De entrada, "La Suma de
Todos los Miedos"*
tiene una cosa a su favor: la situación política
internacional de estos tiempos le presta un aire de relevancia y
actualidad que la hacen pare-cer más importante o más interesante
de lo que realmente es. Tal vez algunos traguen esas ínfulas
de profundidad y categoría, pero muchos otros reconocerán que se
trata, sencillamente, de la misma trama con la que Hollywood
pretende asustarnos regular-mente.
En los sesentas y setentas
el cine de acción e intriga utilizaba frecuentemente la amenaza
del conflicto atómico entre la Unión Soviética y los Estados
Unidos para conseguir suspenso. En los ochentas y noventas,
luego de la disolución del bloque soviético, continuó la misma
historia pero con distintos protagonistas y anta-gonistas: la
mafia rusa, generalillos de las provincias recién
inde-pendizadas... no importa realmente, cuando se tiene a Bruce
Wi-llis, Arnold Schwarzenegger, Jean-Claude Van Damme o a Oliver
Grunner (¿quién?) listos para defender a su patria (o al menos a
su patria adoptiva) de la amenaza nuclear. Ahora, en los albores
del nuevo siglo vemos que, como reza el dicho, entre más cambian
las cosas, más se quedan igual.
En "La Suma de Todos los
Miedos" se retoman las aventuras del perenne personaje de las
novelas de Tom Clancy, pero en una
especie de "pre-cuela" pues se muestra a un Ryan más joven que en
previas cintas. En fin, sin preocuparnos mucho por la continuidad,
vemos a Jack Ryan (Ben Affleck)
como un joven analista de la CIA, que pasa su día viendo
noticieros y analizando el comporta-miento de políticos rusos. Un
buen día fallece el presidente de Ru-sia y es reemplazado por un
tal Nemerov (Ciarán Hinds), sobre
quien Ryan había escrito un reporte previamente (¿alguien
recuerda el mismo mecanismo en "La Caza del Octubre Rojo"?), por
lo que su jefe William Cabot (Morgan
Freeman) recluta al analista para ir a Rusia y estar
presente en las entrevistas que la CIA efectúa con el nuevo
líder. Esa simple tarea se complica cuando aparentemente el
nuevo presidente trata de iniciar un conflicto bélico con los
Estados Unidos, tal vez para mostrar su fuerza y determinación.
El gobierno de los Estados Unidos se prepara para contraatacar
en lo que sin duda resultaría en una aniquilación nuclear total
de ambos bandos. Pero Ryan no está convencido de que las
agresiones sean culpa de Rusia, así que debe averiguar su
auténtico origen al mismo tiempo que trata de convencer a sus
superiores de que posible-mente están luchando contra el enemigo
incorrecto.
Así es. Una vez más es
tarea de un desesperado hombre el evitar la destrucción de la
humanidad por medio de la guerra nuclear. Y además debe quedar
bien con su novia luego de dejarla plantada tantas veces por ir
a salvar el mundo. Estas mujeres... nada es su-ficiente.
A pesar de estar dirigida
por Phil Al-den Robinson (que tocó
similares temas de paranoia y espionaje en
"Sneakers", de 1992), la película es más bien floja. Por
un lado agradezco mucho que el protagonista no sea el
tradicional super hombre del cine de acción (eso se lo dejan al
implacable espía John Clark, interpretado por Liev Schreiber),
pero por otro lado el suspenso es demasiado tenue como para
mantener el interés durante casi dos horas. Y para colmo,
quien haya visto los cortos de la película se ha enterado de un
punto importante, que hubiera sido de gran impacto si no lo
hubieran "quemado" en la publicidad.
Los actores hacen
respetable labor: Affleck no es tan blando como siempre, Morgan
Freeman, a pesar de ser un notable actor, se ha encasillado en
papeles de mentor rígido pero de buen corazón. Como tal cumple y
ya. Lo mismo se puede decir de James
Crom-well como el presidente de los Estados Unidos y de
Liev Schreiber como el super espía
John Clark. Buenos actores en roles olvida-bles.
En resumen, "La Suma de
Todos los Males" es un producto más de la estética convencional
actual: estrellas de cine, efectos espe-ciales y una historia
trillada a la que se le intentan inyectar ele-mentos
contemporános para darle falsa relevancia. Como tal entre-tiene,
pero hemos visto lo mismo tantas veces que es inútil esperar
gran suspenso o emoción. Como la comida rápida hecha en
se-rie, sirve su propósito de forma mediocre y temporal, sin
resultar en algo sustancioso.
Calificación: 6