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SALVAR AL SOLDADO RYAN
(Saving private Ryan)


cartel Dirección: Steven Spielberg.
País:
USA.
Año: 1998.
Duración: 171 min.
Interpretación: Tom Hanks (capitán John H. Miller), Tom Sizemore (sargento Michael Horvath), Edward Burns (soldado Richard Reiben), Barry Pepper (soldado Jackson), Adam Goldberg (soldado Mellish), Vin Diesel (soldado Adrian Caparzo), Giovanni Ribisi (médico Irwion Wade), Jeremy Davies (Timothy E. Upham), Matt Damon (soldado James Francis Ryan), Ted Danson (capitán Fred Hamill), Paul Giamatti (sargento Hill), Dennis Farina (teniente coronel Anderson).
Guión: Robert Rodat.
Producción: Ian Bryce, Mark Gordon, Gary Levinsohn y Steven Spielberg.
Música: John Williams.
Fotografía:
Janusz Kaminski.
Montaje: Michael Kahn.
Diseño de producción: Tom Sanders.
Dirección artística: Tom Brown, Daniel T. Dorrance, Ricky Eyres, Chris Seagers y Alan Tomkins.
Vestuario: Joanna Johnston.
Decorados: Lisa Dean Kabanaugh.
Efectos especiales: Industrial Light & Magic.
Servicios de sonido de post-producción: Skywalker Sound.

 

CRÍTICA
por Josep Alemany

SALVAR AL PATRIOTISMO

Fui a ver Salvar al soldado Ryan. Salí del cine perplejo. Porque lo que muchos presentan como una gran denuncia de las crueldades de la guerra, la obra maestra del antimilitarismo, resulta que es una actualización del cine bélico más patriotero.

Tras la experiencia de la guerra de Vietnam, Spielberg no podía empezar una película convencional sin más, como si aún estuviésemos en los años cincuenta. La intervención americana en el sureste asiático dio lugar a un amplio movimiento de protesta, que se reflejó en un montón de películas. Spielberg, que alardea de ser un gran conocedor del cine y, además, va de progre a lo Clinton, tenía que demostrar que ha captado el mensaje de ese capítulo de la historia del cine. De ahí que Salvar al soldado Ryan empiece con un morceau de bravoure, con un golpe de efecto que constituye, a la vez, una finta y una coartada. Una finta que ha surtido efecto en los críticos profesionales, que no paran de hablar de un «Spielberg antibelicista». Y una coartada para las pretensiones progres y artísticas del director.

Forzoso es reconocer que los veintidós minutos iniciales dedicados al desembarco en la playa de Omaha el 6 de junio de 1944 son terribles. Mediante un estilo semidocumental, o seudodocumental, Spielberg le impone al espectador la experiencia física de la guerra con toda su brutalidad, lejos de la visión idealizada que ofrecían en tecnicolor las películas tradicionales. Aquí cabe citar el comentario de García Oliver sobre unos documentales de la guerra civil: «No eran aquellas películas de guerra apropiadas para levantar los ánimos. Eran demasiado crudas y objetivas, en blanco y negro que deslumbra. La guerra, vista al natural, era profundamente desagradable. No era la guerra de las películas mercantiles. [...] Me produjeron una impresión penosa. Son tan realistas que le quitan a uno las ganas de combatir» (El eco de los pasos, p. 224). Si Spielberg hubiera seguido así, la película habría podido convertirse en una obra peligrosa, en una invitación a la deserción. Y, efectivamente, Spielberg no ha seguido en ese tono. Después se dedica a desactivar la posible carga crítica de la apertura, al reducirla a mero preámbulo de una narración tradicional de hazañas bélicas, no exenta de tópicos.

Se mire como se mire, el seudodocumental sobre la carnicería en la playa de Omaha no pega con la película de guerra que viene a continuación, en la que las reglas del género vuelven a imponer su dominio. La falta de concordancia y de afinidad entre las dos partes perjudica a Salvar al soldado Ryan.

Tras el desembarco, Spielberg despliega las recetas habituales. Todo es previsible (cf. la escena con la niña y el francotirador), pueril, inverosímil (cf. el prisionero nazi al que sueltan, el final). En cuanto a las recetas, Spielberg se extralimita, no le da vergüenza emplear los trucos más gastados. Dos ejemplos tomados del final: 1) la actitud del joven intérprete Upham es el recurso habitual del cine de terror para manipular al espectador (un personaje pasivo ante el peligro que lo amenaza); 2) la aviación americana llega en el último momento para salvar al soldado Ryan, como la caballería en las películas del Oeste; ese truco hasta lleva etiqueta: last minute rescue («salvación en el último minuto»).

