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SEÑALES
(Signs)


Dirección y guión: M. Night Shyamalan.
País:
USA.
Año: 2002.
Duración: 106 min.
Interpretación: Mel Gibson (Padre Graham Hess), Joaquin Phoenix (Merrill Hess), Cherry Jones (Oficial Paski), Rory Culkin (Morgan Hess), Abigail Breslin (Bo Hess), Patricia Kalember (Colleen Hess), M. Night Shyamalan (Ray Reddy), Ted Sutton (Cunningham), Merritt Wever (Tracey Abernathy), Lanny Flaherty (Sr. Nathan), Marion McCorry (Sra. Nathan), Michael Showalter (Lionel Prichard), Rhonda Overby (Sarah Hughes).
Producción: Frank Marshall, Sam Mercer y M. Night Shyamalan.
Música: James Newton Howard.
Fotografía:
Tak Fujimoto.
Montaje: Barbara Tulliver.
Diseño de producción: Larry Fulton.
Dirección artística: Keith P. Cunningham.
Vestuario: Ann Roth.
Estreno en España: 20 Septiembre 2002.

 

CRÍTICA
por Rubén Corral
Valoración:

Miedo en USA

  La sociedad estadounidense poste-rior a los atentados contra el World Trade Center se caracteriza por el miedo a lo ajeno, el miedo a lo extra-ño. También a lo extranjero: así lo co-rrobora la política del republicano, ra-dical violento George W. Bush que, tras atacar permanentemente el suelo de Irak durante los últimos años, anuncia que “deben” lanzar una ofensiva contra el régimen de Saddam Hussein. La explicación busca justificaciones de una ridi-culez patética: “por lo que pueda pasar” o “en vista de lo que pueda hacer”. Curiosa manera de disfrazar de política militar defensiva una actitud descaradamente ofensiva. Enlaza con este miedo a lo des-conocido, mejor que nunca, el contenido de “Minority report” (Ste-ven Spielberg, 2002), en el que se retrata la existencia de una po-licía que, gracias al desarrollo de una tecnología futurista, actúa contra los potenciales criminales. Antes de que haya víctimas.

  El miedo de los estadounidenses también se refleja en la (ajada) segun-da enmienda de su constitución, que permite a los ciudadanos poseer y uti-lizar armas para defenderse y defen-der a su familia. Tal y como apunta sagazmente Michael Moore en “Bow-ling for Columbine” (id., 2002), incluso armas nucleares. La defensa de esa enmienda a capa y espada por trasnochados como Charlton Hes-ton deja al descubierto el miedo endémico de una sociedad cuyos conflictos (hasta el 11-S) habían sido siempre civiles: desde su guerra de independencia y la civil hasta los conflictos raciales re-presentados en el Ku Klux Klan o la Asociación del Rifle. Tras la caída del muro de Berlín, sin enemigo que justifique su inversión ar-mamentística, los terroristas amamantados por la CIA y el Gobier-no Federal han servido de perfecta excusa para continuar generan-do mercado para los amigos de Colt, Magnum o Smith & Wesson. Además, los medios de comunicación no hacen sino incentivar ese mismo temor: ataques al corazón, vegetales modificados genética-mente que pueden perjudicar la salud de los sufridos ciudadanos contribuyentes, serpientes en el campo, cocodrilos en las alcanta-rillas de Manhattan, mafias chinas, mafias irlandesas, italianas, ru-sas y narcotraficantes, afroamericanos (el eufemismo, descargado de la rabia con que lo utilizaba Malcolm X, no hace sino connotar ese miedo del WASP), espaldas mojadas, crimen callejero, policía corrupta, fantasmas, sectas... Miedos occidentales llevados al má-ximo extremo por periódicos, televisiones e Internet.

