CRÍTICA
por Tònia
Pallejà
Canalcine.net, Barcelona
Precuela,
si no justa, por lo menos digna
Tras la
decepción general que oca-sionó la excesiva y esperpéntica "Hannibal",
injusta continuación de uno de los thrillers más destacados –y,
por qué no decirlo, irreempla-zables– de las últimas décadas, "El
silencio de los corderos", la primera duda que podría surgir
antes de deci-dirse a ver esta nueva entrega de la saga,
afectaría a su posicionamiento, valorativamente hablando,
respecto a los mencionados trabajos de Ridley Scott y Jonathan
Demme. Sin mayor vacilación, diría que esta precuela dirigida
por Brett Ratner se halla a
medio camino de ambos precedentes ci-nematográficos en cuanto a
calidad, acierto e interés. Como cabía sospechar, "El dragón
rojo" no goza de la misma magnitud ni impacto que la
brillante "El silencio de los corderos", pero supera con creces
el bajo nivel de la poco digna secuela de Scott y se aleja a
pasos agigantados de su incontrolada despro-porción. Se trata, en
cualquier caso, de una película correcta, que no aburre ni
entusiasma, pero que arroja un cómputo global satis-factorio. Tal
vez su mayor virtud sea el haber tenido en considera-ción, y
prolongar, las bondades de "El silencio de los corderos" y
conseguir que sus tropiezos o insuficiencias no destaquen por
en-cima de sus logros, lo cual no deja de ser un mérito.
Si bien la
trayectoria de Ratner no auspiciaba generosos resulta-dos –en su
currículum, mal le pese, se encuentran títulos como Hora punta I
y II–, su manejo es solvente y efectivo, demostrando que es
capaz de realizar una labor ajustada y meticulosa sin
estri-dencias. Otra garantía para llevar esta historia a buen
puerto fue el poder contar con el mismo guionista de la primera
entrega, el en-tonces oscarizado Ted
Tally. Fundamental ha sido también la va-liosa
participación de un envidiable reparto, dando una más que
oportuna réplica al imprescindible
Anthony Hopkins. Impeca-bles, en mayor o menor medida,
están Ralph Fiennes (ese
"chico sexy", en palabras del propio director cuando el equipo
presentó la película en el reciente Festival de Sitges),
Edward Norton,
Harvey Keitel y
Mary-Louise Parker, junto a dos
actores que para mí es siempre un reconocido placer ver en
pantalla: Emily Watson y
Philip Seymour Hoffman.
"El dragón
rojo" –que, como sus antecesoras, se basa en el bestseller de
Thomas Harris, ya trasladado al
cine por Michael Mann en los 80 ("Hunter")– guarda muchos
paralelis-mos con "El silencio de los corderos", sobre todo en
aquello que incumbe a su estructura narrativa. Si en "Hanni-bal"
la fierecilla indomable que es el Dr. Lecter corría a sus anchas
haciendo brotar la sangre –y alguna que otra tripa– allá por
donde pasaba, en la presente película el caníbal vuelve a estar
entre rejas, relegado a un lugar secundario pero clave para la
resolución de un nuevo caso que trae de cabeza a la policía: el
de un asesino en serie, apodado 'El ratoncito Pé-rez' ('Tooth
Fairy'), que mata a familias enteras en sus domicilios. La tenaz
y sobresaliente agente del FBI Clarice Starling es reem-plazada
aquí por Will Graham (Edward Norton), el joven policía que al
inicio de la película detiene a Lecter. Después de pasar un
tiem-po alejado del cuerpo, y muy a su pesar, Graham se
reincorporará al servicio y se verá obligado a colaborar con
Hannibal para atrapar a este otro sangriento criminal –se da la
circunstancia de que 'El ratoncito Pérez' es un devoto fan de
Lecter, hecho que intentarán aprovechar en su favor–. Esta parte
de la trama funciona con sol-tura, sin achaques remarcables,
manteniendo la atención en todo momento y no permitiendo que el
ritmo decaiga. Con una carga vio-lenta comedida, sin necesidad de
caer en el mal gusto o el des-propósito, se crea una atmósfera
oscura e inquietante que propor-cionará un notable disfrute a
todo amante del género de suspense. Lo mejor de todo ello ha
sido constatar que el personaje de Han-nibal Lecter no ha
perdido un ápice de su carisma, resultando mucho más
amenazante, atractivo y enigmático como monstruo enjaulado en
los sótanos penitenciarios que como un dandy libera-do por
tierras italianas. Nos reencontramos con ese Dr. Lecter de
mirada fría y turbadora voz susurrante que, desde la impotencia
de su encierro, se deleita participando –o confundiendo, nunca
se sabe– en la investigación policial con sus crípticos
acertijos, y que tanto nos complace ver en pleno estado de
gracia.
