CRÍTICA
por Tònia
Pallejà
Canalcine.net, Barcelona
Chifladura
Película inclasificable, peculiar, lunática, desconcertante.
La nueva irrupción de Paul Thomas
Ander-son, después de la aclamada "Mag-nolia" –sin
duda, su obra maestra hasta el momento–, hace honor a su título,
es/está "punch-drunk": nos deja groguis, está chiflada. Se
emborracha de ponche, pica de una y otra bande-ja, está en todas
partes y en ningún sitio en concreto. Trata de mu-cho y de nada
en particular, es grande y pequeña a la vez, inteli-gente y boba
al unísono... es controvertida en sí misma. Ligera en la trama,
sólida en sus atmósferas, turbia en el tono, firme en su
dirección. A ratos parece una botella de champán dulce que
aca-ban de descorchar: burbujas, chiribitas, estrellas...
embriagada, ob-nubilada, chispeante, traviesa, refrescante.
Otros se asemeja a un caleidoscopio: colorista e inquietante,
impredecible, con el próximo giro todo puede llegar a suceder y,
fascinados, continuamos mi-rando. Forma y fondo, pues, convergen
como si se tratara de una poema conceptual. Tiene música propia,
encuentra belleza en el más vulgar de los objetos.
Para
empezar, arranca a palo seco, sin títulos de crédito,
me-tiéndonos directamente en una situación ya iniciada, como si
la cosa viniera de lejos. Continúa por senderos cercanos a la
come-dia romántica, pero difícilmente catalogable dentro de las
conven-ciones comerciales de este género –poco recomendable para
amantes de fórmulas protagonizadas por Sandra Bullock y Hugh
Grant–. Drama y cine negro confluyen en otras subtramas. Y al
fi-nal, la pregunta: ¿qué hemos visto?
La historia de "Punch-Drunk Love", por reducirla a una simple
sinopsis, es la de un pintoresco joven llamado Barry, al que
interpreta con gran sol-vencia Adam
Sandler. Barry vive as-fixiado por las atenciones
–torturas psicológicas más bien– que le depa-ran sus siete
hermanas, unas muje-res insoportables –es el único varón de la
familia, y desde pequeño está atenazado por este universo
femeni-no–. Junto a su socio (Luis
Guzmán) lleva un negocio de venta de Chupadivers... o
Diverchupas, qué más da, algo críptico que parece tan inútil
como caprichoso, una rareza más en la colección de ra-rezas que
pueblan la cinta. Trabajan dentro de un almacén, en una zona de
naves industriales a las afueras de la ciudad. Barry es un tipo
acomplejado, inseguro, inmaduro, de comportamiento excéntri-co:
medio psicótico, medio maníaco-depresivo, medio neurótico. Más
que un hombre parece una mascota, incluso embutido en ese traje
azul eléctrico que le da por vestir. Se siente mal consigo
mis-mo, incomprendido, incómodo, y tiene excesos de ira,
violentos, destroza cosas... por algún lado tenía que
explotar... A través de una de sus hermanas, conoce a Lena
(sweet Emily Watson), una
mujer también extraña, aunque en otro sentido. Es comprensiva,
es cómoda, no hace preguntas, se adapta a las circunstancias,
ejer-ce, en cierto sentido, de madre-hermana mayor
condescendiente. Es como un ángel surgido en medio de un
vertedero. Barry y Lena se enamoran, y ese amor es de gran ayuda
para el joven, es el motor que le mueve, que le lleva a tomar
decisiones adultas y sal-dar cuentas pendientes... a su modo. Es
un amor salvador.
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Una comedia
romántica distinta a las convenciones comerciales de este
género |
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Pero aquí
no se acaba todo, otros hi-los entran y salen del juego: la
llamada a un teléfono erótico, que trae moles-tas consecuencias;
un macarrilla que es el dueño de una tienda de colcho-nes, un
antro-tapadera (Philip Sey-mour Hoffman
sigue comiéndose la pantalla sin necesidad de hablar); unos
hermanos rubios, secuaces del ante-rior; unas natillas con las
que se pue-den ganar centenares de millas en viajes aéreos
debido a un error de marketing (la anécdota real de la que
partió la película); un armonium que una furgoneta deja
abandonado junto a la acera, mientras se produce un accidente de
tráfico...
