CRÍTICA
por Tònia
Pallejà
Canalcine.net, Barcelona
La violencia como
espectáculo
Tras una larga
espera, por fin se estrena oficialmente en España "Battle
Royale", la última película del septuagenario director japo-nés
Kinji Fukasaku. Battle Royale, que
ya obtuvo una entusiasta acogida en el Festival de Sitges –como
suele suceder cuando se presenta una producción pretendidamente
rompedora y con ciertas trazas de cult movie–, tampoco se ha
visto libre de polémica por su notable carga violenta –según
ordena el manual de buenos usos y costumbres–.
Mientras
unos se estiran los pelos en su airada condena y otros le
cuelgan los laureles de obra maestra, perso-nalmente me decanto
por la posición del "no es para tanto". Porque si hay algo que
no debemos hacer es preci-samente tomarnos esta película
de-masiado en serio. No sabemos muy bien si Fukasaku pretendía
hacernos reír de incredulidad ante lo absurdo de la historia que
propone o bien estremecernos con sus terribles planteamientos.
En cualquier caso, ni la violencia ni la crueldad de sus
imágenes resultan tan truculentas, ni el film alcanza unas
dimensiones reflexivas más allá de lo que algunos quieren ver
–las tiene, se hacen evidentes, pero cabe preguntarse cuál es su
peso específico y, sobre todo, si éstas llegan al espectador–.
"Battle Royale" se disfruta y rinde bastante bien sin necesidad
de buscarle más vueltas de las que tiene, no lo vayamos a
estropear.
La historia sitúa
su acción en un Japón futuro, en el que los índices de desempleo
se disparan y los jóvenes, que han perdido el respeto por los
mayores, boicotean las clases y agreden a los profesores. El
gobierno instaura entonces una Ley de Reforma Educativa –la B.R.
del título– que propicia una serie de medidas extremas. Como
parte del plan, se elige por azar una clase de alumnos de una
escuela, que son conducidos bajo engaño a una isla abandonada y
obligados a matarse entre sí durante tres días hasta que quede
una única persona con vida, el "ganador". Cada adolescente
recibe una bolsa con unas provisiones mínimas y un "arma" –que
tanto puede tratarse de una pistola o un cuchillo como de la
tapa de una cazuela–. En su cuello, llevan amarrado una especie
de collar electrónico que les hará estallar si no siguen las
reglas, es decir, si intentan huir o si al cabo del periodo
establecido queda más de un superviviente.
Así pues,
argumentalmente, "Battle Royale" no hace otra co-sa que
ajustarse al esquema de otras películas en las que tiene lugar
un forzado y sangriento juego de supervivencia en el marco
de un hipotético sistema en el que todo vale. Podemos pensar en
cintas como "The Running Man", con Arnold Schwar-zenegger,
"Rollerball", o incluso algunos le encontrarán alguna que otra
similitud con "El señor de las moscas".
A
lo largo del film veremos cómo los diferentes protagonistas
reaccionan a la situación y cómo, uno tras otro –o de tres en
tres– van cayendo muer-tos. Con semejantes antecedentes, era de
esperar que estos –supues-tamente– vándalos empezarían a
ani-quilarse unos a otros como posesos en cuanto tuvieran las
armas a su disposición, en un desmesurado "aquí te pillo, aquí
te mato". Sin embargo, descubriremos que no es tan fiero el lobo
como lo pintan. Surgen actitudes de protección, se generan
alianzas para escapar de allí con vida, otros se suicidan antes
que tener que competir con sus compañeros... Claro está, siempre
hay el rarito de la clase que, presa de la paranoia, pierde el
control, o el malvado sin escrúpulos que se lo pasa pipa
eliminando a todo bicho viviente que se cruza en su camino. Pero
muchas de las muertes se producen más por el miedo, la
desconfianza o por fatídicos malentendidos que por el
ensañamiento o el puro egoísmo. Dadas las circuns-tancias, y
que, como adolescentes que son, además están en plena edad del
pavo, se conducen bastante civilizadamente. Los sentimientos de
estos jóvenes se muestran de forma algo simple, pero apenas
afecta a la credibilidad del resto de la trama, porque la
situación ya es por sí misma poco probable.
Decía al
principio que "Battle Royale" no es sólo hueca diversión, la
carnicería como entretenimiento para uso y disfrute de estómagos
cinéfilos curtidos a base de vísceras y sangre –público Disney
absténgase–, pero ponía en duda la relevancia de su potencial
reflexivo, incluso me atrevía a cuestionar que una buena parte
del público no se quedara únicamente con su salvaje fachada, de
manera que la película no lograría del todo sus objetivos.
