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Dirección y
guión: Manuel Poirier.
País: Francia, España.
Año: 2002.
Duración: 120 min.
Interpretación: Sergi López (Tom),
Marilyne Canto (Sylvie), Sylvie Testud (Virginie), Sacha Bourdo
(Educador), Jean-Jacques Vanier (Gendarme), Elisabeth Commelin
(Mujer del gendarme), Serge Riaboukine (Martin), Anne-Claire Le
Bot (Delphine), Antoine Landraing (Antoine), Jérémy Jouvance
(Jérémy).
Producción: Maurice Bernart,
Laurent Pétin y Michèle Pétin.
Fotografía: Christophe Beaucarne.
Montaje: Joël Jacovella.
Diseño de producción: Roland Mabille.
Vestuario: Sophie Dwernicki.
Estreno en España: 6 Septiembre 2002. |
CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
Valoración:
    
La alegría de vivir
Séptima
colaboración del actor español Sergi
López con Ma-nuel Poirier,
director peruano que le descubrió y que ahora nos ofrece una
película optimista y verdadera sobre la vida, so-bre la
felicidad quebradiza de gente normal que atraviesa sus
crisis y que busca cimientos estables a partir de los cuales
mirar hacia delante y volver a sonreír.
Tom es
un padre de familia, con mujer y tres hijos ejemplares, pero que
atraviesa unos momentos de apatía laboral y sentimental, que
necesita nuevos afectos y alicientes. Esta pequeña crisis de
quien ronda los cuarenta años viene a recrudecerse cuando se le
presenta una antigua novia y le comunica que, hace nueve años,
tuvo una hija de él y que ahora no puede seguir manteniéndola.
El terremoto interior que Tom sufre le empuja a mirar a su mujer
y confiarle el problema, con la duda de si aceptará a la niña en
su hogar.
A esta trama principal se añaden otras laterales de dos familias
veci-nas, con similares problemas afecti-vos: una hija
adolescente que no se siente comprendida por sus padres, y cuya
madre necesita volver a ser foco de atención de algún hombre; un
gen-darme que será abandonado por su mujer, que empieza a sentir
que enve-jece al ver cómo ascienden a su marido. Es la
complicación y du-reza de la vida, en que “cada uno tiene que
apañárselas como puede”, y en la que también hay que aprender a
dar importancia a lo que realmente la tiene. En este sentido es
significativo el diálogo que Tom tiene en la fiesta con uno de
los vecinos al decir que sí, que “el amor, los sentimientos, las
relaciones sexuales son muy importantes en la vida,..., pero que
también lo son los hijos y los amigos”.
Manuel Poirier hace un retrato de la vida cotidiana,
con problemas ordinarios que suceden en todas las familias, con
pe-queñas discusiones y momentos de crisis que no hay que sacar
de quicio, que se pueden superar armoniosamente si se mira hacia
adelante y se confía en la propia vida como un lugar para ser
feliz. Eso es lo que hacen la pareja protagonista, que encuentra
en la dificultad y en la contrariedad el resello a su
matrimonio. La fres-cura y naturalidad de las vidas presentadas
evitan que la película se convierta en un discurso de mensaje
moral explícito o sensi-blero, aunque es evidente la apuesta en
pro de la familia y de los hijos como principales alicientes de
una vida que hay que cuidar.
El ritmo de la película es tranquilo y pausado, sin prisas para
mostrarnos las inquietudes de personas en crisis, el drama de la
madre soltera, o el ale-gre clima familiar que se respira en el
hogar de Tom. Hay quien puede pen-sar que podría reducirse su
duración, pero el asunto exige ese tempo para mostrar la
normalidad de una vida en la que hasta lo extraordinario
encuen-tra una solución ordinaria, optimista y nada rocambolesca
o ficticia. En cier-to sentido, nos recuerda al cine de Rohmer
–sus cuestos morales y de las estaciones–, al buscar la
veraci-dad de las relaciones afectivas y hacerlo de una manera
realista y bajando al terreno de lo cotidiano; todo surge con
una aparente naturalidad, detrás de la cual se adivina un
cuidado guión y una magnífica dirección de actores. Todas
las interpretaciones son soberbias, desde los vecinos hasta los
niños que son su ino-cencia salpican de gracia toda la película,
pero lo es especialmente el trabajo realizado por Sergi López,
que carga con el peso de toda la película y deja ver sus dudas y
reflexiones más con su rostro que con sus palabras.
Se trata
de una película sobre la vida misma, sobre la rica com-plejidad
psicológica y afectiva de cualquier individuo, que gustará
especialmente al espectador que ronde la edad de los
protago-nistas pues sabrá descubrir la realidad de lo mostrado,
y disfrutar de la vida como lo hacen ellos mismos en la
magnífica fiesta final.
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