CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Valoración:
    
Redención de un gángster
Tras
unos comienzos en el mundo teatral, Sam
Mendes consi-guió con "American Beauty" el
reconocimiento de la Meca del cine al obtener el Oscar como
mejor película y mejor director. Entonces se atribuyó el éxito
fundamentalmente al guión, por lo que ahora ha optado por
adaptar el cómic "Road to Perdition", y dar una lección de
puesta en escena cinematográfica. Para ello, aborda una
temá-tica y un contenido diametralmente opuesto a su primera
película, y homenajea al cine de gángsters de los años 30 con un
trata-miento visual novedoso.
El guión responde a las conven-ciones del género, con un respeto
tan escrupuloso como poco origi-nal:
familias de la mafia, en este ca-so irlandesa, que controlan una
locali-dad cercana a Chicago y en cuyo se-no se da un ajuste de
cuentas con la desconfianza, la ambigüedad moral y el fatalismo
como telón de fondo. Y todo ello con lluvia, ambientes
nocturnos, metralletas, negocio ile-gal de alcohol... En el
presente caso, la historia es rememorada por Michael Sullivan
Jr, que con voz en off cuenta cómo su descu-brimiento de los
“trabajos” de su padre desencadenó un torbellino de venganzas y
–lo que es más importante– una transformación de las relaciones
paterno-filiales y una huida desesperada del sino fatal, en la
más pura tradición shakesperiana.
Según
sus palabras, lo que más interesaba destacar al di-rector era
la ambigüedad moral que se daba en sus persona-jes y la fuerza
de la paternidad. De hecho, Sullivan se debate entre el
agradecimiento a quien se ha portado como un padre des-de su
orfandad y la responsabilidad en la educación de su hijo, pa-ra
quien quiere una vida distinta a la que a él le ha tocado vivir.
Rooney es el otro padre que ha encontrado en Sullivan el hijo
que hubiese querido tener y que no ha logrado con Connor, un ser
im-pulsivo y envidioso llamado a sucederle al frente de la
familia. La le-altad se erige como principio supremo del actuar,
y cualquier traba-jo y silencio se puede comprar con unas
monedas.
En realidad, el “camino a la perdi-ción” no empezó para Sullivan
en el momento que su hijo se convirtió en espectador del crimen
y sospechoso de no guardar silencio, sino mucho antes, al
involucrarse en un sistema mafioso que devora a sus miembros por
no tener moral alguna que lo fun-damente. Consciente de ello,
procura-rá –en parte por venganza, en parte por amor a su hijo–
iniciar un “camino de salvación” para quien veía igual a él pero
aún no mere-cedor del infierno, un ser inocente incapaz de
apretar el gatillo ni de corromper su alma en aras de una
lealtad equivocada. En reali-dad, lo que Sullivan busca es un
“camino de redención” per-sonal aunque sea por la vía del
derramamiento de sangre. Ahí es donde Mendes pretende cargar
las tintas de la incoherencia moral del protagonista, católico
convencido y matón a sueldo a la vez, ni bueno ni malo sino
simplemente un padre que sufre su pro-pia degradación y la de un
mundo que le ha arrastrado a la mayor negrura de las posibles.
Esta conciencia del mal es algo innovador en el cine clásico de
gángsters, con el sentido de culpa y reden-ción a flor de piel.
Si lo
que está en la superficie responde al patrón clásico de una
historia predecible, no lo es su estética, donde Mendes hace
gala de una puesta en escena impecable, con un dominio del plano
fijo, por ejemplo en la presentación del fotógrafo Maguire o en
la escena final, del travelling y del encadenado para mostrar
los sucesivos atracos de Sullivan a los bancos o de la
composición del plano en la ejecución al piano del dueto
Perdition por Rooney y Sullivan, lo mismo que el inteligente
uso del enfoque y desenfoque de la ima-gen de Connor en la
reunión de las familias mafiosas. En todos los casos,
demuestra un inteligente uso del lenguaje cinemato-gráfico,
puesto al servicio de la historia. En esta tarea destaca la
fotografía del septuagenario Conrad L.
Hall, que consigue un “tono casi monocromático de
suave neo-noir”, idóneo para mostrar la dureza invernal de los
años 30 y lo sombrío del alma de los per-sonajes, y que ha
logrado recrear con un realismo asombroso los escenarios urbanos
de Chicago de la época.
La dirección de actores es otra de las bazas que juegan a favor
del direc-tor británico, que con un Tom
Hanks que deja ver el drama interior de su personaje,
atrapado en un mundo que quiere ocultar a su hijo, a través de
un rostro lleno de sobriedad pero también de expresividad.
También Paul New-man se nos
presenta con un perso-naje lleno de humanidad, a pesar del
pasado criminal y del aspecto implacable de su personalidad. Los
dos actores reflejan de manera sublime esa complicada mezcla que
se da en sus personajes, en-tre los buenos sentimientos
paternales y la cruda realidad que les ha conducido a la
perdición. Jude Law
desempeña un papel con-vincente de frío fotógrafo cruel y
amoral, mientras que el niño Tyler
Hoechilin quizá quede un poco forzado en su
actuación, no acorde a los momentos dramáticos que vive su
personaje.
Con todo,
Mendes vuelve a dar muestras de su buen hacer, con una
espléndida película de género, y con una profundización en
dramas muy humanos, sin el cinismo de su primera película pero
con la misma parcialidad de una ética ambigua que pretende
ha-cernos creer que la violencia no engendra violencia.
Imágenes
de "Camino a la perdición" - Copyright ©
2002 Twentieth Century Fox, DreamWorks Pictures y Zanuck Company. Distribuidora en España: Hispano Foxfilm.
Fotos por Francois Duhamel. Todos los derechos
reservados.
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