  La sublimación de los miedos es-tadounidenses se ha representado abundantemente, a lo largo de la tra-dición del cine de serie B, a través del miedo a los invasores. Y en vista de que no había para la egolatría y prepo-tencia yanqui enemigo de suficiente enjundia en la Tierra, los extraterres-tres han servido para, a través de “La invasión de los ladrones de cuerpos” (The invasion of the body snatchers, 1956) o “Mars attacks!” (id., Tim Burton, 1996), plantar cara al siempre bravo y bien armado ejército estadounidense. “Se-ñales” (Signs, 2002), la última película del director Manoj Night Shyamalan, recurre al método más efectivo que la poderosa industria del cine estadounidense ha encontrado a lo largo de su historia para potenciar ese temor en su público: la no mostración de la amenaza. En este caso, son extraterrestres. Y en el film se sirve de su pericia sin igual para, por medio de una planificación meticulosa y un ritmo inquietante, evocar y generar realmente un miedo endémico de la sociedad en la que ha crecido navegando en uno de los más trillados géneros de la industria: el de misterio.

  Shyamalan recurre al género sin la menor intención de dar un solo susto al personal. Sólo los prejuicios del propio público harán que se escuche algún grito –liberador de una tensión que provoca el clima, la atmósfera del film– en la sala. No hay planos mon-tados súbitamente sin el subrayado del habitual subrayador James New-ton Howard (que firma aquí una de sus escasísimas partituras po-tables). Sólo hay un hombre desposeído de su fe, un antiguo reve-rendo encarnado por Mel Gibson, que perdió a su mujer en un bru-tal accidente de tráfico, en el que ella es atropellada por un conduc-tor somnoliento que encarna el propio director. Este hombre se en-frenta, solo y en compañía de dos niños pequeños, acompañado por su hermano menor (Joaquin Phoenix), a una crisis de fe convertida –por medio de la práctica más discutible del guión de M. Night Shyamalan– en invasión extraterrestre. El mensaje religioso concuerda con el público objetivo de su película, esencialmente creyentes del cristianismo. Es la única concesión al espectador que se permite “Señales”, película inspirada en un su-ceso real: las marcas aparecidas en campos de Inglaterra provoca-das por supuestos platillos volantes.

  En la memoria del espectador surge rápidamente los mejores nombres de la serie B (allí encuentra fuente de su inspiración para sus tres películas más reconocidas internacionalmente) de Val Lewton y de Jacques Tourneur, a unirse al terror cinematográfico de los cincuenta cultivado por Robert Wi-se o Don Siegel. Sin embargo, hay una diferencia esencial en el punto de partida de las películas de Shyamalan –también aquí, porque “Señales” es, por encima de todo, una continuación mucho más que coherente de una trayecto-ria que continúa in crescendo, hacia la depuración de sus marcas estilísticas–, y ésta es que gozan de un presupuesto generoso. De este modo, la máxima de “más es menos” a la hora de sugerir el terror, provocar el miedo, no resulta del todo cierta. Shyamalan sa-be cuál ha sido el método más eficaz para asustar a “su” especta-dor (de Mark Robson a William Castle) y, sin alardes de maquillaje o efectos especiales, logra no ceder al impulso habitual de los pro-ductores y los espectadores más mediocres: que el presupuesto se vea en pantalla más que la propia película.

  El director de la magnífica –sigue siendo su trabajo más redondo– “El protegido” (Unbreakable, 2000) firma, de este modo, una película necesa-ria no sólo para la ciencia ficción contemporánea, sino para retratar los miedos artificiales de una so-ciedad estadounidense a la que asustan los medios de comunicación, los gobiernos, las minorías y las religiones. Precisamente por eso, la lectura religiosa final (representada, empero, por un grupo de se-cuencias ejemplares) no resulta del todo ajustada. Cinematográ-ficamente, sin parangón en la industria de consumo masivo.


Imágenes de "Señales" - Copyright © 2002 Touchstone Pictures. Distribuidora en España: Buena Vista International. Todos los derechos reservados.

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