945, somos del
todo incapaces de compartir el entusiasmo de
Spielberg. Añádase a eso la actitud favorable a
Hitler y Mussolini que adoptó la clase
dirigente de Inglaterra y Estados Unidos en el
período anterior a la segunda guerra mundial.
Conclusión: que vayan a morir a la playa de
Omaha los dirigentes políticos y económicos que
les dieron alas a Hitler y a Mussolini. Nos
reafirmamos en que el primer deber del soldado es
ser un desertor. En la primera, la segunda y la
tercera guerra mundial.
«En el fondo de
todo patriotismo está la guerra: por eso no soy
patriota.» Yo tampoco.
ENLACES
-Datos en la
IMDB
-Web oficial:
www.rzm.com/pvt.ryan
Imágenes
de Salvar al soldado Ryan - Copyright © 1998
Amblin Entertainment, DreamWorks SKG, Mark Gordon
Productions, Mutual Film Company y Paramount
Pictures. Todos los derechos reservados.
|