A medida que nos alejamos de las secuencias iniciales, la película se convierte más y más en una glorificación del ejército y la patria. Cuando al soldado Ryan, ¡por fin encontrado!, le comunican la muerte de sus tres hermanos, éste contesta sin pestañear que sus hermanos son los compañeros del ejército. ¡Ahí es nada!

MICRORREALISMO CON KETCHUP

Spielberg tiene pretensiones artísticas y, al mismo tiempo, adopta un conformismo reverencial ante los valores establecidos. Para entendernos: quiere ser un Kubrick con la mentalidad de Walt Disney. Quiere mostrar la brutalidad de la guerra y, a la vez, ser respetuoso con el ejército, el patriotismo, la taquilla y el recetario de Hollywood. Y, claro está, el segundo componente de las antinomias se come al primero. Salvar al soldado Ryan empieza a lo Kubrick (cf. el ataque de Senderos de gloria), siguen las aventuras en busca del Ryan perdido y acaba a lo Indiana Jones. ¿Cómo calificar, si no, las escenas finales en que unos pocos soldados defienden un puente estratégico frente a una división de tanques alemanes?.

Resumiendo: de película antibelicista, nada de nada. Como película de guerra (no es exactamente lo mismo), tras la finta inicial, resulta una obra convencional, respetuosa con las reglas del género y algo pueril. Uno Rojo: división de choque (1979), de Samuel Fuller, era mucho mejor. No puedo decir nada de otros títulos clásicos de Fuller o Walsh sobre la segunda guerra mundial por la sencilla razón de que no los he visto.

Peckinpah ya pintarrajeaba las heridas con hemoglobina a chorros y muchas veces presentaba el espectáculo a cámara lenta. Spielberg aplica el mismo método, corregido y aumentado, sin cámara lenta. Nos muestra la muerte con un derroche ketchup y tripas. Pero ese microrrealismo, o seudorrealismo, se inserta dentro de las concepciones habituales del cine bélico. Se trata, además, de una característica similar a la de los informativos de televisión. «De la guerra de Yugoslavia –escribe Eduardo Subirats– se difunden mediáticamente crónicas de hiperrealismo microscópico y vídeos de obsceno sadismo, junto a una retórica conceptual y políticamente vacía» (España: miradas fin de siglo, p. 194).

«TERRIBILE EST PRO PATRIA MORI»

«En el fondo de todo patriotismo está la guerra: por eso no soy patriota», escribe Jules Renard en su diario. Spielberg, como es patriota, acepta la guerra con toda la brutalidad que trae consigo. Nos muestra la muerte omnipresente en la guerra... para mejor entonar su versión particular del dulce est pro patria mori. Morir por la patria no es dulce, sino terrible, pero no queda más remedio que sacrificarse por ella. El propio Spielberg lo ha pregonado en varias entrevistas, defendiendo sin ningún resquicio de duda la actuación de los aliados durante la segunda guerra mundial. Ahora bien, vistas las cosas desde nuestro país, si tenemos en cuenta la política de no intervención que dejó a la República en la estacada y el posterior apoyo de los aliados a Franco –apoyo encabezado por Churchill en 1945–, somos del todo incapaces de compartir el entusiasmo de Spielberg. Añádase a eso la actitud favorable a Hitler y Mussolini que adoptó la clase dirigente de Inglaterra y Estados Unidos en el período anterior a la segunda guerra mundial. Conclusión: que vayan a morir a la playa de Omaha los dirigentes políticos y económicos que les dieron alas a Hitler y a Mussolini. Nos reafirmamos en que el primer deber del soldado es ser un desertor. En la primera, la segunda y la tercera guerra mundial.

«En el fondo de todo patriotismo está la guerra: por eso no soy patriota.» Yo tampoco.


ENLACES

-Datos en la IMDB
-Web oficial: www.rzm.com/pvt.ryan


Imágenes de Salvar al soldado Ryan - Copyright © 1998 Amblin Entertainment, DreamWorks SKG, Mark Gordon Productions, Mutual Film Company y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

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