No menos
apetecibles se me anto-jan todos aquellos aspectos de la historia
que tienen que ver con la vida del mencionado asesino en serie,
bastante bien fundamentados y ex-puestos, en buena parte gracias
a la encomiable labor de Fiennes. 'El ra-toncito Pérez' no es
otro que Francis Dolarhyde, un hombre que sobrelleva evidentes
carencias psicológicas desde niño, a las que se viene a añadir
un defecto físico en su rostro, no demasiado acentuado, pe-ro que
le mantiene severamente acomplejado. Dolarhyde se ha ido
distanciando de cuantos le rodean, rehuyendo todo contacto
social o relación íntima innecesaria fuera de su rutina
cotidiana, y ence-rrándose cada vez más en su mundo. Precisamente
por esta ra-zón, tolera y hasta propicia la aproximación amistosa
de una com-pañera de trabajo (Emily Watson), que perdió la vista
a los siete años. A causa de esta ceguera, Dolarhyde no percibe
a la joven como una amenaza, estimándola una persona
desfavorecida que merece su confianza y protección. Por más que
sus actos crimi-nales sean repudiables, la relación que establece
con la joven es tan auténtica, y nos muestra de manera tan
competente su lado más generoso y compasivo, que hace que el
espectador llegue a apiadarse de él y a comprender su grave
trastorno, cosa que nunca sucedía en el caso del asesino en
serie de "El silencio de los corderos", por quien sólo sentíamos
rechazo. Aunque la dimensión dramática del film se enriquece
enormemente con este elemento sentimental, también cabe señalar
que el guión traza unos vínculos algo forzados entre los
asesinatos que comete Dolarhyde, su trau-mática infancia y su
particular delirio psicótico (la transformación en un "dragón
rojo" que debe liberarle de su sufrimiento). Por ello, no se
hacía gratuito resaltar la admirable composición física y
emocional que efectúa Fiennes, quien logra construir a un
criminal emblemático y con gran personalidad, a la altura de
Lecter. Si en el duelo Hopkins-Norton este último sale
claramente perjudicado, Fiennes, en cambio, salva las distancias
con oficio.
"El dragón
rojo" sirve para atesti-guar, una vez más, que perlas del gé-nero
como "El silencio de los corde-ros" son irrepetibles y, lo que es
aun más importante, inigualables. No obs-tante, en su función
de thriller dra-mático discurre con entereza, es-mero y buen
juicio, aportando un grato entretenimiento y cumplien-do
sobradamente como precuela, si no justa, por lo menos dig-na
de su primera antecesora en las salas. Mucho trecho le que-daría
todavía por cubrir antes de ser la joya bien pulida de Demme,
pero juzgaremos el intento como convincente.
Valoración:
7.5 /10

Imágenes
de "El dragón rojo" - Copyright © 2002
Dino de Laurentiis Productions y Universal Pictures. Distribuidora en
España: UIP. Fotos por Glen Wilson. Todos los derechos
reservados.
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