CRÍTICA
por Tònia
Pallejà
Canalcine.net, Barcelona
Vamos a
contar mentiras
Igual
que los dos anteriores traba-jos de Andrew
Niccol –"Gattaca" y "El Show de Truman"–, "Simone" es
también una película sobre una gran mentira. Las únicas
diferencias básicas entre estos tres engaños vie-nen dadas por
su direccionalidad –quién engaña a quién– y por las
moti-vaciones que los empujan. En "Gatta-ca" –escrita y dirigida
por Niccol–, un joven en desventaja respecto al resto por sus
capacidades físicas, debía burlar al sistema para alcanzar su
sueño: entrar a formar parte de una agencia aeroespacial y poder
así emprender un viaje fuera del planeta; de esta manera,
suplantaba la identidad de otro individuo –identidad orgánica:
sangre, orina, huellas dactilares.... ADN en definitiva (nuestro
DNI irreemplazable)–. En "El Show de Truman" –escrita y
producida por Niccol–, una cadena de televisión "adop-taba" a un
niño y le regalaba una vida falsa que transcurría dentro de un
mastodóntico plató que simulaba la realidad, en la que todos sus
convecinos eran actores. Truman vivía engañado, y su existen-cia
era retransmitida las 24 horas del día por la televisión.
Aquella mentira se justificaba en parte –moralmente al menos–
porque al inconsciente protagonista del show se le había
ofrecido una vida mucho mejor de la que le hubiera esperado
probablemente fuera de esas circunstancias, pero en realidad era
mantenida porque rendía económicamente y porque se estaba
vendiendo una ilusión a los espectadores, y el público
necesitaba esa ilusión (como se suele decir, no hay vendedor sin
comprador).
Dinero
e ilusión son también dos de las razones principales para el
origen y la preservación de la gran mentira que expone "Simone"
–donde Niccol ya ejerce en las tres vertientes: direc-ción,
guión y producción–. En "Simo-ne", Viktor Taransky (Al
Pacino) es un director que una vez estuvo nomi-nado
para un Oscar, pero que en la actualidad vive horas bajas,
acumulando un fracaso de crítica y taquilla tras otro. Su última
oportunidad para recuperarse profesio-nalmente –pues la
protagonista de su última película (Winona
Ryder) acaba de plantarle durante el rodaje por un
ridículo incum-plimiento de contrato y su ex mujer (Catherine
Keener), presi-denta del estudio, le ha despedido– se
le presenta cuando un genio loco de la informática, Hank Aleno (Elias
Koteas), a punto de mo-rir, le entrega un programa
llamado Simulation One, con el que se puede crear a una estrella
virtual, una réplica de una mujer de carne y hueso absolutamente
creíble, sin vida ni pensamientos propios y que sólo puede
existir como un producto digital. Así nace Simone, la actriz
ultra-perfecta, porque esta criatura hecha de píxels no es
únicamente una mujer guapa, glamourosa y con talento. Simone,
además, no envejece, no engorda, no tiene caprichos de diva, no
se mete en líos, no necesita agentes ni estilistas, no precisa
do-bles para las escenas de riesgo o los desnudos en pantalla,
no se mueve por el dinero o la fama... Ideal, ¿verdad?
Precisamente
uno de los motivos que impulsan a Viktor Taransky a utilizar a
Simone para finalizar su película, es su mala experiencia con
las actrices "de verdad", culminada por el desplan-te que le
hace Nicola Anders antes de poder acabar su último film. Nicola,
caprichosa, inestable y exigente co-mo toda "buena" estrella,
representa a esa nueva generación de actores que tienen
maniatados a los directores con sus blindados contratos y sus
absurdas cláusulas. No en vano, el propio Viktor se lamenta de
que ahora los actores ya no son "suyos" como lo eran antes, sino
que la situación se ha invertido. Algo que no deja de sonarnos
muy familiar... Él autojus-tifica este fraude diciendo que las
otras actrices también son reto-cadas informáticamente, también
usan "trampas" como dobles y maquillaje –por no mencionar la
cirugía estética–, y Simone es más auténtica que el resto porque
ya se sabe de qué está hecha, ya se parte de la base de que no
es real... pero esto es algo que únicamente sabe él.
El lanzamiento de
Simone tiene un éxito tan rotundo que el propio Taransky es el
primer sorprendido. La gente adora a Simone, y la actriz
artificial triunfa con sus películas, llena portadas de
revistas, espacios en la televisión, hasta tiene su propia marca
de perfu-me.... Un fenómeno mediático sin precedentes. A
Taransky le son-ríe de nuevo la fortuna, pero el asunto se le
está escapando de las manos y llega un momento en que ya es
demasiado tarde para dar marcha atrás y confesar la verdad;
Simone le está esclavizando. Y, por supuesto, el secretismo
envuelve a esta nueva figura, pues nadie, más que Taransky,
puede asegurar que la conoce en perso-na, y ese halo de misterio
la hace todavía más atractiva a los ojos de sus admiradores.
En
base al mantenimiento de esta mentira se desarrollará el resto
de la película. Veremos cómo el director en la ficción introduce
a Simone en dife-rentes ámbitos, cómo la maneja co-mo a una
marioneta, cómo se las in-genia para ocultar su condición y los
apuros por los que pasa, con momen-tos especialmente jocosos,
como cuando Taransky maneja la muñeca barbie o "firma" fotos con
sus labios pintados, por rescatar dos escenas entre muchas
otras. Esta historia pretende ser una irónica sátira sobre
Hollywood y la industria en general –un engaño más dentro de esa
gran fábrica de engaños–, sobre el poderoso papel de los
medios de comunicación y sobre el público, ansioso por consumir
sueños, y sobre su necia idolatría.
