CRÍTICA
por
Rubén Corral
Valoración:
    
Miedo en USA
La sociedad estadounidense poste-rior a los atentados contra el
World Trade Center se caracteriza por el miedo a lo ajeno, el
miedo a lo extra-ño. También a lo extranjero: así lo co-rrobora
la política del republicano, ra-dical violento George W. Bush
que, tras atacar permanentemente el suelo de Irak durante los
últimos años, anuncia que “deben” lanzar una ofensiva contra el
régimen de Saddam Hussein. La explicación busca justificaciones
de una ridi-culez patética: “por lo que pueda pasar” o “en vista
de lo que pueda hacer”. Curiosa manera de disfrazar de política
militar defensiva una actitud descaradamente ofensiva. Enlaza
con este miedo a lo des-conocido, mejor que nunca, el contenido
de “Minority report” (Ste-ven Spielberg, 2002), en el que se
retrata la existencia de una po-licía que, gracias al desarrollo
de una tecnología futurista, actúa contra los potenciales
criminales. Antes de que haya víctimas.
El miedo de los estadounidenses también se refleja en la (ajada)
segun-da enmienda de su constitución, que permite a los
ciudadanos poseer y uti-lizar armas para defenderse y defen-der
a su familia. Tal y como apunta sagazmente Michael Moore en
“Bow-ling for Columbine” (id., 2002), incluso armas nucleares.
La defensa de esa enmienda a capa y espada por trasnochados como
Charlton Hes-ton deja al descubierto el miedo endémico de una
sociedad cuyos conflictos (hasta el 11-S) habían sido siempre
civiles: desde su guerra de independencia y la civil hasta los
conflictos raciales re-presentados en el Ku Klux Klan o la
Asociación del Rifle. Tras la caída del muro de Berlín, sin
enemigo que justifique su inversión ar-mamentística, los
terroristas amamantados por la CIA y el Gobier-no Federal han
servido de perfecta excusa para continuar generan-do mercado
para los amigos de Colt, Magnum o Smith & Wesson. Además, los
medios de comunicación no hacen sino incentivar ese mismo temor:
ataques al corazón, vegetales modificados genética-mente que
pueden perjudicar la salud de los sufridos ciudadanos
contribuyentes, serpientes en el campo, cocodrilos en las
alcanta-rillas de Manhattan, mafias chinas, mafias irlandesas,
italianas, ru-sas y narcotraficantes, afroamericanos (el
eufemismo, descargado de la rabia con que lo utilizaba Malcolm
X, no hace sino connotar ese miedo del WASP), espaldas mojadas,
crimen callejero, policía corrupta, fantasmas, sectas... Miedos
occidentales llevados al má-ximo extremo por periódicos,
televisiones e Internet.
La sublimación de los miedos es-tadounidenses se ha representado
abundantemente, a lo largo de la tra-dición del cine de serie B,
a través del miedo a los invasores. Y en vista de que no había
para la egolatría y prepo-tencia yanqui enemigo de suficiente
enjundia en la Tierra, los extraterres-tres han servido para, a
través de “La invasión de los ladrones de cuerpos” (The
invasion of the body snatchers, 1956) o “Mars attacks!”
(id., Tim Burton, 1996), plantar cara al siempre bravo y bien
armado ejército estadounidense. “Se-ñales” (Signs, 2002), la
última película del director Manoj
Night Shyamalan, recurre al método más efectivo que la
poderosa industria del cine estadounidense ha encontrado a lo
largo de su historia para potenciar ese temor en su público: la
no mostración de la amenaza. En este caso, son
extraterrestres. Y en el film se sirve de su pericia sin igual
para, por medio de una planificación meticulosa y un ritmo
inquietante, evocar y generar realmente un miedo endémico de la
sociedad en la que ha crecido navegando en uno de los más
trillados géneros de la industria: el de misterio.
Shyamalan recurre al género sin la menor intención de dar un
solo susto al personal. Sólo los prejuicios del propio público
harán que se escuche algún grito –liberador de una tensión que
provoca el clima, la atmósfera del film– en la sala. No hay
planos mon-tados súbitamente sin el subrayado del habitual
subrayador James New-ton Howard
(que firma aquí una de sus escasísimas partituras po-tables).
Sólo hay un hombre desposeído de su fe, un antiguo reve-rendo
encarnado por Mel Gibson,
que perdió a su mujer en un bru-tal accidente de tráfico, en el
que ella es atropellada por un conduc-tor somnoliento que
encarna el propio director. Este hombre se en-frenta, solo y en
compañía de dos niños pequeños, acompañado por su hermano menor
(Joaquin Phoenix), a una
crisis de fe convertida –por medio de la práctica más discutible
del guión de M. Night Shyamalan– en invasión extraterrestre.
El mensaje religioso concuerda con el público objetivo de su
película, esencialmente creyentes del cristianismo. Es la única
concesión al espectador que se permite “Señales”, película
inspirada en un su-ceso real: las marcas aparecidas en campos de
Inglaterra provoca-das por supuestos platillos volantes.
En la memoria del espectador surge rápidamente los mejores
nombres de la serie B (allí encuentra fuente de su inspiración
para sus tres películas más reconocidas internacionalmente) de
Val Lewton y de Jacques Tourneur, a unirse al terror
cinematográfico de los cincuenta cultivado por Robert Wi-se o
Don Siegel. Sin embargo, hay una diferencia esencial en el punto
de partida de las películas de Shyamalan –también aquí, porque
“Señales” es, por encima de todo, una continuación mucho más que
coherente de una trayecto-ria que continúa in crescendo, hacia
la depuración de sus marcas estilísticas–, y ésta es que gozan
de un presupuesto generoso. De este modo, la máxima de “más es
menos” a la hora de sugerir el terror, provocar el miedo, no
resulta del todo cierta. Shyamalan sa-be cuál ha sido el método
más eficaz para asustar a “su” especta-dor (de Mark Robson a
William Castle) y, sin alardes de maquillaje o efectos
especiales, logra no ceder al impulso habitual de los
pro-ductores y los espectadores más mediocres: que el
presupuesto se vea en pantalla más que la propia película.
El director de la magnífica –sigue siendo su trabajo más
redondo– “El
protegido” (Unbreakable, 2000) firma, de este modo,
una película necesa-ria no sólo para la ciencia ficción
contemporánea, sino para retratar los miedos artificiales de una
so-ciedad estadounidense a la que asustan los medios de
comunicación, los gobiernos, las minorías y las religiones.
Precisamente por eso, la lectura religiosa final (representada,
empero, por un grupo de se-cuencias ejemplares) no resulta del
todo ajustada. Cinematográ-ficamente, sin parangón en la
industria de consumo masivo.
Imágenes
de "Señales" - Copyright © 2002
Touchstone Pictures. Distribuidora en España: Buena Vista
International. Todos los derechos
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