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EL DRAGÓN ROJO
(Red dragon)


Dirección: Brett Ratner.
País:
USA.
Año: 2002.
Duración: 124 min.
Interpretación: Anthony Hopkins (Dr. Hannibal Lecter), Edward Norton (Agente Will Graham), Ralph Fiennes (Francis Dolarhyde / 'Tooth Fairy' / 'El dragón rojo'), Emily Watson (Reba McClane), Mary-Louise Parker (Molly Graham), Harvey Keitel (Jack Crawford), Philip Seymour Hoffman (Freddy Lounds), Anthony Heald (Dr. Frederick Chilton), Ken Leung (Lloyd Bowman), Tyler Patrick Jones (Josh Graham), Frankie Faison (Barney).
Guión: Ted Tally; basado en la novela de Thomas Harris.
Producción: Dino De Laurentiis y Martha De Laurentiis.
Música: Danny Elfman.
Fotografía:
Dante Spinotti.
Montaje: Mark Helfrich.
Diseño de producción: Kristi Zea.
Dirección artística: Steve Saklad.
Vestuario: Betsy Heimann.
Estreno en USA: 4 Octubre 2002.
Estreno en España: 25 Octubre 2002.

 

CRÍTICA
por Tònia Pallejà
Canalcine.net, Barcelona

Precuela, si no justa, por lo menos digna

  Tras la decepción general que oca-sionó la excesiva y esperpéntica "Hannibal", injusta continuación de uno de los thrillers más destacados –y, por qué no decirlo, irreempla-zables– de las últimas décadas, "El silencio de los corderos", la primera duda que podría surgir antes de deci-dirse a ver esta nueva entrega de la saga, afectaría a su posicionamiento, valorativamente hablando, respecto a los mencionados trabajos de Ridley Scott y Jonathan Demme. Sin mayor vacilación, diría que esta precuela dirigida por Brett Ratner se halla a medio camino de ambos precedentes ci-nematográficos en cuanto a calidad, acierto e interés. Como cabía sospechar, "El dragón rojo" no goza de la misma magnitud ni impacto que la brillante "El silencio de los corderos", pero supera con creces el bajo nivel de la poco digna secuela de Scott y se aleja a pasos agigantados de su incontrolada despro-porción. Se trata, en cualquier caso, de una película correcta, que no aburre ni entusiasma, pero que arroja un cómputo global satis-factorio. Tal vez su mayor virtud sea el haber tenido en considera-ción, y prolongar, las bondades de "El silencio de los corderos" y conseguir que sus tropiezos o insuficiencias no destaquen por en-cima de sus logros, lo cual no deja de ser un mérito.

  Si bien la trayectoria de Ratner no auspiciaba generosos resulta-dos –en su currículum, mal le pese, se encuentran títulos como Hora punta I y II–, su manejo es solvente y efectivo, demostrando que es capaz de realizar una labor ajustada y meticulosa sin estri-dencias. Otra garantía para llevar esta historia a buen puerto fue el poder contar con el mismo guionista de la primera entrega, el en-tonces oscarizado Ted Tally. Fundamental ha sido también la va-liosa participación de un envidiable reparto, dando una más que oportuna réplica al imprescindible Anthony Hopkins. Impeca-bles, en mayor o menor medida, están Ralph Fiennes (ese "chico sexy", en palabras del propio director cuando el equipo presentó la película en el reciente Festival de Sitges), Edward Norton, Harvey Keitel y Mary-Louise Parker, junto a dos actores que para mí es siempre un reconocido placer ver en pantalla: Emily Watson y Philip Seymour Hoffman.