No les voy a
engañar también yo. Simone –el film, no la protagonis-ta– es
bastante ingeniosa y moderadamente crítica, pero no tan
astuta, afilada y despiadada como podría haberlo sido, y
cuanto sucederá, sus giros y tretas argumentales, no son
sorpre-sivos en sumo grado, pero se reciben bien. Sin embargo,
es una comedia realmente divertida que garantiza pasar un
rato entretenido y agradable, conducido por ese gran actor que
es Al Pacino. Claro, hemos visto a Pacino tantas y tantas
veces ya, que al final se puede acabar saturado de él y ya nos
conoce-mos sus maneras de memoria. Pero su recital
interpretativo en Simone se hace tan gracioso y riguroso que
consigue conjugar esa tan respetable veteranía con altas dosis
de frescura y simpatía. A su lado, podemos disfrutar de otra
estupenda actriz como es Ca-therine Keener, como la directiva
del estudio, ex esposa de Tarans-ky y madre de la hija de ambos.
Y a Winona Ryder –una breve in-cursión pero acertada y clave–
como la endiosada modelo recon-vertida en actriz, Nicola Anders,
casi parodiándose a sí misma.
Y
ya que entramos en el ineludible te-rreno de las
interpretaciones, pregun-témonos por la propia Simone. A la
trampa dentro de la trampa, se le vie-ne a añadir una nueva
trampa más –sí, como esas muñecas rusas de ma-dera que siempre
esconden a otra idéntica pero más pequeña en su interior–.
Durante los dos años que duró esta producción –pre y post
incluidas–, sus responsables asegu-raron que el personaje de
Simone era 100 % obra del ordenador, fabricada tomando elementos
de un gran núme-ro de actrices como Audrey Hepburn, Grace Kelly,
Lauren Bacall o Julia Roberts... –en la propia película se
muestra cómo Taransky la va perfeccionando en base a estos
rasgos de conocidas estrellas–. Este hecho tenía un interés
añadido, pues podíamos comprobar cuál era su pericia a la hora
de confeccionar a esta actriz virtual de una manera realista y
detallada, dicho en otras palabras, si la "criatura" informática
daba el pego. Hace poco tiempo se ha des-tapado el secreto de
este otro "truco", cuando la modelo
Rachel Roberts –hasta ahora obligada a guardar
silencio por contrato– ha manifestado que ella fue quien prestó
su cuerpo como base para Simone. En definitiva, parece ser que
si bien el origen físico de Simone está mayoritariamente en
Roberts, ésta fue retocada in-formáticamente en muchos aspectos,
incluida su voz. Y el resul-tado es este extraño híbrido con
base humana pero presencia algo fría, mecánica y artificial.
Tampoco nos quitará el sueño descubrir qué porcentaje es real y
cuál no.
La fabricación
de estrellas a partir de anónimos reales no es algo nuevo
–desde el "Juan Nadie" (Meet John Doe) de Capra hasta
Operación Triunfo o PopStars, la galería fílmica o cotidiana es
inabarcable–; la posibilidad de usar personajes virtuales como
actores, tampoco –"Final
Fantasy" ya abrió una brecha–; y la influencia del
cine o la televisión, aún menos -aquí faltaría espacio para
citar ejemplos-. Simone recoge estos temas relacionados y los
combina para lanzar su propio discurso, un discurso no
aca-demicista, algo suave si se quiere, pero presente y siempre
sucu-lento, que quedaría englobado en dos de sus significativas
frases: "Es más fácil hacer creer algo a cien mil personas que a
una sola" y "Nuestra capacidad para fabricar sueños es superior
a nuestra capacidad para detectarlos".
Vuelvo,
por última vez, a recurrir a la comparación entre los tres
títulos responsabilidad de Niccol para situar a Simone en el
contexto de su cine-matografía como "cuento moral" –no se
interpreten estas palabras a rajata-bla–. "Gattaca", "El Show
de Tru-man" y "Simone" tienen un cierto componente de fábula,
más o me-nos diluido según el caso. Las tres podrían comenzar
con el "Érase una vez...." y vienen a decirnos algo, un mensaje,
más o menos obvio según el caso. También se dan en un marco
hipotético –no siempre futurista–, puede que poco probable pero
no del todo imposible, y ofrecen su particular visión del mundo.
Hay otros puntos de contacto entre las tres cintas, pero sobre
todo entre "El Show de Truman" y "Simone", por la cuestión de la
mentira en los mass media. Como fábulas que son, pues, sus
personajes no están pegados a la tierra, no van a resultar 100 %
auténticos, pero van a estar representando algo, un estereotipo
o un concepto más abstracto. En "Simone", éstos se transforman
casi en caricaturas de aquello que reflejan, ya que también lo
exige el registro satírico de la comedia, así que buscarles
debilidades en este sentido tal vez no aporte demasiado. Que,
como decía antes, el film es más convencional y transigente de
lo que se podría haber esperado, sí tiene cabida entre los
reproches. Que podía haber sido un poco más gamberro y disparar
con más mala leche, también. Pero a título particular diré que
en su conjunto me ha parecido una película satisfactoria,
amena e interesante, tal vez no tan personal y compacta como
"Gattaca", pero mucho más sim-pática y menos sentimentaloide que
"El Show de Truman". Y, tanto si son admiradores habituales del
actor como si no, no se pierdan a Al Pacino.
Calificación:
8

Imágenes
de "Simone" - Copyright © 2002 New Line
Cinema, Niccol Films y Jersey Films. Distribuidora en España:
Aurum. Todos los derechos
reservados.
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