El guión de "Punch-Drunk Love" es ecléctico, irregular, poco
con-vencional, pero sobre todo goza de una gran personalidad.
Tho-mas Anderson forja aquí un uni-verso propio, entre ingenuo y
hos-til, que ya nos había avanzado en anteriores trabajos. A
pesar de sus arranques de originalidad y talento, a menudo
parece no llevarnos a ningún sitio, con situaciones que más que
coadyuvar, entorpecen, despistan. La huella que deja no se debe
tanto al valor de los detalles concretos que componen la
dimensión dramá-tica del film –una especie de puzzle conceptual,
más que estructu-ral, sobre casualidades, encuentros y
desencuentros, confusiones y errores–, sino a la sensación
general que va envolviendo al es-pectador, debido a la forma en
que está construido el libreto, y que se perfila como una
exploración de la angustia, la soledad, la in-comunicación, el
miedo... y el amor como fuerza redentora. Obvian-do las muchas
diferencias que los separan, recuerda a los relatos de Raymond
Carver, por su carácter fragmentario, pseudo-elíptico, conciso,
recogiendo las pequeñas tragedias de la gente común, que a veces
se convierten en héroes de su propia existencia, el caos
cotidiano de sociedades enfermas, y presentando siempre ese aire
de amenaza, de peligro inminente, con determinados com-ponentes
que se encuentran fuera de lugar. Su configuración y el poso que
dejan es similar. Esto es algo que ya planeaba sobre "Magnolia"
–precisamente, en su momento fue comparada con "Vidas cruzadas"
(Short Cuts) de Robert Altman, y esta última se basaba en una
obra de Carver, con la diferencia que Thomas Ander-son siempre
ofrece una oportunidad a sus personajes, y Altman es menos
compasivo–.
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Paul Thomas
Anderson forja aquí un universo propio, entre ingenuo y
hostil |
Sin
embargo, otros son los refe-rentes más próximos,
cinematográ-ficamente hablando, y tal vez más factibles. Figuras
de la comedia co-mo Charlot, Buster Keaton o Jerry Lewis danzan
por aquí, de la mano de Adam Sandler; otros caracteres parecen
extraídos de la filmografía de los Coen, de ese cine negro de
extorsiones y chantajes surrea-listas (por ejemplo, los hermanos
matones que persiguen a Barry recuerdan a aquel grupo de
nihilistas de "El gran Lebowski"); y luego está esta pareja, con
la pizpireta Emily Watson y la mario-neta Adam Sandler, en la
que resuenan ecos de los míticos dúos protagonistas de aquellas
comedias románticas clásicas, doradas, vitalistas, de décadas
pretéritas.
Thomas Anderson se propuso, con "Punch-Drunk Love", realizar una
pelí-cula sencilla. Y es cierto que, argu-mentalmente, es mucho
más floja y esponjosa que sus otros largome-trajes. Y es cierto
que, en apariencia, peca de sencillez. Pero esta difícil,
arriesgada e insólita comedia ro-mántica es cualquier cosa menos
sencilla. Detrás de ella hay un tra-bajo consciente para lograr
la forma que tiene y el efecto que busca. En cualquier caso,
si la historia se les antoja un tanto decepcionante –ya sea
porque esperaban otra "Magnolia" y les sabe a poco, o porque
gustan de pautas más marcadas y conven-cionales, y ésta les
descoloca– la dirección de Thomas Anderson (premiada en Cannes)
es intachable, una auténtica virguería en cuanto a planificación
y ejecución técnica, ensamblajes de la narra-ción, la
corporeidad que alcanzan los ambientes, y su buena mano con los
actores.
Por
último, mencionar la música de Jon
Brion, igualmente atípi-ca. Cuerdas y percusiones
laten como enorme corazón agitado, desbocado, por los
acontecimientos.
Como rara
avis que es, darle nombre a "Punch-Drunk Love" resul-taría una
utopía. Supercalifragilisticoespialidoso...
Calificación:
7,5 / 10

Imágenes de "Punch-drunk love" - Copyright © 2002 Columbia Pictures,
New Line Cinema y Revolution Studios.
Distribuidora en España: Columbia TriStar. Fotos por Bruce Birmelin. Todos los derechos
reservados.
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