  "El dragón rojo" –que, como sus antecesoras, se basa en el bestseller de Thomas Harris, ya trasladado al cine por Michael Mann en los 80 ("Hunter")– guarda muchos paralelis-mos con "El silencio de los corderos", sobre todo en aquello que incumbe a su estructura narrativa. Si en "Hanni-bal" la fierecilla indomable que es el Dr. Lecter corría a sus anchas haciendo brotar la sangre –y alguna que otra tripa– allá por donde pasaba, en la presente película el caníbal vuelve a estar entre rejas, relegado a un lugar secundario pero clave para la resolución de un nuevo caso que trae de cabeza a la policía: el de un asesino en serie, apodado 'El ratoncito Pé-rez' ('Tooth Fairy'), que mata a familias enteras en sus domicilios. La tenaz y sobresaliente agente del FBI Clarice Starling es reem-plazada aquí por Will Graham (Edward Norton), el joven policía que al inicio de la película detiene a Lecter. Después de pasar un tiem-po alejado del cuerpo, y muy a su pesar, Graham se reincorporará al servicio y se verá obligado a colaborar con Hannibal para atrapar a este otro sangriento criminal –se da la circunstancia de que 'El ratoncito Pérez' es un devoto fan de Lecter, hecho que intentarán aprovechar en su favor–. Esta parte de la trama funciona con sol-tura, sin achaques remarcables, manteniendo la atención en todo momento y no permitiendo que el ritmo decaiga. Con una carga vio-lenta comedida, sin necesidad de caer en el mal gusto o el des-propósito, se crea una atmósfera oscura e inquietante que propor-cionará un notable disfrute a todo amante del género de suspense. Lo mejor de todo ello ha sido constatar que el personaje de Han-nibal Lecter no ha perdido un ápice de su carisma, resultando mucho más amenazante, atractivo y enigmático como monstruo enjaulado en los sótanos penitenciarios que como un dandy libera-do por tierras italianas. Nos reencontramos con ese Dr. Lecter de mirada fría y turbadora voz susurrante que, desde la impotencia de su encierro, se deleita participando –o confundiendo, nunca se sabe– en la investigación policial con sus crípticos acertijos, y que tanto nos complace ver en pleno estado de gracia.

  No menos apetecibles se me anto-jan todos aquellos aspectos de la historia que tienen que ver con la vida del mencionado asesino en serie, bastante bien fundamentados y ex-puestos, en buena parte gracias a la encomiable labor de Fiennes. 'El ra-toncito Pérez' no es otro que Francis Dolarhyde, un hombre que sobrelleva evidentes carencias psicológicas desde niño, a las que se viene a añadir un defecto físico en su rostro, no demasiado acentuado, pe-ro que le mantiene severamente acomplejado. Dolarhyde se ha ido distanciando de cuantos le rodean, rehuyendo todo contacto social o relación íntima innecesaria fuera de su rutina cotidiana, y ence-rrándose cada vez más en su mundo. Precisamente por esta ra-zón, tolera y hasta propicia la aproximación amistosa de una com-pañera de trabajo (Emily Watson), que perdió la vista a los siete años. A causa de esta ceguera, Dolarhyde no percibe a la joven como una amenaza, estimándola una persona desfavorecida que merece su confianza y protección. Por más que sus actos crimi-nales sean repudiables, la relación que establece con la joven es tan auténtica, y nos muestra de manera tan competente su lado más generoso y compasivo, que hace que el espectador llegue a apiadarse de él y a comprender su grave trastorno, cosa que nunca sucedía en el caso del asesino en serie de "El silencio de los corderos", por quien sólo sentíamos rechazo. Aunque la dimensión dramática del film se enriquece enormemente con este elemento sentimental, también cabe señalar que el guión traza unos vínculos algo forzados entre los asesinatos que comete Dolarhyde, su trau-mática infancia y su particular delirio psicótico (la transformación en un "dragón rojo" que debe liberarle de su sufrimiento). Por ello, no se hacía gratuito resaltar la admirable composición física y emocional que efectúa Fiennes, quien logra construir a un criminal emblemático y con gran personalidad, a la altura de Lecter. Si en el duelo Hopkins-Norton este último sale claramente perjudicado, Fiennes, en cambio, salva las distancias con oficio.

  "El dragón rojo" sirve para atesti-guar, una vez más, que perlas del gé-nero como "El silencio de los corde-ros" son irrepetibles y, lo que es aun más importante, inigualables. No obs-tante, en su función de thriller dra-mático discurre con entereza, es-mero y buen juicio, aportando un grato entretenimiento y cumplien-do sobradamente como precuela, si no justa, por lo menos dig-na de su primera antecesora en las salas. Mucho trecho le que-daría todavía por cubrir antes de ser la joya bien pulida de Demme, pero juzgaremos el intento como convincente.

Valoración: 7.5 /10

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Imágenes de "El dragón rojo" - Copyright © 2002 Dino de Laurentiis Productions y Universal Pictures. Distribuidora en España: UIP. Fotos por Glen Wilson. Todos los derechos reservados.

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