CRÍTICA
por
José Luis Santos
Cuando un artista sorprende a pro-pios y extraños con su primera
obra no suelen tardar mucho en surgir vo-ces escépticas que
ponen en duda su verdadero talento aludiendo a la cele-bérrima
fábula del asno que consiguió extraer notas musicales de su
flauta una única vez por obra de la casuali-dad, y el hecho de
que ese artista sea un director de cine no sólo no supone un
obstáculo para esa regla sino más bien un acicate, en un ámbito
que tras el fútbol es probablemente en el que se opina con más
osadía y ligereza, y co-mo muestra aquí tienen periódicamente
los temerarios comentarios de este inexperto cronista. En
ocasiones los posteriores trabajos del director en cuestión
avalan las negras premoniciones de que su acierto artístico en
su presentación en sociedad se debía a los ca-prichosos devaneos
del azar, y no queda más recurso que la re-signación de
aferrarse al pasado y guardar en una vitrina los ahora
devaluados restos de la previa obra estimable. En otros casos,
las nuevas creaciones no sólo se disfrutan en tiempo actual sino
que protagonizan un fenómeno opuesto al anteriormente descrito
al es-timularnos no sólo a la levitación presente sino a la
gozosa espe-ranza y premonición de levitaciones futuras.
Cuando en 1999
Sam Mendes
irrumpió en Hollywood (avalado por una excelente reputación en
el ámbito teatral londinense) y lo conquistó contra natura con
la cítrica disección de la sociedad que lo regenta y mantiene en
su espléndida “American Beauty”, no fal-tó quien dudara de si
tan necesario y quirúrgico análisis sería un golpe de suerte de
su director, y visto su segundo largometraje cuesta mantener el
más mínimo escepticismo ante el evidente hecho de que
estamos ante un director sobresaliente, un ci-neasta
excepcional con una madurez tan temprana como apabullante,
y una riqueza de recursos y de sabiduría que hacen soñar con los
brillos futuros de una rutilante estrella –esperemos que no
fugaz– en mitad de un marchito firmamento de cartón pie-dra como
el hollywoodiense.
“Camino a la perdición” es un alarde formal de
dimensiones ex-quisitas relleno de un contenido trabajado, real
y profundo, y apo-yado
en el sólido andamiaje de unas interpretaciones prodigiosas que
lo tornan de carne y hueso. Con un pul-so extremadamente medido,
Mendes desgrana de forma virtuosa y con una sensibilidad
infrecuente una historia conocida pero impactante, so-bre bases
trilladas (son incontables las películas sobre el crimen
organizado) pero tratadas con seriedad, pasión y ambición por
lle-gar hasta lo personal, y con ingredientes con los que otros
caerían torpemente en el más sensiblero de los ridículos pero él
alcanza un punto óptimo de emoción y veracidad sentimental.
La estética
creada resulta embriagadora,
tanto en las tonali-dades cromáticas utilizadas como en los
espléndidos encuadres elegidos por una cámara sobria y experta,
los recursos visuales apoyados en los elementos que rodean a la
escena (reflejos en espejos, miradas a través de rendijas…) y
toda su minuciosa pla-nificación se revelan espléndidos, y la
comunión entre las imáge-nes y la estupenda banda sonora de
Thomas Newman
(parece que después de
sus dos colaboraciones estamos asistiendo a la creación de otro
tándem legendario) roza la perfección.
El cruce de caminos entre la
familia mafiosa y la familia humana ubicado en el epicentro de
una impecable road movie al estilo más clásico ofrece una
riqueza argumental que supera con soltura el obstáculo mayúsculo
de contar cosas a priori ya contadas, hace olvidar cualquier
sensación de déjà vu y sumerge en unos perso-najes que saben a
cine con mayúsculas, y que me llevan en volan-das por una
travesía entre olas de crueldad, miedo, traición y baje-zas,
pero también de honor, lealtad, amor y ternura, que en un mar de
sentimientos, tradiciones y normas no escritas se mezclan y
solapan en una tempestad tan caótica como paradójicamente
reglada.
Y descritos primero la piel y des-pués los tejidos internos del
film de Mendes, hablemos ahora del robustí-simo esqueleto que lo
sustenta: unas interpretaciones sobrecogedoras,
que se complementan y se interre-lacionan entre sí fruto del
ensam-blaje perfecto de unos talentos de lujo por una dirección
soberbia.
Tom Hanks
sigue creciendo y derribando fronteras a su talla como actor,
partiendo de una acertadísima contención para expresar el mundo
de sentimientos contradictorios en torno al que gira toda la
historia, que alcanza su culmen en un memorable desenlace en el
que el mayor elemento de previsibilidad se deriva de su mirada,
que maravillosamente narra toda la escena hasta ponerme los
vellos de punta. Frente a él da otra lección magistral ese dios
pagano que es Paul Newman,
viendo al cual me viene a la mente el ruego de que el día que
por uno de esos inexplicables caprichos del denominado Dios
absoluto nos deje, su cuerpo sea embalsamado y paseado aún ante
las cámaras en las películas venideras, cual Cid Cam-peador que
ganara batallas a lomos de su Babieca después de muerto, pues en
sus ojos aún sin vida podrá leerse más que en la mayoría de los
actores en activo. Completando el suntuoso cruce de lo mejor de
tres generaciones de actores, el camaleónico
Jude Law
nos deleita con otra composición milimétrica, turbadora, y tras
ese triángulo maravilloso completan la solidez del elenco
valo-res seguros como la estupenda Jennifer
Jasón Leigh,
Daniel Craig
o Stanley Tucci,
con la correcta aportación del joven
Tyler Hoechlin.
Según Tom Hanks, el mensaje que su personaje, Michael Sullivan,
le da a su hijo, es “que él puede escoger el camino que va a
seguir en la vida, siempre que no elija el que él ha se-guido,
el camino a la perdición”. Es-peremos que el camino que Sam
Mendes siga a partir de ahora se mantenga firme ante los tan
embria-gadores como aborregantes cantos de sirena del Hollywood
más mediocre, y confirme las enormes expectativas que su corta
tra-yectoria ha creado. En cualquier caso, siempre podremos
quedar-nos con la mencionada estrategia de aferrarnos al pasado,
y dis-frutar de las dos maravillas que de momento nos ha
regalado. Y eso sí que ya no nos lo quita nadie.
Imágenes
de "Camino a la perdición" - Copyright ©
2002 Twentieth Century Fox, DreamWorks Pictures y Zanuck Company. Distribuidora en España: Hispano Foxfilm.
Fotos por Francois Duhamel. Todos los derechos
reservados.
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