CRÍTICA
por
Mateo Sancho Cardiel
Valoración:
    
Hay personajes con fuerza, magne-tismo. Hipnóticos caracteres
que son capaces de justificar una película por sí mismos, a
pesar de sus minutos de aparición en pantalla, si es que los
tiene. Es ese protagonismo que roban los grandes secundarios del
cine, vi-sibles o invisibles pero siempre pre-sentes. Sucedía
con la fantasmagórica y amenazante “Rebeca” de Hitchcock, con
Vito Corleone en “El Padrino” y, por último, con Hannibal Lecter
en “El silencio de los corderos” y sus secuelas, la última de
las cuales, “El Dragón Rojo” ha llegado por fin a nuestras
carteleras.
El
psiquiatra antropófago y desafiantemente inteligente deslumbró
en su primera entrega, fue lo mejor de la segunda y ahora, en
una tercera entrega en la que nos remontamos a su reclusión,
vuelve con inmejorable estado de forma. Sí, en una atípica e
inesperada recuperación de la calidad perdida en “Hannibal”
y con una material literario mucho más complejo que entonces, el
Doctor Lecter vuelve a inquietar desde su escalofriantemente
hermética celda para ayu-dar al policía que le capturó a
resolver el críptico caso de “El Dragón Rojo”.
Desde el primer fotograma de su excelente prólogo, somos
cons-cientes de que la trama que nos espera es sofisticada,
sibaritismo digno del fino paladar de Lecter, un buen chianti,
como él mismo diría. El estilizado trabajo de filmación de
Brett Ratner, acompasado
magistral-mente por Danny Elfman
en coordi-nación con las mejores armas de los grandes
estudios, nos envuel-ve en uno de los thrillers más sólidos que
hemos tenido el placer de degustar en mucho tiempo. Sin llegar a
la calidad de la oscari-zada “El silencio de los corderos” pero
muy superior a la sensacio-nalista “Hannibal”, “El Dragón Rojo”
rebosa inteligencia en su desa-rrollo, en el tratamiento humano
de los personajes y en la dosifi-cación comedida de ese icono
que es Lecter, esa fuerza imparable que, con el inestimable
trabajo de un Anthony Hopkins
vital y po-deroso, convierte en antológicos todos los pasajes en
los que apa-rece. Su enfrentamiento con el siempre correcto
Edward Norton recupera el duelo
de intelectos que ya tuvo con Jodie Foster, la intensidad de una
dialéctica juguetona, afilada y poliédrica, de unas situaciones
tremendamente sugestivas, de una agresividad y una tensión
imperturbables.
Pero, además, “El Dragón Rojo” tie-ne la artimaña y la
precaución de no dejarse llevar por el conocido filón que es el
nombre de Lecter y perfila con admirable afán de perfeccionismo
lo que, en realidad, no es más que un macguffin para dar una
vuelta de tuer-ca al caníbal más famoso y atrayente de la
Historia del Cine. El caso que sirve como telón de fondo a esta
precuela está trazado con rigor, vertebrado con minuciosidad y
resuelto con pericia a pesar de la cantidad de tópicos que
acumula, como la posesión mística del serial-killer. Consigue no
convertir esta película en un vacuo ejerci-cio de estilo, sino
que soporta con eficacia y con indudable interés la trama
gracias al retrato complejo de un traumatizado, vulnerable y
desasosegante asesino encarnado por un irreconocible, por su
versatilidad, Ralph Fiennes.
Su historia de amor con la invidente encarnada por
Emily Watson es de una
ductilidad sobrecogedora, algo inusitado para una trama
secundaria y, con ese tratamiento delicado de cada rama
argumental, la película consigue nutrirse y alzarse como una
cinta complejamente entretenida, meritoria-mente coherente y
honda, rematada por un reparto multies-telar y excelente sin
excepción y una factura técnica suntuo-sa y elegante.
Imágenes
de "El dragón rojo" - Copyright © 2002
Dino de Laurentiis Productions y Universal Pictures. Distribuidora en
España: UIP. Fotos por Glen Wilson. Todos los derechos
reservados.
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