Encontramos,
por un lado, un choque entre generaciones, que en la socie-dad
japonesa tiene especial signifi-cado. Esta confrontación se
resuelve haciendo uso de la brutalidad, es de-cir, promoviendo
aquello que se pre-tende erradicar. Sin embargo, los adultos no
ejercen su represión de for-ma directa, sino que obligan a los
adolescentes a enfrentarse a muerte entre sí. Su función
"peda-gógica" es más que cuestionable, como resulta obvio, sobre
todo cuando todos, excepto uno, van a morir. Por motivos
parecidos, esto tampoco asegura que la agresividad vaya a quedar
limitada a esta "zona de juego" (lo que se correspondería con la
función "terapéutica" que consiste en desplazar los instintos
violentos a un campo cerrado o en su sublimación a través de una
actividad per-mitida por el sistema –ya sea como parte activa o
como parte pasiva–: en nuestra sociedad se habla de que
espectáculos como el fútbol, los toros o el boxeo cumplirían
este cometido, como en otra época lo hizo el circo romano). Pero
sí se trata de un buen símil, puesto que se confronta a los
jóvenes con la violencia real de un juego de supervivencia real
que emula en sus formas a los violentos videojuegos que tanto
éxito tienen entre su generación (por fortuna, la facturación de
la cinta no es la típica de un videojuego trasladado a la
pantalla, lo cual le hubiera restado aún mayor verosimilitud).
Estos videojuegos sí podrían estar represen-tando esa parcela
restringida en la que dar rienda suelta a la violencia de forma
no perjudicial y "Battle Royale" haría un uso pervertido de esta
función.
Siguiendo
esta línea de pensamiento, la idea más importante que subyace en
la película –y tal vez la que menos se entienda– hace que, como
espec-tadores de semejante sangría, nos planteemos la siguiente
pregunta: ¿Por qué la muerte, la violencia, la destrucción
nos entretiene? ¿Por qué, en definitiva, nos gusta esta
película? Fukasaku, con acierto, no elige a unas víctimas
cualquiera, sino que toma a unos cuerpos jóvenes y atractivos
con sus inmaculados uniformes de colegio, algo que representaría
el cadáver exquisito, una combinación de belleza, juventud e
inocen-cia, aquél que despierta mayor morbosidad. En este
sentido, "Battle Royale" da un paso más allá de otras cintas en
las que un juego de supervivencia similar también era
protagonista. Nos señala con el dedo porque nosotros somos el
público del "circo romano" para la ocasión. ¿Nuestros instintos
salvajes quedan también des-plazados o delimitados gracias a la
violencia en el cine y la tele-visión? ¿Nos divierte esta
agresividad en las películas porque es la válvula de escape
–consentida y no dañina para la sociedad– de nuestra violencia
inherente?
Podríamos divagar
durante horas sobre esto o bien dejar que los manuales de
psicología descansen en paz. Como ya apuntaba, creo que el
principal problema de este film es que su tono general resulta
excesivamente ambiguo. Su humor negro en ocasiones se adecúa
bien, pero otras veces se encaja con des-concierto, sin tener
nunca demasiado claro qué es lo que pretende la película:
burlarse con ironía de sí misma –restándole trascen-dencia al
asunto– o sólo relajar la tensión del drama sin dejar de ser
consecuente con sus principios. Es por ello que su mensaje pueda
quedar debilitado y no se preste a más interpretaciones, o,
incluso, se malinterprete.
Al
igual que en "La naranja mecáni-ca", "Battle Royale" introduce
popula-res piezas de música clásica, que también aquí son usadas
como telón de fondo de algunas escenas san-grientas. Este
recurso, que podría entenderse como un guiño al film de Kubrick,
en el que la violencia tam-bién era objeto de análisis, acentúa
un falso contraste, es decir, muy probablemente venga a reforzar
la tesis de la muerte como un espectáculo hermoso. Ambas
películas coinciden en otro punto: corren el riesgo de que se
haga una lectura superficial y que la idea sobre la que fueron
construidas sea eclipsada. En su momento, también la
controversia rodeó a "La naranja mecánica" y también Kubrick se
lamentó de que hubiera sido incomprendida.
Por último, hacer
mención de la presencia en su reparto del di-rector / actor
Takeshi Kitano / Beat Takeshi, como
el profesor del grupo de escolares que supervisa el juego.
Kitano, cuyo persona-je se llama como él mismo, resulta
inexpresivo hasta límites insospechados, pero ofrece, por
contra, la ambivalencia que su papel requiere: una persona
fría y despiadada capaz de alber-gar sentimientos reprimidos.
"Battle
Royale" es, en resumidas cuentas, una película divertida,
exó-tica a su manera y macabramente atractiva, que no podría
haber nacido en otro contexto mejor que en el del Japón actual.
Como un arma de doble filo, mientras que en un primer plano la
violencia cobra más que nunca di-mensiones de espectáculo, en un
segundo término nos plantea por qué disfrutamos con ella. La
cuestión es si todo el mundo va a ser capaz de valorar su doble
vertiente o si en definitiva todo se queda en el "mola un montón
porque todo el rato se matan entre sí a lo bestia", que no deja
de ser verdad.
Valoración: 8

Imágenes
de "Battle Royale" - Copyright © 2000 Battle Royale
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